Crítica de Indiana Jones y La última cruzada

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Un soberbio ejercicio de aventura clasicista y de aventura como metáfora de búsqueda espiritual, un espectáculo de apabullantes ritmos visuales, humor, algo de romanticismo wagneriano, excelente caracterización de personajes y antológica descripción "

 


José A. Peig por José A.


cartel de Indiana Jones y La última cruzada

Director: Steven Spielberg
Estreno: 1989-08-03
Genero: Acción

Pasaron muchos años, hasta que en estos días -motivados por recientes noticias sobre la nueva aventura del arqueólogo de marras, la cual llegará a las pantallas de todo el mundo en mayo del 2008 - ,quien esto escribe y su troupe de mentes pensantes, decidieron revisar las tres piezas que han forjado un icono atemporal, y en ésta tercera -sea por ignorancia o por olvido - descubrimos con enorme satisfacción que esconde una obra maestra, quizá, nunca lo suficientemente proclamada, y que desde luego no tiene nada que envidiar a una obra de arte como lo es “En busca del arca perdida”.

“Indiana Jones y la última cruzada” es una de las mejores aventuras fílmicas de toda la historia del cine. Si atendemos a un patrón clásico -un patrón que sintetiza las bases de lo que debe ser el arte de narrar en imágenes-, es una de las películas más perfectas que jamás se han hecho. Es modelo y CANON, a la altura de las grandes aventuras filmadas por John Houston o John Ford. Podemos añadirle también algo del espíritu de Howard Hawks. Spielberg, tomando prestado un poco de cada uno, hace su síntesis personal, adecuada a sus tiempos, y se proclama -con méritos y justicia - Maestro Absoluto del espectáculo.

Las primeras imágenes son ya toda una evocación al clasicismo de John Ford; el icono de la Paramount da paso a un paisaje mítico, la aridez escarpada de las montañas del estado de Utah y el valle del Colorado, los vientos que arrastran la arena, y a lo lejos una comitiva de jinetes que cabalgan en hilera. Parece que volvemos a la época dorada del Western. El ritmo acompasado en la sucesión de planos largos y generales, en armonía con las primeras notas de John Williams, transmiten la sensación de un espíritu y una forma de hacer cine que, lamentablemente, hoy parece extinto. Luego descubrimos que los jinetes son un grupo de boy-scouts, e Indiana (nuestro Indiana adolescente) está entre ellos. En una de las grutas, Indiana descubre a un grupo de saqueadores, cuyo jefe lleva el atuendo del futuro héroe. Sugerente evocación de una génesis; el robo de la cruz de Colorado y la consecuente persecución hasta el tren, y la resolución de ésta, define, desde el prisma del saqueador anónimo que luego “bautiza” a nuestro héroe al colocarle el sombrero, el destino de aventurero audaz y amoral: esa sonrisa de orgullo y satisfacción cuando ve al muchacho huir con el preciado objeto. Parece que ve en él un reflejo de sí mismo. El comienzo del futuro héroe...

Cuando el joven Indiana llega a su hogar buscando el apoyo de su padre, éste hace un gesto de rechazo y así queda establecido un conflicto latente a causa de un padre demasiado ensimismado en sus pasiones arqueológicas e indiferente de los asuntos familiares, y por motivo de esto vendrán futuros reproches...

Una vez el sombrero cae sobre el rostro de River Phoenix, como en una maravillosa fusión del pasado en el presente, el adolescente que emerge es ya el adulto, enfrentado a su antiguo adversario, en un primer plano que culmina la génesis del héroe en un continuo temporal no desprovisto de hermosos significados. Con tanta palabrería solo intentamos decir esto: que esos primeros diez minutos de metraje son una lección magistral de cine, ejemplo de síntesis, y de un gusto exquisito por narrar. Y, de paso, demuestra un gran respeto por el personaje creado, el cual ya en 1989 formaba parte de la cultura popular.

Las secuencias siguientes plantean un retorno al esquema de “En busca del arca perdida”, otra vez Indiana como profesor de universidad, vuelve Marcus Brody, la mitología cristiana vuelve a ser la excusa para iniciar la aventura. Venecia, una biblioteca con sus pasadizos secretos, persecuciones en lancha, conspiradores fundamentalistas, y le presencia omitida del padre de Indiana como principal impulsor de la búsqueda del grial, hasta que por fin aparece en un castillo Austríaco. A partir de ese momento, la película se convierte en una travesía de acción acentuada a golpes de parodia y sarcasmo. La relación entre el Jones padre y el Jones hijo esta trazada con un sentido del humor que abarca tanto la fría y distante comunicación entre ambos como un disimulado sentimiento de mutua admiración y respeto, así como el reproche y la oposición de ideas: el materialismo de Indi frente a la fe de Henry. Y entre una cosa y otra, la relación presenta una ambigüedad elocuente. En suma, la química lograda entre Henry e Indiana Jones supone una de las mejores orquestaciones, en torno a la caracterización y conexión entre dos personajes, que se hayan visto en los últimos treinta años, digna de antología.

Y a cuento de esto, hay una frase clave puesta en boca de Walter Donovan (Julian Glover): encuentre a su padre y encontrará el grial . El grial como elemento literal de una búsqueda espiritual y de realización personal. Entre padre e hijo, según hemos apuntado con anterioridad, hay un conflicto cuyo origen se remonta a la infancia. El mote “Junior” utilizado por Henry para nombrar a su hijo, tiene una connotación despreciativa, como un efecto de ese conflicto en el que el padre no termina de valorar a su hijo en su justa medida. Luego, en las escenas finales, cuando Indiana está apunto de caer en el abismo por querer llevarse el grial más allá del sello que limita la vida eterna, en un momento de comprensión, el profesor Henry Jones pronuncia con emotividad la palabra “Indiana”, lo cual viene a curar todas las heridas del pasado a la vez que redime al héroe de sus pecados de codicia.



Se suceden varias escenas de acción destacadas: persecución en motocicleta, montados en un avión, a través del desierto y hasta la playa, en la cual vemos una proeza de Sean Cornery, espantando a una bandada de aves con un paraguas , haciendo su propio ejército y evocando, sombrilla en mano, las palabras de Carlomagno, mientras el rostro de Indi dibuja un gesto de aprecio admirativo, pero siempre de espaldas a su padre, lo cual es una constante (el amor contenido o disimulado, una cierta incomunicación emocional) en la relación entre ambos, salvo en momentos extremos.

El excelente montaje permite un relato colectivo, en el que los personajes secundarios encuentran su papel constituyente del ritmo y la garra narrativa; Donovan, Elsa Snaider, un militar Alemán con muy mala leche y ojos de un azul penetrante. Como anécdota, vemos a Indiana cara a cara con el mismisimo Adolf Hitler, entregándole un librito de los secretos que pasará desapercibido. El gesto de Indiana para con Elsa Snaider, en la ceremonia de quema de libros en Berlin , cogiéndole el cuello con furia, y la respuesta de ella, el odio contenido entre ambos, quizá lo que late también es un mutuo respeto, a pesar de las circunstancias y de la falta de escrúpulos por parte de unos y otros, una red de relaciones forjada mediante una excelente construcción de diálogos punzantes, en los que prima el sarcasmo y la ironía.

Ni que decir tiene que las principales escenas de acción son todo un ejemplo de maestría en la visualización de cada momento y problema, el manejo de los ritmos, los perfiles, en una impecable estructura que termina cohesionando el conjunto de manera soberbia en la batalla en el desierto, entre tanques, caballos, camellos y guerrilleros fundamentalistas, allí donde todas las partes en juego se dan cita en la resolución. Puro espectáculo y estructura narrativa que deviene en un sabor clásico atemporal.

La excelente química aportada por Harrison Ford y Sean Cornery alcanza un punto de éxtasis en los últimos pasos hasta la iluminación. Donovan dispara a Henry, y es entonces cuando a Indi no le queda otra opción que la de ir en busca del agua sagrada que puede salvar a su padre. Las escenas en las que Indiana va superando las tres pruebas finales adquieren un intenso significado dramático mediante el adecuado uso del montaje, alternando el miedo por la carencia de fe en Indiana con el gesto agonizante de un Henry Jones que apremia a su hijo hacia un estado de fe que le permita alcanzar el grial. Al fin, tras el último salto de fe, vuelve la magia y padre e hijo reconocen el mutuo hallazgo. Los cuatro aventureros cabalgan hacia el horizonte mientras el disco solar invoca el crepúsculo de los dioses, vemos las siluetas de cuatro jinetes que se alejan en uno de los mejores fotogramas, evocativo y significativo de un adiós, el adiós de un cine de aventuras hecho con amor y artesanía.

En resumen, un soberbio ejercicio de aventura clasicista y de aventura como metáfora de búsqueda espiritual, un espectáculo de apabullantes ritmos visuales, humor, algo de romanticismo wagneriano, excelente caracterización de personajes y antológica descripción del héroe, nostálgica, sensible, a la vez que paródica y desenfadada. Y sí, en realidad, y a pesar de que El arca perdida se ha llevado toda la fama, ésta es la mejor de todas, todavía no lo suficientemente valorada en toda su complejidad. ¿Cambiaremos de parecer de aquí a unos cuantos meses?.