Crítica de Gran Torino

"

Si una película nos hace pensar es que algo bueno ha encendido en lo profundo del alma."

 


Francisco Menchón por Francisco Menchón


cartel de Gran Torino

Director: Clint Eastwood
Estreno: 2009-02-20
Genero: Drama

UN MUNDO PERFECTO

Si una película nos hace pensar es que algo bueno ha encendido en lo profundo del alma.

Alimentados por el desprecio – que como aseguraba Fernán Gómez es carne de cañón del españolito - se suele insultar sin saber de lo que se habla y tachar vulgarmente una película con la condescendencia propia del obtuso intentando dorar la falta de discurso con bellos adornos que esconden la estupidez. Es la enfermedad del crítico chabacano y del espectador conformista sonámbulo, ambos más falsos que Judas y necios como el más locuaz de los políticos.

Pasa con Gran Torino y pasó antes también - ¿quién ha visto Vivir de Kurosawa? -. Quien sólo vea la última película de Eastwood como la historia de Kowalski, un viejo ultraconservador malhablado que busca venganza se queda lejos de “vivir” el desgarro del alma que causa esta obra maestra.

Y es que Gran Torino es para los Estados Unidos lo que Vivir de Kurosawa fue para el Japón de 1952. Si en aquélla un hombre del montón, un oficinista gris que lleva treinta años muriendo despacio enterrado entre papeles descubre el tiempo perdido por culpa de una enfermedad terminal y se concede una segunda oportunidad para vivir de verdad – “llevo treinta años sin contemplar una puesta de sol” -, en ésta un viejo enfermo y rabioso que espera amargado que le sobrevenga la muerte escupiendo bilis a la menor oportunidad tiene la ocasión de recuperar la humanidad por culpa de las “ratas amarillas” que tiene como vecinos.

Decía Kurosawa que “se puede morir tranquilo si uno ha cumplido su vocación” y ésa es la esencia de Gran Torino y también de las últimas obras maestras del director. La habilidad y coherencia de Clint Eastwood para dotar a sus últimas películas de un discurso con unas constantes vitales que se repiten inteligentemente una y otra vez le convierten en un genio indiscutible del cine, uno de los pocos privilegiados que saben de lo que hablan y cómo comunicarlo - conocida es su fama de rodar con rapidez sin perder el tiempo rizando el rizo en mil tomas del mismo plano porque sabe que la perfección no tiene que ver con la técnica ni con la repetición sino con el dominio de la historia y sus personajes -.

Eastwood es el “maestro de la trascendencia”, experto en algo tan complicado como dotar de vida película y personajes y obrar el milagro de que el film no empiece en el minuto uno y termine en los títulos de crédito sino que “trascienda”, que se convierta en infinita e inabarcable multiplicando recuerdos ocurridos y deseos que ocurrirán. En Sin perdón William Munny era un viejo pistolero cuyo pasado glorioso - jamás mostrado por flashbacks - estaba manchado de sangre; en Mystic River unos niños son protagonistas de un hecho traumático y una larga elipsis nos traslada a un presente marcado por aquella vivencia pero nos oculta el mal trago de todos esos años haciéndonos tejer a nosotros el drama; en Million Dollar Baby al Eastwood entrenador de boxeadores unas cartas nunca contestadas por su hija hacen que tramemos como precuela un pasado tormentoso; en Gran Torino la amargura y vacío del viejo gruñón nos transporta a la animalidad que vivió en la Guerra de Corea. Sus películas evocan lo que no se ve y se intuye pero también lo que conocemos del joven actor Clint Eastwood, ese pistolero y policía que no dejaba títere con cabeza y su envejecimiento crepuscular. Esa sensación de infinitud es pura magia; si existió el “toque Lubitsch”, ahora existe también el “toque Eastwood”.

Eastwood habla de cosas sencillas – paradójicamente las más difíciles de contar - y teoriza sobre la causa-efecto de la vida, que los hechos acontecidos en el pasado nos hacen ser lo que somos. El viejo cascarrabias de Gran Torino amargado por el infierno que vivió en la guerra; el viejo pistolero William Munny con el diablo adormecido por la inyección de amor y que despierta brutalmente por el asesinato de su amigo; el violado Tim Robbins que se muestra huraño, misterioso y acomplejado desde aquella pesadilla de la infancia; y de nuevo el viejo entrenador que no sabe ni quiere saber nada de mujeres desde que se peleó con su hija.

Y si somos lo que vivimos - lo es el monótono Watanabe de Vivir que tira su vida por el desagüe y lo son todos los personajes de Eastwood -  también es cierto que las historias del director de Los puentes de Madison buscan la expiación de la culpa, la redención de la pena que no les deja vivir.

Por eso, porque hablamos de arrepentimiento, es crucial en sus películas de americanos medios el punto de vista religioso que suele ser crítico por mostrar a la Iglesia impotente – pura y formal palabrería - para salvar las almas y obligar así a “actuar”, a que sea el propio hombre quien resuelva sus dilemas. De ahí que veamos justo antes del clímax final de Gran Torino al viejo Kowalski confesándose por fin ante el cura y que resulte intrascendente y en cambio en la siguiente escena el propio Kowalski deje encerrado a su amigo coreano y tras las rejas que los separan le confiese los errores que cometió en el pasado que tanto le torturan y que él mismo piensa solucionar – un deus ex machina nunca soluciona un conflicto ni en el cine ni en la vida -.

Todo encaja a la perfección en la película, no es gratuito que comience con el entierro de la mujer de Kowalski. Muerta ella, que era su bálsamo y su espejismo, todas las pesadillas y pecados regresan y el protagonista debe pasar a la acción para acabar con ellos.

La sorprendente sensación de realismo que desprende Gran Torino forma parte de la estrategia del director para empatizar y llegar al alma del espectador y se fundamenta no sólo en una historia llena de tristeza y humor y unos personajes que se aman y se odian en toda su mediocridad sino también en una puesta en escena naturalista que cuenta con actores no profesionales y una fotografía invisible y cercana que nos hace sentir que todo es real.

Nada que objetar a una de las mejores películas norteamericanas del año. Ni siquiera el maniqueísmo del que se le acusa al dibujar a los familiares del viejo gruñón como egoístas y grotescas caricaturas de lo peor del ser humano. Cuando se acerca la muerte comienzan las disputas por la herencia, quien esté libre de culpa que tire la primera piedra.

Gran Torino afila el cuchillo con su visión nihilista del ser humano y de la sociedad contemporánea norteamericana, su ausencia de valores, su ausencia de compromiso, su juventud aletargada y corrupta, de ahí que el viejo xenófobo que odia a todos los extranjeros, que trabajó treinta años en la Ford y luchó por Norteamérica en la Guerra de Corea se sienta más ligado a sus enemigos, sus vecinos coreanos, que aún conservan sus tradiciones y cierta ingenuidad virginal que a sus propios hijos que han crecido bajo el signo decrépito del fiasco capitalista.

Asesinados los pocos valores que distinguen al hombre de la bestia – los delitos de los Estados Unidos contra el mundo – el viejo gruñón toma la decisión más correcta en el momento más adecuado y da una lección que dignifica al hombre y saca las vergüenzas al pueblo norteamericano que continúa caminando ciego hacia su ocaso.

Por suerte siempre quedará un Ford Gran Torino que heredar y conducir orgullosamente, símbolo de lo que nunca se debe perder.


lo mejor Lo mejor de "Gran Torino"...

la lección magistral de cine

lo peor Lo peor de "Gran Torino"...

que muchos no tengan su sensibilidad

Critica de "Gran Torino" publicada el 2009-03-24
Ver más críticas de Francisco Menchón


Otras criticas de Gran Torino

Ver todas las críticas de