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Crítica de Los puentes de Madison

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Aquí sí hay humanidad y decisiones complejas, dinamismo y un relato sugerente en varias direcciones, siempre que lo circunscribamos en el ámbito del ser humano en su debate entre la vulnerabilidad y el valor de ser algo más que lo que la inercia de l"

 


José A. Peig por José A.


cartel de Los puentes de Madison

Director: Clint Eastwood
Estreno: 1995-08-29
Genero: Drama

Ésta podría ser el reverso de la anterior película comentada. Si aquella pretendía ser un complejo filme negro centrado en la impulsividad y lo irracional, aquí tenemos una historia de amor espiritual con pretensiones de crear actos humanos complejos que desembocan en un mensaje positivo sobre la felicidad y la vida.

Digamos que hay dos maneras de valorar esta película. Primero, y atendiendo a su inconfundible tono de romance sensiblero, sería un relato repletito de tópicos en torno a las relaciones amorosas, para que a uno le entre una embolia de la irritación a causa de ver tanta escenita romanticona, tantas lagrimitas y demás hostias en vinagre: la Meryl Streep y el Eastwood al compás lanzándose miraditas, con diálogos llenos de tópicos sobre la mujer insatisfecha y el solitario libre que no se atreve a amar lo que por nobleza de espíritu nunca podrá ser suyo. Y ahí se tiran la parejita toda la película tomando cervecitas, preparando la comida y la cena, paseando por el campo, cortando florecillas, rozándose las piernas y acariciándose los hombros. Te quiero, no te quiero, yo tampoco, yo también, pero no me atrevo porque tengo a la familia esperándome...bla bla bla bla. Y al final -tachaaaaaaan - el amor verdadero lo arregla todo, la familia es lo mejor del mundo y hay que reforzar los lazos de fraternidad cimentados en una honestidad pura que busca la felicidad de los seres amados. Resultado global: un telefilm sensiblero, conservador, manierista, falso, prescindible...puajj, puajjj, puajjj.

No, no, no, para el carro, que aquí se demuestra la diferencia entre el “cabezacuadrada” que va de listillo y la mirada objetiva de lo que se nos está representando. Como poco sería un brillante melodrama que vendría a demostrar los prejuicios ideológicos de un cuantioso sector de público y crítica: es decir, aquellos que ante cualquier película en la cual la familia o los nobles valores patrios aparecen con una cierta relevancia, reaccionan tachándola de inmadura, conservadora, panfletaria, manierista y demás estupideces. Hace poco lo hemos visto con World Trade Center; mamás, papás, hijos y hermanos...y crucecitas. En fin, no confundamos los panfletos intencionados, con las representaciones que nos muestran la realidad social y humana, por mucho que aparezcan cruces, militares con cruces, amantes que se regalan cruces para el recuerdo, familias que se reconcilian ante hechos arrebatadores. Porque en esos casos - y en el caso que nos ocupa - lo que tenemos es la realidad emocional, espiritual y simbólica de una sociedad. Punto y aparte.


Con “The bridges of madison county” uno puede llegar a sentir el infinito misterio de las distancias en una relación amorosa que, con humildad y desgarradora sinceridad, rompe (o renueva, renace, reconcilia) un esquema de rutinas y creencias: no mencionaré qué esquema se rompe (o se renueva) en el caso de Francesca, por ser demasiado obvio, pero sí detengo los ojos de mi espíritu en ese fotógrafo bohemio que recorre los caminos con pulso libre y desarraigado, pues la inmensidad de este personaje forja la mayor parte del misterio y él es la verdadera alma de la historia. Quién en un principio quiso - a media inconsciencia - presentarse a sí mismo como un solitario invulnerable que no necesita un hogar y una familia para huir del miedo, terminará por reconocer su propia trampa, su miedo, su inintencionada falsedad que reprime el deseo de poseer, de reconocer al amor verdadero que le es merecido. Ese amor con distanciamiento, esa confidencia desde la soledad y la bonhomía...lo que nace y muere donde terminan y empiezan los caminos de tierra que conducen al puente del encuentro eterno, del amor que siempre podrá tener una nueva oportunidad, aún en la distancia que separa a una soñadora encerrada en su rol de ama de casa y el eremita preso de su desarraigo. Es el palpitante infinito de posibilidades que otorga el amor lo que llena todo el espacio entre cada uno de los polos, otorga a la vida un sabor de trascendencia. Aquí sí hay humanidad y decisiones complejas, dinamismo y un relato sugerente en varias direcciones, siempre que lo circunscribamos en el ámbito del ser humano en su debate entre la vulnerabilidad y el valor de ser algo más que lo que la inercia de la sociedad nos marca y nos impone.

Sensible y honesta historia de amor en un filme impecable en su primera parte: el desarrollo del incipiente vínculo espiritual que brotará entre los dos protagonistas es de antología. Luego transcurren pasajes más tópicos, aunque comprensibles, y la narración pierde algo de fuelle, pero las consecuencias últimas de todo lo narrado tienen una apoteósica resolución en el último tramo, derroche de humanidad y sentimientos y la imagen que mejor expresa el núcleo del conflicto y del amor: ése Clint Eastwood bajo la lluvia, desgarbado, vulnerable y firme, el cual ofrece su última mirada y su última sonrisa de comprensión y esperanza, y la cruz colgando del retrovisor que señala la última oportunidad de Francesca, cuyas lágrimas parecen querer competir con la lluvia. Eso es sensibilidad y lirismo sin vanas pretensiones que ahoguen el transcurso honesto de la historia.

Aquí también hay papás, mamás, hijos, hermanos y valores patrios. Al final, la familia se ve reforzada y cohesionada , pero bajo un baño de espiritualidad, de dura encrucijada entre alternativas, de goce por la vida, por los seres cercanos y por los que en la lejanía nos dan la verdadera vida. Eso -en éste caso - no es conservador ni panfletario ni simplista, es de una humanidad real y de una bellísima artesanía cinematográfica.

Critica de "Los puentes de Madison" publicada el 2007-08-29
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