Critica El buen alemán
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"En fin, no es que cualquier película pasada sea mejor, pero por lo menos dejémoslas donde están, sin travestirlas bajo el liviano velo de lo posmoderno. Siempre nos quedará el original."
No requiere mucha astucia ni amor cinéfilo reconocer en El buen alemán su carácter de homenaje a aquellas películas que allá por los cuarenta y los cincuenta (sobre todo de la Warner), en un riguroso blanco y negro, con personajes y música fácilmente reconocibles, retrataban bajo el telón de fondo de la Segunda Guerra Mundial los amores difíciles de sus atormentados protagonistas, sin desmerecer entre tanta tragedia una mirada melancólica y romántica sobre los amores imposibles. De seguro que Soderbergh disfrutaba de esas películas cuando de joven sonreía en la oscuridad de una sala de cine en su Atlanta natal. No es de extrañar que sea él mismo el director de fotografía de muchas de sus películas.
Ya desde el comienzo de El buen alemán, cuando vemos cómo el formato de la enorme pantalla se desvela como el desusado y cuadrado 1.33:1 (tras los títulos de crédito se ensancha un poco, a un 1.66:1, que se acerca un poco más a nuestro habitual panorámico), y el color de los fotogramas toma la textura documental de un blanco y negro iluminado a la vieja usanza, sabemos que es más que seguro que Soderbergh pretende devolvernos a entonces, como si con ello quisiera que recorriéramos con él esa memoria cinéfila que un día (y hoy mismo) le emocionó: el romanticismo de Casablanca, los alcantarillados de El tercer hombre, la capital alemana destrozada por los bombardeos de Berlín Occidente, la Dietrich deshonrando a los caballeros (cuando no a las damas). Todos los fotogramas de El buen alemán están elegidos, encuadrados y fotografiados para ese propósito, como si un entusiasta amante de la obra de Velázquez hubiera mezclado (no sin inteligencia o pasión) La rendición de Breda, La fragua de Vulcano y El aguador de Sevilla, rindiendo con ello un pretendido homenaje al maestro. Como podemos imaginar, la obra resultante además de casi imposible parecería a priori más un collage sin entidad propia que una pintura. Este es el problema de El buen alemán. Su formalismo apasionado torna fría la propuesta, borrando al conjunto el alma y hondura que sí poseían sus referentes. De hecho, casi podríamos decir que no es sustancialmente una película, sino más bien una yincana de guiños cinéfilos que nos retrotraen a la belleza que sí proporcionan las películas de Tourneur, Wilder, Curtiz o Reed.
En todas las escenas de El buen alemán hay un distanciamiento que ralla en lo analítico más que en lo creativo. Sus personajes se perfilan acartonados, pese a la fuerza del personaje de Maguire o la presencia siempre inquietante y mágica de Blanchett. Clooney no se adapta al tallaje (tanto físico como psicológico) de su personaje. La fotografía intenta emular el expresionismo de sus referentes originales, pero en ocasiones sobreimpresiona la luz, o la aplana sin dotar a la escena de emoción. Se nota en exceso la voluntad de imitar, olvidando que se está haciendo una película, sólo eso.
Igualmente sucede con la narración, ligada en demasía a los guiones precedentes. Ese marido oculto en las alcantarillas ¡recuerda! al Laszlo de Casablanca, aunque la Ilsa de Soderbergh sea menos remilgada y más tormentosa (a lo Dietrich) que la de Curtiz. Pero el colmo del afán emulador lo rebosa la escena final. Si por lo menos Soderbergh hubiese tomado al general ruso Sikorsky como el entrañable prefecto de policía Louis Renault en Casablanca, quizá el tono afectado de la película hubiese ganado en sentido del humor e ironía. Pero no, todo en El buen alemán posee la rigidez tiránica del friki.
En definitiva, El buen alemán cumple la única misión de desempolvar nuestra memoria cinematográfica, animándonos a volver a disfrutar de esas delicias de posguerra de las que aún sobrevive gran parte del cine actual, creadas en su mayoría por cineastas europeos huidos de alguna de las dos guerras. Además, otra sugerencia que alimenta (aunque sin muchas proteínas) es la imagen de Berlín como fuente de inspiración de muchas otras películas, lejanas en el tiempo (Un, dos, tres, Alemania, año cero) y no tanto (Cabaret, Cielo sobre Berlín, Good bye, Lenin!, La vida de los otros, Berlin blues, Berlin is in Germany).
Por lo dicho, El buen alemán es más un documento que homenajea al cine que una película sobre el género de imita. De nada sirve que Soderbergh usara micrófonos de jirafa, en lugar de inalámbricos, luces incandescentes y lentes de distancia focal fija. Este hecho sólo subraya la impresión de haber asistido más bien a una representación museística sobre el cine de aquellos tiempos. Pero mucho me temo que no es suficiente para hacernos creer que ella misma es una película. El formalismo fetichista de Soderbergh entronca con otras propuestas del cine actual, empeñadas en repetir o recrearse en fórmulas magistrales ya rodadas e inútilmente reproducibles. En mi memoria está el engendro que intenta reavivar Gus Van Sant con su Psicosis. O la crematística afición del cine norteamericano por el remake de películas europeas y orientales de éxito. Incluso la excelente Infiltrados de Scorsese se reconstruye desde su antecedente hongkonés Infernal Affairs. Sin embargo, lo de Soderbergh más que un guiño o remake es un fáustico Frankenstein, remendado de esencias fílmicas que aisladas destilan belleza, pero que malpegadas huelen raro.
En fin, no es que cualquier película pasada sea mejor, pero por lo menos dejémoslas donde están, sin travestirlas bajo el liviano velo de lo posmoderno.
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Francisco Bellón "Con El buen alemán, Soderbergh rinde culto al cine negro por antonomasia, el de los estudios del Hollywood clásico." 
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Lady Winter "Una trama de intrigas y pasiones sin demasiado misterio y bastante previsible que, pese a todo, resulta entretenida." 
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Taliesin "Con El Buen Alemán, Soderbergh juega a rodar como hace cincuenta años y, aunque interesante, está más cerca del experimento que de la obra maestra." 
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Alex Largo "A mi la película me parece buena. Aunque tenga unos cuantos aspectos que mejorar. Quizá con más tiempo para acabar el guión, y con una idea más próxima a lo que se iba a hacer, otro gallo habría cantado, y sin lugar a dudas para mejor." 
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Rafa Ferrer "Cinta actual, pasada por el tapiz clásico que reconcilia a los amantes del cine actual, con los del cine clásico, una manera sencilla de hacer un nexo de unión entre ambos estilos." 
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Florinda Chic "A Clooney y a Blanchett se les ha reprochado la nula química que hay entre ellos. Más que un problema de química, yo lo veo más una cuestión de sobreactuación en ambos." 
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Yojimbo "Una película que se hace pesada y que canta a copia cutre de estilo de aquellos años de gran cine. Hace falta empapar mucho más la película en la esencia de aquel cine." 
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Emilio Calvo de Mora "Fallido intento de traer a este vértigo moderno de genialidades infográficas una forma de hacer cine clásica, desde el uso de lentes de la época a entenebrecer un blanco y negro demasiado extraño y poco real." 
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Ramón Besonias "En fin, no es que cualquier película pasada sea mejor, pero por lo menos dejémoslas donde están, sin travestirlas bajo el liviano velo de lo posmoderno. Siempre nos quedará el original." 
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Jeremy Fox "Una pena que una película con tanto interés a priori se haya acabado convirtiendo en una de las grandes decepciones de la temporada." 
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