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Crítica de Funny Games

"

Él se divierte, tú te diviertes. Todos nos divertiremos."

 


Iñigo por Iñigo


cartel de Funny Games

Director: Michael Haneke
Estreno: 1997-05-14
Genero: Suspense

Atrévete a penetrar en una historia que eres tan culpable como el que más.
Atrévete a sentir el miedo, a palpar muy de cerca la realidad de que nadie está libre de pecado ni de sufrimiento.
Atrévete a mirar dentro de ti, traicionarte, recrearte en tu violencia injustificada.

Atrévete a jugar.

Ya es demasiado tarde. Estabas jugando mucho antes de lo que creías.

Una vez más, el director austríaco golpea duramente en la conciencia del espectador, hace con él lo que buenamente se le antoja.

Cuando uno se para a reflexionar, se da perfecta cuenta de que ha caído en su experimento, en su trampa particular para humanos.
Haneke es el titiritero, acróbata demoníaco que observa, manipula para mostrar la realidad. Nosotros las marionetas, obligados a abrir los ojos aunque miremos hacia otro lado.

Con una lucidez que da verdadero pavor, terrorífica, espantosa, Michael Haneke no nos deja escapatoria. No hay excusa posible ante su ejercicio maestro de encarcelamiento personal.
La única vía de escape es oprimir el botón de “stop” de nuestros reproductores o marcharnos de la sala de proyección. Aunque si nos descuidamos, la cinta a lo mejor vuelve a reproducirse ante nuestros ojos.

Si hemos visto la película, nos guste o no, hemos sucumbido. Se ha salido con la suya. La razón reside en el verdadero sentido del film.
“Funny Games (Juegos Divertidos)” no es cine de entretenimiento, a pesar de que entretiene a la perfección para alcanzar su propósito.
“Funny Games” no es, para nada, cine violento, a pesar de su hilo argumental. No se muestra nada. La violencia es contenida, frívola, psicológica: la más hiriente.
Los únicos sedientos de agresión, furia, ensañamiento, somos nosotros mismos.

“Funny Games” es cine autorreflexivo.

Mediante guiños, miradas, gestos de los “delincuentes”, Haneke nos hace cómplices de sus fechorías. Logra que nos sintamos verdaderos asesinos.

Dos chavales educados a priori, la típica pareja, el listillo y el tonto, el gordo y el flaco. Figuradamente bien asentados (por aquello del golf).
Los jóvenes matan, golpean, juegan. Sólo se aburren. No hay motivo aparente para hacerlo. No hay relación, ni móvil.
Es un sinsentido en el que nosotros, los espectadores, nos recreamos.
Aunque, siendo parte de la trama, a lo mejor nos resulta complicado, no queremos seguir con el macabro juego. Mentira. No nos engañemos. Queremos que al asesino le peguen un balazo en todo el cuerpo. Queremos continuar, queremos venganza.
Aún si saber el motivo, como ellos, queremos ver violencia, queremos ser violentos.

Entonces, cuando saltamos de alegría y regodeo al hacerse justicia, el director introduce uno de sus ases (para muchos muy discutibles) y deja al público con rostro de imbécil asombro y decepción.

A fin de cuentas, lo que estamos celebrando se trata de un crimen.

En la vida terrenal, en las películas de ficción, en todo momento, clamamos venganza. Deseamos que el que la haga la pague, pero, a ser posible, con sangre de por medio.
Tiros, golpes, machetazos, un festín para los sentidos. La causa de que nuestro entorno se esté convirtiendo en lo que se está convirtiendo.
Haneke pudo vislumbrar un filón en todo eso y creó un film necesario, un film que logra que veamos en la pantalla nuestro propio reflejo, y nos asustemos de lo que estamos visionando. Sí. Esos somos nosotros. Ya va siendo hora de que nos demos cuenta.

Los dos compañeros de juego resultan, tomándoselo con cierta transigencia, muy rayanos con lo cómico. Sin embargo, por el otro bando, la tragedia se puede palpar con las yemas de los dedos. Esta mezcla hace del film algo realmente controvertido (provocativo si cabe). ¿Nos divierte? ¿Nos aterra?

¿Es contradictorio tener que recurrir a un film de tal talante para condenar la violencia de la sociedad actual? Reflexionemos seriamente sobre ello, y meditemos si realmente hay otra forma más acertada y lúcida, que no resulte manida, obvia o facilona de relatar las cosas. Incidiendo en el hecho de que, por supuesto, en el film apenas se muestra. Al contrario: se evita.

¿No es manipulador convertir al espectador en cómplice mediante señas, insinuaciones, para luego, por contra, recriminarle dicha actitud? En eso se basa el juego, señores.
¿Pretenciosa, ególatra, mofa, tomadura de pelo, falta de respeto hacia la audiencia? A lo mejor es que nos hostiga reconocer que somos así.

Haneke es un cabrón. Pero un cabrón sin pintas. En el fondo, aunque nos resulte embarazoso, sabemos que fundamentos no le faltan.

El resto: planos opresivos, tiránicos, draconianos, asfixiantes. No sabemos en qué momento podemos estallar ante la frialdad y lo sosegado, pausado, tranquilo del rodaje de secuencias que, en esencia, son brutales. Tensión de la casa Haneke al cien por cien. No es necesaria ni la música para que el director nos someta a una atmósfera incómoda, cercana a lo inaguantable.
Toda una macedonia que llevó a la mismísima Susanne Lothar a someterse a tratamiento psiquiátrico.

Como dato adicional, se espera el “remake” americano de “Funny Games” para este mismo año, con un reparto encabezado por Naomi Watts y Tim Roth.
Una noticia poco alentadora, de no ser porque el director será el mismo realizador austríaco.
De todas formas, se me antoja muy poco necesario, a no ser que se realice para impartir clases de cine al otro lado del charco. Y viniendo de quien viene, no descarto dicha opción.

¿Qué opino, por ende, del film? Que es una Obra Maestra y, sin lugar a dudas, una de las películas de mayor clarividencia de las últimas décadas.

Atrévete a que Michael Haneke te tome el pelo. Conmigo lo ha logrado, no hay retorno posible. Pero me encanta.