Crítica de Sin pistas

"

Todo el mundo parece saber la gran broma que es la película y se lo pasa pipa en la pantalla."

 


Cecil B. Demente por Cecil B.


cartel de Sin pistas

Director: Thom Eberhardt
Estreno: 1988-11-03
Genero: Comedia

¿Qué sabe el lector de Sherlock Holmes? Pues probablemente mucho. Que es un detective privado de la época victoriana, seguro. Que fuma en pipa y toca el violín, también. Incluso puede que algunos sepan de su adicción al trabajo y a la cocaína. Pero lo que muchos desconocerán es que es un completo imbécil, o como mínimo eso es lo que nos quiere hacer creer Thom Eberhardt, irregular cineasta cuya carrera tiene títulos como La noche del cometa o Yo fui un Fausto adolescente, y que si alguna vez ha estado en estado de gracia, los dioses saben que ha sido en esta ocasión.


Sin pistas empieza con un par de cacos cometiendo un robo en la Royal Gallery de Londres. Los dos rufianes están dando el golpe de su vida cuando alguien les sorprende entre las sombras. La figura tiene el porte clásico de Basil Rathbone y las formas algo más rechonchas de un Alfred Hitchcock, se trata de Sherlock Holmes. Los criminales se enzarzan en una pelea contra nuestro héroe y su fiel acompañante, el doctor Watson, cuando aparecen Scotland Yard y el inspector Lestrade. Hay un par de carreras, algún que otro buen gancho de derecha, alguien dispara una flecha y los maleantes por fin son arrestados, todo ello rodado con un cierto tono mitificador en torno a la figura de nuestro protagonista. Inmediatamente después, la policía deja la escena del crimen y es aquí cuando la magia se esfuma y se descubre la pantomima. Watson llama idiota a Holmes y lo amenaza con un bastón, el cual pierde enseguida la pose y lo vemos como realmente es, un perdedor que solo tiene serrín en la cabeza. La comedia está servida.


Como una especie de Cyrano detectivesco, Watson es el genio en la sombra, mientras que Holmes actúa de cara a la galería y se lleva todos los honores. Jugador, bebedor y mujeriego empedernido, el auténtico Holmes es muy dado a sentarse encima de su propia lupa y a provocar desafortunadas explosiones, su auténtica identidad es la de un actor de tercera que poco o nada tiene que ver con el papel que interpreta. Watson querrá despedirle y probar suerte con su nuevo producto; “John Watson, el doctor del crimen”, pero no le será nada fácil desprenderse del personaje que ha creado. La aparición de un nuevo caso obligará a que ambos unan sus fuerzas en una última aventura.


Aunque alguna ocurrencia afilada tiene la cinta, más que una comedia sofisticada, lo que tenemos entre manos es una película de enredos, tortazos y chistes visuales. Algo que hoy en día viene directamente relacionado con el humor grueso, los tacos y el sexo, detalles que afortunadamente nada tienen que ver con esta película. Sorprende el tono clásico que predomina en una producción de finales de los 80 y sorprende lo sueltos que están todos los actores que intervienen en ella, ya que si de algo puede hacer gala el filme, es de un gran trabajo actoral y de una impecable y carismática caracterización de los personajes. Todo el mundo parece saber la gran broma que es la película y se lo pasa pipa en la pantalla. Quien se lleva la palma es Michael Caine, uno de esos monstruos de la interpretación que aquí está en su salsa. Excepcionalmente brillante y divertido, completamente entregado a su papel de cobarde y patán, este singular Sherlock Holmes no sabe ni cargar un arma y se lanza al agua tapándose la nariz. La escena en que descubre que Moriarty está metido en el ajo y le entra un ataque de pánico, es realmente hilarante. Ben Kingsley tampoco se queda manco en el papel del ninguneado Watson, su interpretación es el contrapunto adecuado a la de Caine, además que ambos demuestran mucha química y juntos forman una pareja de gran comicidad.


En el último tramo de la cinta nos encontramos con el obligado giro argumental, que siendo muy, muy malos, diremos que hace flojear el resultado total, ya que imbuye a Michael Caine de un exagerado entusiasmo que no casa con su personaje. A mí, este truco argumental, salvando las distancias, me recuerda a lo que sucede en películas como De pelo en pecho, donde Michael J. Fox, el protagonista, se decide a jugar el último partido de la liga sin su yo lupino. Ustedes ya me entienden.


Cuando uno es un icono tan popular como Sherlock Holmes ya sabe a lo que se expone: al plagio, a la parodia, a la reinterpretación y a ver tu estampa en las cajas de cereales. Muchas vueltas se le ha dado a este detective de adicciones peligrosas, solo hay que recordar la versión canina y animada de Hayao Miyazaki, o la versión juvenil de El secreto de la pirámide, por ejemplo (sin olvidar que también ha sido el modelo de referencia del televisivo House). Ahora que tenemos a la vuelta de la esquina la última reinvención del personaje, de la mano de Guy Ritchie, Robert Downey Jr. y Jude Law, no está de más recuperar esta divertida y eficaz comedia. Una película, en definitiva, con un alto nivel de energía e inventiva, que en todo momento resulta divertida y a ratos puede llegar a ser desternillante.


La frase: “Un momento señor Holmes. No pueden entrar ustedes en la residencia de otra persona, remover sus pertenencias personales y turbar su intimidad. Eso es cosa de Scotland Yard.”

lo mejor Lo mejor de "Sin pistas"...

El carisma y la total entrega de los actores.

lo peor Lo peor de "Sin pistas"...

Al final se desmadra en exceso.

Critica de "Sin pistas" publicada el 2008-11-03
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