Crítica de El camino de los ingleses

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En esta suicida y sugerente apuesta formal la frialdad nos guía por espacios emocionales, terrenos pantanosos de los que sale el director con la ayuda cómplice de quien confíe en él."

 


Daniel Galindo por Daniel Galindo


cartel de El camino de los ingleses

Director: Antonio Banderas
Estreno: 2006-12-01
Genero: Drama

Sentimientos y recuerdos dolorosos, piruetas arriesgadas con la cámara y el montaje... Banderas ha hecho una película difícil pero es, que no quepa duda, su película.

Los caminos más espinosos son los que, una vez concluidos, dan más satisfacciones. Así es esta propuesta nueva, diferente y complicada de defender ante los puristas. Una huida de lo convencional que hace que la historia de Antonio Soler brille con fuerza en pantalla aunque a veces se pierda entre ensoñaciones y pormenores.

Fácil de argumentar, difícil de contextualizar en términos formales, la cinta tiene en sus 5 primeros de minutos la mejor tarjeta de presentación. Una secuencia en un hospital, con muchos elementos anticipatorios, nos mantiene en tensión para dar paso a un relato más costumbrista, el de 4 amigos que llegan a una piscina. Tras la muestra de cortesía, el cineasta opta por enderezar el camino y borra todo halo de realismo.

No planteamos la cuestión de si un cineasta debe hacer una película para él, para el goce de la mayoría, para que algunos con menos ataduras entren en su mundo... Estamos ante la película más personal que puede hacer un autor, la que recorre el terreno de las emociones con la máxima, siempre presente, de que mirar hacia atrás resulta doloroso.

Impregna Banderas a la fotografía tristeza y melancolía. Envuelven el retrato imaginado y por tanto sesgado: no nos permite ver el todo, los planos son escorzos, abundan detalles en apariencia nimios y juega con los encuadres. Trabaja con material sensible, por eso sus personajes pueden perderse –y con ellos el espectador- en la angustia existencial. Aún así apunta al optimismo ya que sólo ellos pueden contar con la valentía suficiente no para hacer frente al destino, sino para vivir al máximo, precisamente porque el caprichoso destino se impone cuando quiere.

Domina el acento poético sin que el lenguaje resulte artificial. Traduce metáforas en imágenes, huye del costumbrismo, también de la acción y quizás peque de gastar metraje en presentar a los personajes, pero es que en realidad no pasa nada y pasa todo. Como Pablo Aranda en su novela La otra ciudad, configura Banderas su propia urbe, con escasos referentes para los foráneos y pocos anclajes a la época, bastante tienen con su mundo interior y hermético, lejos de sucesos sociales y políticos. Sabemos que está basada en la novela homónima de Soler, pero de aquella sólo subsiste el germen: todo es nuevo en este nada sosegado viaje por un verano dominado por el desasosiego.

En esta suicida y sugerente apuesta formal la frialdad nos guía por espacios emocionales, terrenos pantanosos de los que sale el director con la ayuda cómplice de quien confíe en él. Ese espectador habrá sentido la visceralidad con la que narra emociones, recuerdos y ensoñaciones, logrando que el pellizco en el estómago no permita relajarnos hasta el final, 10 minutos donde los cisnes entonan su canto agónico.

No esta en la piel de venerados autores por su contrariado concepto del cine, por ello tendrá que soportar los comentarios de los que esperasen la típica película generacional de jóvenes que pretenden abrirse camino. Se sale por la tangente y muchos se lo agradecerán, a lo mejor cuando pase cierto tiempo: la reflexión poética y evocadora quedará como una de esas joyas a las que muchos recurren años después de haberla criticado. Y Banderas, el director, seguirá en búsqueda constante de su propio camino. Ya verán.