Cine de autor

por Iñigo

Lo independiente no tiene por qué ser de autor, y lo de autor tampoco ha de ser independiente, por mucho que se empeñen algunos.

Es posible que el título que da vida a este especial sea generador de discusiones o debates entre los más vinculantes al séptimo arte, pero la definición es, en parte, necesaria para comprender un poco más su historia y su desarrollo.

El concepto de “cine de autor” surge allá por el mes de abril de 1951, a manos de una de las revistas más prestigiosas del mundillo, “Cahiers du Cinéma”. Fundada por los ilustres André Bazin, Jacques Doniol-Valcroze y Joseph-Marie Lo Duca, dicha publicación abrigaba como editor a Éric Rohmer y engendró colaboradores de la talla de Godard, Chabrol o Truffaut.

Truffaut, genial pero en ocasiones desmedido director en sus declaraciones, fue el que impulsó la teoría del autor, que defiende básicamente la totalidad de la aceptación de las responsabilidades frente a las películas dirigidas, lejos de los grandes estudios y las imponentes producciones que mermaban las decisiones y el contenido final y (exclusivamente) personal del producto.

En la década de los 50, la política de los “cahieristas” dio un vuelco al mundo del cine, y a día de hoy, aún se sigue poniendo en tela de juicio según qué conceptos del término.

Y no es para menos, teniendo en cuenta que cualquier definición, y especialmente ésta, está sujeta a la controversia.

Es más. Si nos ponemos caprichosos, cualquier título otorgado sería más que dudoso.

Como muestra, un botón: la idea de autor podría morderse la cola hasta quedarse en huesito dulce, ya que el cine de autor no deja de ser cine. O, al menos, lo que debería ser.

Una película con personalidad y rasgos propios, que vaya más allá de lo puramente visual y sepa expedir un mensaje.

Así, el cine de autor, si prospera y genera adicción, terminará convirtiéndose en clásico o en película de culto (según al público que llegue a calar). No dejará de ser un film de autor, pero pasará a ser cine del grande.
El “cine de culto” en el presente se asemeja mucho al concepto de fetichismo y a “fanatismo” minoritario, por decirlo de alguna manera. Pero eso es ya otra historia.

A fin de cuentas, todo nos lleva a lo mismo. El cine genera cine, y si se engrandece genera más cine.

El mismo Truffaut, que tan claro tenía el concepto, al final de su obra tendía relativamente hacia el academicismo.
Si promulgas el agua de la que no bebes, al final a lo mejor terminarás dándole pequeños sorbos.

Ojo. Sigo pensando que el término “autor” y su teoría siguen siendo necesarios y más que respetables, sobre todo en estos tiempos en los que el ánimo de lucro se ha apoderado en exceso del arte que nos ocupa.

Por ello, la política del cine de autor es perfectamente válida si nos referimos a directores que han dejado huella en su obra, tales como Bergman, Dreyer, Tarkovsky, Bresson o Lynch. Pero si la llevamos al terreno de su totalidad o al espacio más “hollywoodiense”, falla estrepitosamente.

La esencia de este tipo de cine es reconocerlo al instante, que tenga la capacidad de hacernos asociar, mediante signos o elementos, sin tener que ser exclusivamente a un director, pero sí a una especie de microcosmos.

Por ejemplo, si uno ve un film de Bergman, reconocerá sus agónicos primeros planos y sus secuencias largas, como si el director estuviera sentando horas, observando tranquila y dolorosamente los diálogos de sus actores. Si se acude a visionar una de Tarkovsky, reconocerá al momento sus larguísimos travellings y su poesía metafísica.

Y lo mismo sucedería con la religiosidad de Dreyer o la oscuridad subyugante y “erótica” de Lynch.

Lo importante, como en todo tipo de arte, es fijarse en los detalles, sobre todo en lo inconsciente, que es lo que más personalidad otorga. Sin esos rasgos, sean pragmáticos o no, nos queda un producto impersonal. Y ahora sí, como lo que nos ofrece a día de hoy y hace algún tiempo, el otro lado del charco.

Pero la envidia se apoderó unos años atrás de los americanos, e idearon el término de “cine independiente”.
Muchos aseguran que “cine de autor” y “cine independiente” son términos sinónimos, pero si somos exigentes no llegan a ser ni análogos.

El segundo se entiende que ha sido producido sin apoyo comercial ni industrial (cosa que a día de hoy pongo muy en duda, ya que hasta lo independiente está generando moda y salen películas a diestro y siniestro, copias unas de otras, con un apoyo comercial más que envidiable).
Pero realmente, y aunque el término no estuviera inventado (dichosas etiquetas), la esencia del cine independiente siempre ha existido, sencillamente porque siempre ha habido lugares sin apoyo o prácticamente sin industria cinematográfica que han tratado se sacar proyectos y luchar por ellos. Según de la cultura o el país de los que provenga, la personalidad será diversa. Y por eso, solamente por eso, se puede considerar perfectamente independiente.

Es cierto que el término “autor” está más arraigado en Europa, y lo independiente posiblemente en América. Pero actualmente todo está mucho más disperso y nadie tiene la exclusiva de nada.

El cine independiente existe en la India, en Estados Unidos o en la misma China. Y el cine de autor también ha vivido sus trazos por América o Asia.

Lo independiente no tiene por qué ser de autor, y lo de autor tampoco ha de ser independiente, por mucho que se empeñen algunos.

Existe la posibilidad, y es real, de que el director en cuestión llegue a grandes cotas y sea un nombre clásico en la industria cinematográfica, pero siga con sus rasgos que le definen como “autor”. Pero como nadie hablaba por aquél entonces de rasgos, y si lo hacían era superficialmente, con el tiempo hemos sido nosotros los que hemos ido actualizando a nuestro parecer la definición de “cine de autor”.

Lo que está claro es que ambición tienen ambos. Y lo que también es evidente es que, etiquetas al margen, somos nosotros los que decidimos qué ver y qué no. Y nosotros le damos el último sentido a la obra, amén del otorgado por el propio director.

Por lo tanto, dejemos de darle vueltas y abramos la mente y el espíritu a lo que realmente supone el cine en nuestras vidas. Arte. Y, como tal, elevador a su manera.

Seguramente lo que se incluye en este especial, visto lo visto, podría también incluirse en el global o en el más clásico. Dependiendo de lo que el tiempo dictamine.

En fin. Que cada cual envíe lo que considere oportuno, siempre dentro de una coherencia, y que se atenga a lo que considere como tal.

Todos los nombres que han aparecido en este texto serían perfectos ejemplos.

1 febrero, 2007
publicado por Iñigo
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