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Crítica de La vaquilla

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La trama es una evidente metáfora del conflicto armado: la lucha fratricida por dominar el territorio español (la piel de toro) viene aquí simbolizada por el intento de un grupo de militares republicanos de sustraer un astado a los nacionales."

 


Ethan por Ethan


cartel de La vaquilla

Director: Luis García Berlanga
Estreno: 1985-03-28
Genero: Comedia

"La Vaquilla" se trata de la penúltima colaboración entre Berlanga y Rafael Azcona, una de las parejas más creativas del cine español de todos los tiempos. La cinta fue escrita por los dos cineastas casi veinticinco años antes de estrenar la película. Se trata de una parodia de la Guerra Civil perteneciente al estilo que ambos crearon: al del humor negro, al de la sátira esperpéntica, a la comedia con trasfondo amargo tan característica de su cine. La trama es una evidente metáfora del conflicto armado: la lucha fratricida por dominar el territorio español (la piel de toro) viene aquí simbolizada por el intento de un grupo de militares republicanos de sustraer un astado a los nacionales –realmente es una vaquilla; Berlanga y Azcona le quitan importancia a todo lo que pueden- para fastidiarles la fiesta a los fascistas y de paso dar de comer a la tropa.

"La Vaquilla" es fiel al estilo de Berlanga, de largos planos secuencia y planos generales repletos de personajes que hablan simultáneamente. Lo que se presenta en primer término es casi tan importante como lo que sucede en el fondo del plano. La cinta pasa por momentos en los que da la sensación de que todo ha sido improvisado; aunque, finalmente, esta impresión es compartida con aquella otra en la que pensamos que la planificación se ha realizado hasta el mínimo detalle.

Los autores se ríen abiertamente de otros filmes bélicos, donde un comando se propone penetrar en las líneas enemigas. La introducción es semejante a aquellas películas de Aldrich o Sturges, sólo que en plan cutre. La reunión de “especialistas” para llevar a cabo el plan es casi lo mejor de la película: el sargento chusquero propone para la misión a un paleto que conoce el pueblo, pero cuya verdadera intención es poder ver a su novia; a un torero de poca monta, para descabellar al animal; a una especie de cura arrepentido, que creen puede hacerse pasar por nacional; y a un homosexual, para distraer al enemigo.

Es la guerra de “Gila” donde los suboficiales enemigos se reúnen todos los días para intercambiar tabaco por papel de fumar; donde dos militares proponen cambiarse de bando porque la guerra les cogió en el lugar equivocado. Y es que la película no intenta abrir una herida por muchos superada, más bien todo lo contrario. En muchos pasajes del largometraje, los soldados de uno y otro bando sólo tienen un interés común: el de sobrevivir a ese mundo de miseria y hambre que les ha tocado vivir. Todos son iguales ante los ojos de Berlanga y Azcona cuando los presentan desnudos, bañándose en el río, o esperando el turno en un burdel para acostarse con la prostituta de turno. El director y el guionista, procuran presentar un ambiente lo menos bélico posible para realzar su intención. Así, el teniente republicano lleva como arma una maquinilla de cortar el pelo para mantener la disciplina; o los únicos sonidos que recuerdan a la guerra –y que atemorizan a los contendientes- son los de los petardos y los fuegos artificiales.

Independientemente de esa rebaja de la tensión, la pareja de cineastas aprovecha la situación para arremeter contra el poder instituido en la zona franquista. Del ataque no se salvan ni la iglesia, ni la aristocracia, ni los poderes públicos; todos representados con personajes que recuerdan mucho a los de la trilogía iniciada con La Escopeta Nacional (1978). La opresión que ejercen sobre el pueblo es llevada a la pantalla de forma literal cuando el grupo de “operaciones especiales” tiene que cargar con sus símbolos en una procesión, o con los propios personajes sobre sus espaldas.

Aunque la sonrisa –y en ocasiones, la carcajada- no nos abandone nunca al presenciar las andanzas de tan peculiares personajes, el poso de amargura que el filme deja al final es digno de mencionar: el último plano deja en su sitio la realidad histórica que significó para nuestro país una guerra tan cruenta.


Critica de "La vaquilla" publicada el 2008-03-28
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