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"Una espiral de turbulencias psíquicas dotada de un efecto hipnótico que atrapa al espectador y lo hace partícipe de la amargura."
Imágenes. Sonidos. Música. Palabras. Hacer arte es crear una estructura mediante la imaginación, la “doble visión” del artista, las visiones poéticas que emergen en la interacción entre el mundo y la mirada intuitiva del creador. Un réquiem es una composición, Darren Aronofsky compone con imágenes y palabras para expresar un torbellino de ideas y sensaciones, tremebunda reflexión sobre los problemas sociales o, mejor aún, sobre el ser humano alienado de sí mismo y perdido en un mundo vacío que va llenando con las realidades virtuales de la ensoñación. Sueña con lo que quieras, todo sirve: las drogas, la televisión, el sexo, la comida, son las vías hacia un paraíso artificial que nos sumerge en lo que no somos.
La historia es desgarradora, no por original, sino por el perfecto equilibrio entre forma y fondo. El montaje paralelo y los trucos visuales configuran una musicalidad en la sucesión de imágenes que guarda algo más que la intención de dejar “cao” al espectador. No es efectista, sino efectivo. La cámara de Aronofsky crea una penetrante visión de cada momento psicológico en cada uno de los personajes, utilizando imágenes de una sensualidad enfermiza, mediante el uso de elementos como las drogas y el sexo para enfatizar la pulsión adictiva que los oprime. En esta película, el aparatoso artificio visual, la rimbombante psicodelia, vienen a ser la técnica idónea para la representación de un conglomerado de infiernos individuales articulados en una expresión de tragedia colectiva, un latido ahogado que avanza hacia el sueño final, la desesperada huida hacia delante. La muerte del sueño en el sueño mismo. En función del título, pues, la idea básica es el lamento ante los subterráneos de la sociedad, la fragilidad humana, lo poco que somos y lo mucho que en mal nos perjudica no ser más de lo que somos.
Pero no es solo el dolor, la mirada de Aronofsky compone tonos diversos: el patetismo (representado sobre todo en el personaje interpretado por Ellen Burstyn, sencillamente inolvidable), la melancolía (la pérdida del pasado con la consecuente soledad) y la sátira en torno a instituciones, usos y costumbres norteamericanos.
En síntesis, una apabullante composición que abarca tanto las sensaciones como los conceptos, equilibrio impecable entre el efecto emocional y la expresión de una idea, una espiral de turbulencias psíquicas dotada de un efecto hipnótico que atrapa al espectador y lo hace partícipe de la amargura. No escribimos más porque no hay tiempo, y también porque no hay palabras que le hagan justicia.
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