Una estupenda película que no hace sino constatar que Eastwood está en su mejor momento como director.

★★★★☆ Muy Buena

Banderas de nuestros padres

Despreciada ya a priori, debido a su título, por muchos que ni se tomarán la molestia de verla o informarse, ha llegado a nuestro país “Banderas de nuestros padres” de Clint Eastwood.

Como ya es sabido, se trata de la primera parte de un díptico, que se completa con “Letters from Iwo Jima” y que pretende contar la historia de la batalla de Iwo Jima desde el punto de vista estadounidense y japonés.

En realidad, la batalla y todo lo que rodea a la colocación de la bandera protagonista de la famosa foto de Joe Ronsenthal no son, era de esperar viniendo de Eastwood, sino un pretexto para contarnos otra cosa.

Lo que nos cuenta el guión de William Broyles Jr. y Paul Haggis, basado en el libro de James Bradley y Ron Powers, es una historia sobre cómo los gobiernos construyen falsos héroes y de cómo se sirven de ellos para sus propósitos. Y en ese sentido, no podría ser más clara: a los gobiernos les importan un pimiento las personas o, mucho menos aún, la verdad.

Pero también es una historia sobre otro tipo de heroismo: el de la lealtad a tus compañeros que te puede llegar a hacer dar tu vida por ellos, que no por tu país. Mostrando la otra cara de la moneda, el lado humano, Eastwood compone todo un canto al compañerismo.

Recurrre para ello, alejándose voluntaria y claramente del modelo “Salvar al soldado Ryan” con el que algunos la comparan equivocadamente, a saltos temporales nada confusos que nos permiten no cansarnos nunca, ni de las escenas en los Estados Unidos ni de las del campo de batalla. Gracias a esta estructura, la película arranca con rapidez, lo que hubiese sido imposible de haber estado contada de forma lineal.

Porque, repito, la guerra no es más que una excusa para lo que Eastwood nos quiere contar. “Banderas de nuestros padres” está mucho más cerca temáticamente de “El hombre que mató a Liberty Valance” que de “Salvar al soldado Ryan”. De hecho, las referencias a John Ford (director de la citada obra maestra) llegan a ser evidentes en una escena con una mecedora, metáfora fordiana de la unión familiar, en primer plano durante unos segundos. Ni que decir tiene que la dirección de Eastwood es tan elegante como siempre.

Puestos a buscarle las cosquillas a la película podemos argumentar que, pese a que todos los actores cumplen a la perfección, no hay ninguna interpretación maravillosa que destaque sobre las demás. Pero la verdad es que hay dos explicaciones a eso: la primera es que estamos en una película coral en la que no tendría mucho sentido que unos destacasen sobre otros y la segunda es que tuve la desgracia de ver la película doblada (si somos los que mejor doblamos del mundo no me quiero imaginar cómo serán los peores).

También resulta un poco extraña la forma de introducir el personaje de James Bradley, hijo de John “Doc” Bradley (Ryan Phillippe), protagonista también de una escena un pelín forzada que parece estar ahí con el propósito de hacernos llorar (y en verdad lo consiguió conmigo).

Pero dejando de lado esos pequeños defectillos, se trata de una estupenda película que no hace sino constatar que Eastwood está en su mejor momento como director.
Lo mejor: La elegante dirección, la fotografía, el montaje y el hermoso canto al compañerismo que destila toda la película.
Lo peor: Una escena un pelín forzada.
publicado por Jeremy Fox el 17 enero, 2007

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