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Crítica de La fuerza del destino

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Los excelentes planos de un atormentado John Garfield en una ciudad semidesierta, de paredes interminables y puentes amenazantes, traspasaron lo fílmico para adentrarse en la realidad."

 


Ethan por Ethan


cartel de La fuerza del destino

Director: Abraham Polonsky
Estreno: 1948-02-20
Genero: Drama

No siempre sucede. Pero a veces nos encontramos con algún actor, actriz o director cuya vida real parece haber sido escrita para la gran pantalla. Es el caso de John Garfield; nacido en un barrio marginal y criado en reformatorios se dedicó a vagabundear por el país, fue boxeador y por fin actor de teatro y cine. La carrera de Garfield fue muy corta pero intensa y uno de sus mejores filmes fue la ópera prima de Abraham Polonsky: "La fuerza del destino".

"Force of Evil", también conocida en España por "El Poder del Mal", se basaba en la novela de Ira Wolfert “Tucker’s People”. Narraba la vida de Joe Morse (John Garfield), un abogado que estaba en la nómina de un gangster. Los “consejos” del letrado iban a permitir que la banda controlara todos los garitos de apuestas de la ciudad después de amañar una especie de lotería primitiva. El problema era que uno de esos pequeños negocios, destinados a la quiebra, era del hermano mayor de Morse, un hombre al borde de un ataque al corazón. Con la inclusión de algún elemento más como la mujer del gangster (Marie Windsor) -una femme fatale que perseguía a Garfield-, la narración en off o la estructura en flash-back, la cinta ingresaba por derecho propio en el club de los largometrajes del género negro.

El cine es un medio de comunicación audiovisual. Pensarán que he descubierto la pólvora, pero tranquilos esta afirmación tan evidente viene a cuento porque no todas las películas –más bien pocas- consiguen un perfecto enlace entre el transmisor –el director- y el receptor –el espectador- gracias al excelente manejo de las palabras y de la imagen. En el filme que nos atañe, Abraham Polonsky lo logra plenamente después de escribir el mismo la adaptación –era un reputado guionista- y de poner en boca de sus personajes sus ideas acerca de la corrupción y del poder que otorga el dinero. Así, en el arranque, consigue crear al protagonista con un par de frases que se oyen en off: “siempre es un día de suerte para el que sigue con vida”, “era el día en que iba a conseguir mi primer millón de dólares; dólares sucios”. Y es que, a veces, una frase vale más que mil palabras. Pero una imagen también. Cuando Joe y su jefe hablan de “negocios” sus figuras aparecen distorsionadas por las sombras gigantescas de ventanas o escaleras, sombras que proyectan los enrejados o barandillas a modo de barrotes de una cárcel imaginaria, confirmando lo ilegal de la operación que se traen entre manos.

Para conseguir la estética correcta y expresar lo que sentía, Polonsky le dio una pista a su director de fotografía –George Barnes, un gran profesional-: le dijo que se fijara en los cuadros que Edward Hopper hizo de la Tercera Avenida de Nueva York; aquellas pinturas reflejaban como nadie la soledad de la gran ciudad. Pero lo que no sabía el realizador es que los excelentes planos generales del final –con un atormentado John Garfield en una ciudad semidesierta, de paredes interminables y puentes amenazantes- traspasaron lo fílmico para adentrarse en la realidad. En efecto, la lucha de Joe Morse contra el sistema que el mismo había creado, se convierte en la soledad del propio John Garfield frente a esa inmensidad urbana que los hombres habían erigido para, paradójicamente, convertirlos en seres insignificantes y sin personalidad propia. Así debía sentirse el actor cuando le confirmaron su inclusión –y la de Polonsky- en la tristemente famosa Lista Negra del HUAC (Comité sobre Actividades Antiamericanas).

Para un actor aquejado de problemas cardíacos, la persecución a que fue sometido y el consiguiente destierro –la falta de trabajo- por no querer delatar a ningún compañero, y por no admitir nunca su pertenencia al partido Comunista, resultaron fatal. Cuatro años después, el 21 de mayo de 1952, en el mejor momento de su carrera, fallecía John Garfield a la edad de 39 años. Sólo nos queda el consuelo de que el senador McCarthy no se saliera totalmente con la suya: miles y miles de seguidores de la estrella acudieron a despedirlo en un entierro multitudinario, el mayor desde la muerte de Rodolfo Valentino.


Critica de "La fuerza del destino" publicada el 2008-02-20
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