Cine de Ciencia-Ficción

Ofrezca entretenimiento o reflexión, o ambas cosas, la ciencia-ficción es un género que ha formado parte del cine desde sus inicios, invitando a soñar con lo imposible hecho posible.

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Un monolito, un potente rayo destruyendo la Casa Blanca, una espada láser, un cohete en el ojo de una Luna antropomórfica, naves en llamas más allá de Orión, un cyborg asesino venido del futuro, una máquina del tiempo, sociedades distópicas, muchas veces terribles; un alienígena de potentes mandíbulas, vainas autoreplicantes, replicantes a secas, turistas marcianos con aviesas intenciones, insectos y mujeres gigantes, pilotos de cazas espaciales, y, por supuesto, platillos volantes… si no todas, muchas, o al menos algunas de estas imágenes le serán familiares, aunque no sepan a qué película pertenecen, y permanezcan tal vez en algún brumoso rincón de su memoria. Pero si alguna parte de esta no demasiado somera lista le ha resultado familiar, usted, querido lector, ha contemplado, aunque sólo sea una vez en su vida, imágenes o escenas de una película de ciencia ficción, un género denostado y, con todo, tradicionalmente de los más populares de la historia del cine.

Tal vez por esa misma razón a la ciencia ficción se la haya considerado en quizás demasiadas ocasiones como un género menor, pero a lo largo de toda su historia ha cumplido con uno de los principales mandamientos de la industria del cine (entretener) y en más ocasiones de las que creemos nos ha dado verdaderos clásicos del cine, que nos han hecho reflexionar sobre temas morales o existenciales como pocas cintas de otros géneros lo han logrado. Sí, la ciencia ficción es un venerable género que ya hace mucho que alcanzó la mayoría de edad en el cine, y por ello no debemos avergonzarnos al disfrutar con historias de pequeños seres verdes o inventos imposibles. Porque, si bien no sabemos si nuestro vecino oculta en su interior a una especie de lagarto, muchos inventos imposibles acaban siendo posibles y, al fin y al cabo, la ciencia ficción, amigo, vino al cine para quedarse.

Ciencia ficción y cine han caminado de la mano desde los primeros tiempos del cinematógrafo. En cuanto comenzaron a vislumbrarse las posibilidades del nuevo invento de los Lumière en Europa y de Edison en Estados Unidos, los precursores del cine comenzaron a usar el cinematógrafo como un nuevo medio de narración, todavía en pañales, experimentando técnicas y tramas. Contemplar a un regador mojado por su propia manguera podía estar muy bien, pero los guiones propios podían no caer en gracia al público, una vez que éste, pasado ya el primer momento de fascinación por el nuevo invento, demandaba buenas historias, o, al menos, historias entretenidas. Fue así como aquellos pioneros vieron en la literatura una fuente de inspiración, un paraíso de historias y cuentos. Adaptar algún conocido clásico literario para la gran pantalla contaba con la ventaja de no sólo no tener que pergeñar nuevas historias, sino que uno podía casi asegurarse el favor de la audiencia. Además, fabricando versiones filmadas de novelas u obras de teatro era ciertamente más prestigioso que filmar a regadores regados. Fue en aquel mismo momento iniciático para la narración fílmica cuando surgió el eterno debate entre entretenimiento (y ganancias) y la calidad, el arte. Pero ésa es otra cuestión. Lo cierto es que desde el mismo momento en que los primeros directores de cine comenzaron a adaptar obras literarias, la ciencia ficción entró en el saco, pues el género formaba parte de la literatura desde hacía mucho tiempo.

Establecer exactamente de cuantos años hablamos al hablar de ese tiempo es algo que los críticos y los entendidos llevan analizando, estudiando y debatiendo desde hace, también, mucho tiempo. E incluso, en ese difícil proceso, se especula con la cuestión de si la ciencia ficción es un género por sí mismo, o un subgénero, un vástago del género fantástico. De momento digamos que la ciencia ficción es, efectivamente, un género en sí mismo. Pero, ¿qué es la ciencia ficción? ¿Cuándo se escribió el primer relato de ciencia ficción?

La ciencia ficción, como su propio nombre indica, es un relato de ficción que incluye, de algún modo, uno o varios elementos relacionados con la ciencia y la tecnología. Puede narrar historias que desafíen las leyes conocidas de la naturaleza en un grado muy amplio; la historia en cuestión puede plantear como verdades ciertos axiomas o situaciones que un científico pudiera considerar como posibles en un futuro más o menos cercano o quizás lejano, o, por el contrario, narrar unos hechos que directamente contradigan toda verdad científica. Desde una máquina del tiempo, a pequeñas criaturas del espacio exterior, o monstruos de naturaleza o creación tecnológica, la ciencia ficción utiliza y ha utilizado muchas ideas e instrumentos, pautas, leyes físicas, supuestos, especulaciones, características, partes de otros géneros, y muchas otros elementos, casi interminablemente, de tal modo que delimitar los parámetros de acción de dichos relatos es imposible. La ciencia ficción, por definición, cuenta con unos recursos casi ilimitados para alterar las reglas de nuestro mundo, sean las físicas, o las narrativas. Por ende, la ciencia ficción cuenta con una gran multitud de subgéneros. Algunos de los más importantes se irán viendo aquí poco a poco.

Así pues, ¿Cuándo comenzó la ciencia ficción como género? Es una pregunta cuya respuesta dependerá de a quien se la formule. También dependerá de lo que se considere como ciencia ficción, una etiqueta cuya definición y estudio a niveles casi micrométrico puede, y de hecho tiene, una línea más fina que la que separa a las partículas atómicas. Algunos, para hablar de los orígenes de la ciencia ficción, se remontarán a la mitología antigua, a relatos de Luciano de Samosata o Platón, y su famoso relato sobre la Atlántida. Si le pregunta usted a algún hindú descreído tal vez le cite el Ramayana como obra de ciencia ficción; si inquiere a un medievalista tal vez le hable del Beowulf, o si le pregunta al director de la Royal Shakespeare Company tal vez le cite La tempestad, una obra que, por cierto, sí inspiró uno de los grandes clásicos del género. Otros tal vez aludan a la obra de Cyrano de Bergerac (el personaje real, no el de la nariz), y quizás un científico le hable del Somnium de Johannes Kepler.

H.G. Wells creó verdaderos clásicos de la ciencia ficción, y su influencia en el género fue inmensa. Por lo general su obra no bebía tanto del género de aventuras como lo hacía la obra de Verne, y, aunque aventuras y ciencia ficción han ido siempre de la mano (he ahí otro nuevo subgénero, la “ópera espacial” o space opera), el determinismo que la tecnología más revolucionaria tenía en la historia de Wells remarcaba lo “científico” de sus historias, sin duda un elemento también en común con Verne, pero que, tal vez por esa ausencia o, quizás, moderación de los rasgos de la aventura decimonónica, parezca tener en la obra de Wells un peso más importante. Wells fijó para siempre en nuestro imaginario los viajes en el tiempo en La máquina del tiempo; buceó en el subgénero del “científico loco” en El hombre invisible, y, en cierto modo, casi predijo la ciencia genética con La isla del Doctor Moreau. Y, aunque no era la primera vez que en un relato literario o cuento algún ser de otro planeta o del espacio exterior visitaba nuestro mundo, Wells metió el miedo a las invasiones extraterrestres en el cuerpo del mundo con su obra inmortal La guerra de los mundos. También cultivó el género de la anticipación con obras como Cuando el durmiente despierta o Shapes of Things To Come. Ciertamente, muchos niños y adolescentes de finales del siglo XIX, futuros escritores de ciencia ficción, tuvieron en Verne, y quizás en mayor medida a Wells, dos espejos en los que mirarse, y de los que aprender. Así pues, para cuando el cine fue inventado, las semillas de la ciencia ficción ya estaban sembradas. Los directores de cine no tenían sino que ver a la planta crecer, y recoger sus frutos.

Si bien en la literatura puede haber mucha controversia sobre el inicio de la ciencia ficción como género, en el cine el comienzo del mismo parece ser mucho más diáfano. Si bien entre 1895 y 1900 pudieran filmarse cortos de unos pocos minutos que pudieran tener elementos de la ciencia ficción, los críticos suelen coincidir en apuntar a Viaje a la Luna, del francés Georges Méliès, como el primer film de ciencia ficción de la historia. La película narra el viaje que varios astrónomos realizan a la Luna en una cápsula espacial lanzada por un gigantesco cañón, y todas las maravillas que allí encuentran, lo que permitió a Méliès diseñar espectaculares escenarios teatrales, y, como en gran parte de su obra, poco a poco ir proporcionando al cine algunas de las primeras palabras del lenguaje cinematográfico. Viaje a la Luna tuvo un gran éxito tanto en Europa como en Estados Unidos, donde los técnicos de la compañía de Edison distribuyeron copias ilegales del film en lo que quizás sea el primer caso de piratería a gran escala de la historia del cine. Pero ésa, de nuevo, es otra historia. Méliès continuó haciendo cine (y ciencia ficción, como en Le voyage à travers l’impossible) hasta que se arruinó, pero para entonces ya había hecho historia.

El cine continuó aproximándose al género en los primeros años del siglo XX. Por ejemplo, con las primeras adaptaciones de una obra en cierto modo también precursora, El extraño caso del Doctor Jeckyll y Mister Hyde, o con el primer Frankenstein de 1910, o tres años después con A Message from Mars, adaptación de la obra teatral del mismo título. De cara a la década de los 20 el género comenzó a animarse de veras. Se citan obras como el perdido serial The Mystery Mind (no parece que fuera puramente ciencia ficción), Terror Island (¿Houdini haciendo ciencia ficción? ¡Por qué no! ¡Houdini era ciencia ficción en sí mismo!) o Algol, un film alemán en que un ser de otro planeta viene a la Tierra para dar a uno de los nuestros grandes poderes.

Pero sin duda el gran acontecimiento de 1920 en cuanto a ciencia ficción (aunque esto bien pudiera entrecomillarse) y cine se refiere fue El golem, la revisión cinematográfica germana del mito medieval del autómata que cobra vida, una especie de Frankenstein judío. En los siguientes años se produjeron películas con algún que otro elemento fantástico y, aunque fuera lejanamente, relacionado con la ciencia (personas que se mantienen jóvenes antinaturalmente, personas con extraños poderes, inventos locos, etc.), y se adaptó algún otro clásico literario como El mundo perdido o se ahondó en los inquietantes personajes con poderes, como por ejemplo El doctor Mabuse, de Fritz Lang. De hecho iba a ser el mismo Lang quien iba a otorgarle a la ciencia ficción cinematográfica un salto cualitativo enorme, oscureciendo esfuerzos similares como el del soviético Yakov Protazanov y su Aelita.

Metropolis, la oscura visión del futuro según Fritz Lang, se convirtió no sólo en uno de los títulos imprescindibles del cine mudo, sino también en el que quizás sea el primer gran clásico (o el segundo, si no queremos olvidar a Méliès) de la ciencia ficción, y desde luego la primera gran superproducción; de hecho lo fue tanto que la UFA casi fue a la quiebra. 1926, el año del estreno de Metropolis, estaba destinado sin duda a ser un año esencial en la historia de la ciencia ficción. Ese mismo año Hugo Gernsback fundaba la revista ‘Amazing Stories’, precursora en muchos sentidos, y que se convirtió en una columna del género, y en responsable de la era dorada (para la literatura) de ciencia ficción que estaba a punto de sobrevenir. El último film mudo de ciencia ficción de renombre fue High Treason, una película británica ambientada en una sociedad futura envuelta en una guerra entre grandes civilizaciones. Como muchos otros films de la época de transición del mudo al sonoro, High Treason contó también con una versión hablada.

Con el cambio de década la Edad de Oro para el cine de ciencia ficción llegó a su fin. La fantasía tecnológica continuó con gran éxito y popularidad en la televisión (léase, por ejemplo, Star Trek) pero el público pareció cansarse de bajos presupuestos, tramas repetitivas, alienígenas cutres e historias cada vez más inverosímiles. Cuando Hitchcock se sacó de la manga esa maravilla titulada Psicosis, el gusto del público siguió al giro cinematográfico del director británico, y la ciencia ficción cinematográfica quedó, de momento, prácticamente finiquitada. Ya por entonces la realidad del espacio estaba convirtiéndose en algo más próximo, interesante y real que las marcianadas de Hollywood.

Ultimátum a la Tierra bien puede ser considerado hoy en día como un clásico, pero desde los tiempos de Metropolis el ciudadano medio consideraba a la ciencia ficción como un vacío entretenimiento para niños y adolescentes. Para que el cine de ciencia ficción pudiera por fin comprarse una cerveza hubo que esperar hasta 1968, cuando a un director de cine que consideraba el cine de ciencia ficción como pura basura le dio por demostrar al mundo cómo debía ser un film de ciencia ficción serio. Por supuesto, el director era Stanley Kubrick, y junto al escritor Arthur C. Clarke cambió el panorama de la ciencia ficción para siempre.

2001: Odisea en el espacio se convirtió por méritos propios en uno de los clásicos definitivos del género, tanto por su calidad cinematográfica y visual como por su trama, profunda y enigmática, de múltiples para significados y explicaciones, conformando un film extraordinario que ha sido, es y será objeto de estudio por la crítica especializada y por cualquiera con un mínimo espíritu crítico.

2001: Odisea en el espacio era el fruto no sólo de la visión de un genio, sino seguramente también al consecuencia lógica de un presente que ya parecía ir, si no por delante, al menos sí de la mano del género. Aunque el fin de la Edad de Oro de la ciencia ficción en Hollywood tuvo muchas causas, no se podía ignorar lo obvio. Y es que con el lanzamiento del Sputnik al espacio por parte de la Unión Soviética y la consiguiente paranoia norteamericana, que dio alas a la carrera espacial, el hombre había comenzado a dar sus primeros pasos en el espacio, y la realidad parecía haberse tornado más excitante que la ficción. Todo ese proceso tuvo su culmen en la meticulosidad de Kubrick y en las fascinantes imágenes de 2001, que si bien hoy en día han sido superadas tanto por la técnica como por la propia carrera espacial, siguen siendo tan sugestivas como en el día de su estreno. Y si hablo de imágenes superadas, me refiero al tipo de superación que pueda haber conseguido la tecnología moderna con una funcional silla de fábrica, comparada con una artesanía en madera de estilo Luis XIV.

La historia finalmente ha rebatido la fecha y varias otras cosas, pero muchas otras de lo que podíamos ver en el film se cumplió apenas un año después, y otras llevan camino de cumplirse algún día. Kubrick y su 2001 se convirtieron en el referente en el cual el cine de ciencia ficción debía mirarse, y en la base de los efectos especiales que iban a dominar la escena en la década siguiente.

Tras 2001, y la popularidad de Star Trek, llegó el momento de las distopías, las predicciones del futuro y el Apocalipsis de la humanidad en el cine de ciencia ficción. El mismo Kubrick nos mostraba de nuevo un posible futuro adaptando La naranja mecánica, y desde el otro lado del Telón de Acero no tardaba en llegar lo que muchos han considerado fue la respuesta soviética a 2001, la recia, compleja y estupenda Solaris de Andrei Tarkovsky. En realidad no fue tal respuesta, pero también es cierto que ambas tienen algunos puntos en común, y ambas nos acercan a historias de ciencia ficción con un severo trasfondo de filosofía, religión o simple dudas humanas que las convierten en algo más que simples films de entretenimiento.

Lo cierto es que el impacto de 2001 abrió una segunda etapa de popularidad para la ciencia ficción en el cine, y aunque no se la ha tildado de Edad Dorada, tuvo desde luego muchos títulos, por supuesto no todos memorables, pero en muchas ocasiones sí entretenidos. Por regla general lo que caracterizó a gran parte de los films de ciencia ficción de la época fue un grado bastante importante de pesimismo y en los peligros que entrañaban tanto las armas atómicas como el mismo ser humano, todo en medio de un creciente escepticismo social y una anarquía económica con la Guerra de Vietnam como trasfondo.

La estatua enterrada en la memorable escena final de El planeta de los simios es un magnífico ejemplo de dicha actitud; a pesar de ser un film comercial y de entretenimiento, el cierre final era de marcado carácter pesimista, anunciando, de nuevo, como en los años 50, los peligros que amenazaban al futuro de la humanidad.

Por tanto el cine de ciencia ficción en los primeros 70 se convirtió en un grupúsculo de historias oscuras que nos hablaban del futuro incierto que nos aguardaba. La humanidad corría riesgo de ser amenazada por diversas causas: las máquinas (Colossus: el proyecto prohibido, Engendro mecánico o Almas de metal), extraños virus del espacio exterior (La amenaza de Andrómeda) o con un más que posible origen humano (El último hombre vivo, un remake 70s de la adaptación del relato de culto Soy leyenda de Richard Matheson). También se incidía en el viejo axioma del hombre como lobo para el hombre, en cintas de futuros alternativos poco halagüeños como Rollerball o Cuando el destino nos alcance, destacando especialmente La fuga de Logan, un vistazo pop a una terrible sociedad futura donde la eugenesia es ley y práctica aceptada.

El subgénero apocalíptico tuvo, pues, un gran auge durante los 70, especialmente el que nos llevaba, como en el viejo relato de H.G. Wells, a una repentina prehistorización de nuestra sociedad, idea que tendría su gran referente a final de la década con el estreno de Mad Max, Salvajes de la autopista, aunque hubo sus precursoras en títulos como A Boy and His Dog, Callejón infernal o Nueva York, Año 2012.

Por supuesto una de las tramas más clásicas del género, el de la amenaza alienígena, continuó siendo un referente durante los 70. Ahí tenemos por ejemplo títulos como Beware! The Blob o La invasión de los ultracuerpos, dos remakes de clásicos de los 50 con distinta fortuna en sus adaptaciones; La invasión de los ultracuerpos fue, probablemente, la película de invasión alienígena de los 70 por excelencia. Aunque fue a finales de la década cuando Ridley Scott saltó a la palestra internacional y al Olimpo de la ciencia ficción con la considera por muchos mejor película con monstruo alienígena de la historia, Alien, el octavo pasajero.

No cabe olvidar que el mundo llevaba siendo amenazado por alienígenas y mutaciones desde los 50 gracias a Japón, donde el popular género del kaiju o kaiju eiga (esto es, el cine de monstruos gigantes) seguía vigente y en buena forma, con el sempiterno Godzilla al frente. Por otra parte, cabría citar aquí los intentos en el género de otros países ajenos a Hollywood, como por ejemplo Gran Bretaña (La tierra olvidada por el tiempo, El hombre que cayó a la Tierra) o incluso la misma España, cuyo cine había abordado en momentos puntuales la ciencia ficción prácticamente desde el comienzo de la indutria cinematográfica española. En la década de los 70 la ciencia ficción habló un poco de español en cine y televisión gracias principalmente a adaptaciones de clásicos (La isla misteriosa, Viaje al centro de la Tierra), guiones propios (El hombre perseguido por un Ovni) o films donde todo valía (Pánico en el Transiberiano).

La popularidad de la ciencia ficción durante los 70 provocó que muchos géneros se tiñeran con una capa de distinto grosor, según el caso, de ciencia ficción, tratando de ganarse espectadores adeptos al género de lo fantástico y lo imposible. Así, podíamos encontrar aventuras y conspiraciones en El día de los delfines, teorías conspiranoicas en Capricornio Uno, dramas sociales y alienación en The Stepford Wives, comedias (Dark Star) y hasta un western en Atmósfera Cero (Peter Hyams, 1981). Al igual que sucedió en los 50, cada película exitosa traía consigo imitaciones de calidad dudosa, y hubo muchos que trataron de sacarle partido al género. Sin embargo el género estaba a punto de vivir una, por decirlo así, Segunda Revolución Industrial, tras el puñetazo en la mesa de Kubrick, de la mano de dos directores amigos que formaban parte de una nueva clase de directores con estudios universitarios.

El año fue 1977, y tras aquel verano la ciencia ficción no volvió a ser la misma. Un desconocido llamado George Lucas logró sacar adelante un curioso proyecto que consistía en un cuento espacial en el cual volcó todas sus inquietudes de fantasía juvenil y recuerdos de niño fascinado ante la pequeña pantalla. Con La guerra de las galaxias Lucas retomaba la space opera y la llevaba más allá de Orión, modernizando los seriales de Flash Gordon y estableciendo la imagen en el espejo en que las posteriores aventuras espaciales debían mirarse. El éxito fue abrumador y Lucas no sólo se convirtió en un gurú hollywoodiense sino que fue el padre de la gran saga norteamericana de la ciencia ficción filmada junto a Star Trek, que volvió a revivir, esta vez en pantalla grande, gracias al éxito cosechado por Star Wars.

El otro gran film de ciencia ficción de aquel año fue Encuentros en la Tercera Fase, dirigida por el Rey Midas hollywoodiense Steven Spielberg. Además de lograr otra muesca en su particular bastón de éxitos de taquilla Spielberg concibió lo que sería una más o menos realista visita de los alienígenas a la Tierra, estableciendo en su película unas pautas que de uno u otro modo han seguido todos los films con visitas alienígenas de por medio, desde la serie V hasta Independence Day.

Sin duda alguna La guerra de las galaxias y Encuentros en la Tercera Fase estaban destinadas a sentar base e influenciar a muchos y buenos futuros cineastas.

La década de 1970 se cerraba con la prueba palpable del buen momento que había pasado la ciencia ficción a nivel popular con Moonraker, el film en el que James Bond salía al espacio exterior.

La década de los 80 significó por lo general una continuación de las premisas del género establecidas en la década anterior, ya fuera con la continuación de las sagas de Alien, Star Wars, Star Trek o Mad Max hasta nuevos remakes (La Mosca, Flash Gordon, La cosa), y nuevas incursiones en ideas establecidas por anteriores films de ciencia ficción, desde Galaxina o 1997: Rescate en Nueva York hasta Depredador o Están vivos. También se retomaron viejos conceptos como el del viaje en el tiempo (Regreso al futuro, El final de la cuenta atrás) o la naturaleza del hombre contrapuesta a la máquina (Robocop).

Fue en este último concepto en el que un joven James Cameron dio que hablar con su Terminator, que en medio de paradojas espaciotemporales tomaba el concepto del exterminador incansable de Almas de metal para contraponerlo al de una heroína madre del futuro salvador de la humanidad en lo que constituía una curiosa trama filosófico-religiosa. A finales de la década Cameron logró otro tanto con Abyss, una versión del contacto con un ente alienígena que esta vez tenía lugar bajo el agua, lo que permitió de paso un por entonces sonado avance en las técnicas infográficas aplicadas a los efectos especiales.

Abyss constituye un ejemplo de los films que trataron de ofrecer una aproximación más original al género, de los que formarían parte la curiosa Tron, cuya trama se basaba en la incipiente industria de los videojuegos, al igual que Videodrome lo había hecho con los videocasetes.

A comienzos de la década Spielberg dio, de nuevo, mucho que hablar con E.T. el extraterrestre, que contaba la visita de un alienígena que en este caso no suponía una amenaza, más bien al contrario: la criatura era amenazada por nuestra raza. En la misma línea se encontraba el film posterior Starman.

Los futuros cercanos poco halagüeños continuaron teniendo su lugar en el cine de ciencia ficción de los 80, de la mano de cintas tan dispares como 1984, Brazil o Perseguido. Y se continuaron adaptando clásicos de la literatura de ciencia ficción, entre los que destacaron dos películas cuyas adaptaciones corrieron distinta suerte. Una falló, aunque ello no es óbice para que no haya contado desde entonces con una creciente legión de fans; Dune. La otra se convirtió en la que fue la mejor película de la década y una de las mejores del género.

Ridley Scott volvía a hacerse un hueco en la lista de clásicos de la ciencia ficción con Blade Runner, una formidable y ciclópea adaptación de un clásico de Philip K. Dick. A pesar de unos por entonces muy cacareados cambios forzados en el acabado final, Blade Runner es considerada por muchos como el film por excelencia del género. Los menos la consideran sobrevalorada, pero lo que es cierto es que el título siempre aparece en todas las listas, y junto a una trama compleja y con muchas significaciones y una estética neogótica que todavía influye a cineastas y gente de a pie, Blade Runner ostenta con orgullo el título de clásico del sci-fi.

Los 90, en cuanto a la ciencia ficción y el cine se refiere, significaron una continuación de los temas y tópicos anteriores y una diversificación de los mismos, con una notable mezcla de géneros y un número notablemente menor de grandes clásicos, a la par que los efectos especiales por ordenador abrían nuevas oportunidades para dar salida a nuevas y más complicadas historias a la vez que se abarataban costes.4 noviembre, 2009

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