Crítica de Cache Escondido

"

Ejercicio voyeurista con infinidad de perspectivas y asombrosos detalles"

 


Iván Sainz Pardo por Iván Sainz


cartel de Cache Escondido

Director: Michael Haneke
Estreno: 2006-01-20
Genero: Acción

Entiendo a quienes piensan que esta película es pedante, lenta, aburrida y densa como un puré de patata. Reconozco que los diálogos resultan irritantes por lo poco que cuentan, por lo supuestamente banales. La fotografía es además totalmente naturalista, rozando el look del video domestico, aunque sin el temblequeo típico de la cámara en mano. El ritmo es pesado, aletargado, sin concesiones, en un metraje largo, muy estirado y con escenas prescindibles. Además, no se trata esta de una historia previamente masticada y no se advierte el menor esfuerzo por acompañar al espectador hacia un mensaje claro, hacia un final concreto.

Comparto igualmente las opiniones que acusan a Haneke de tomar como punto de partida de su película el intrigante principio de “Carretera perdida” de David Linch. Es realmente así. En ambas, la pareja protagonista recibe extrañas cintas de video donde, ellos y su casa, son grabados por un desconocido. Pero también es cierto que Caché se distancia en seguida y toma un rumbo muy distinto.

Caché resulta un ejercicio voyeurista con infinidad de perspectivas y asombrosos detalles, que también cuenta en su haber con suficientes virtudes, tantas al menos, como para que haya otros muchos espectadores, entre los que me incluyo, que sí que han experimentado una sensación interesante y diferente, una sesión de cine muy gratificante e inteligente.

Caché no invita ni camela gratuitamente al espectador. No es una historia retratada desde los mejores ángulos de cámara, no es un anuncio de neón, ni un plato de comida caliente. Es una mirilla desde la que se puede espiar. Una mirilla en la fría calle, por la que se puede mirar a través desde una postura poco cómoda. Las acciones no van al grano. Observamos, por ejemplo, como el protagonista entra en escena, se le cae una moneda, se sirve un café de maquina, lo espera, lo sorbe, va hacia la ventana, sorbe de nuevo y reflexiona. Pero quien espía por la ventana, tampoco recibe un resumen de las mejores acciones de su vecina de enfrente. Quien espía, comparte silencios, acciones completas, instantes muertos, momentos de apatía, imágenes que habitualmente no observamos en el lenguaje cinematográfico habitual. Lo mismo sucede aquí con las conversaciones. Nunca encontramos diálogos concretos, informaciones necesarias ni concisas.

Además, los momentos que uno no selecciona o que no se pueden escoger, nunca suelen responder a todas nuestras preguntas. No suelen explicarlo todo, ni tampoco aportan necesariamente una respuesta para cada una de nuestras cuestiones. Y en este caso, y solo al final de la cinta, podemos llegar a comprender sobre lo que realmente han tratado las dos horas de película. Pienso que Caché trata sobre la ingenua crueldad infantil y adolescente. Sobre las, muchas veces, terribles e inevitables consecuencias de nuestras acciones a lo largo de la vida. De cómo cargamos con nuestras faltas, errores y pecados y de, cómo todas estas, después, repercuten incluso a las generaciones posteriores. Caché habla sobre el sentimiento de culpa, la moral, el miedo y el egoísmo. Hace una crítica social totalmente neutral. Expone los temas sin posicionarse en absoluto.

Pude intuir, además, una especie de mensaje paralelo sobre la que, hasta ahora, no he encontrado reflexión alguna en ningún otro sitio. Quizás por esto se trate únicamente de una percepción personal:
(Abstenerse de leer a continuación quién no haya visto aún la película)

Mientras la pareja descubre la desaparición de su hijo, se observan de fondo imágenes en la televisión sobre el desastre actual en Irak. Quizás también sea casualidad que los coprotagonistas sean también de origen musulmán. Pero todo pudiera entenderse además como una metáfora, donde el rico e intelectual protagonista occidental, castiga, traiciona y trunca en el pasado la vida del pobre, y a la vez, el futuro de sus descendientes, para después, esforzarse por ignorar y menospreciar el posible dolor causado y alegar un sentimiento victimista. El protagonista se siente aterrorizado, desconcertado, agresivo, cuando las consecuencias de sus actos salpican de algún modo su estilo de vida acomodada y segura.

Michael Haneke nos pregunta: ¿Quién es aquí la verdadera victima? Quizás los terroristas formen parte de nuestra familia. Quizás seamos nosotros los terroristas. Quizás nuestro preciado estilo de vida no sea el más adecuado, justo ni perfecto. El protagonista se muestra insensible a la hora de reconocer su culpa y tampoco duda en engañar a su propia esposa, mentir sin dilación a su propia gente, para esconder la información que le pueda culpar. Nuestra sociedad, nuestros informativos, nuestra televisión, tampoco dudan en mentir, en no contar toda la verdad, para invitarnos a consumir, despreocupados, y a continuar todo el tiempo que nos sea posible con este nuestro “sueño americano” de egoísmo y evasión. Además, paralelamente, observamos imágenes de atentados suicidas en Irak, mientras para el coprotagonista, la única forma posible de llevar a cabo su justificada venganza, es implicando y haciendo testigo directo al protagonista de su suicidio.

Caché invita a reflexionar, a pensar, y a cambio no cede un ápice al espectador. Entiendo a quienes únicamente les parece un soberbio coñazo. Y sobretodo entiendo a quienes hablan aquí de una película magistral. Yo, únicamente puedo decir que entré al juego, aposté y disfruté muy gratamente.