Gibson no es un cineasta ni personal ni genial, pero apoyado en un guión sólido, con una estructura eficaz y honesta, y con una dirección entre sobria y correcta, configura un drama histórico en el cual -a fines prácticos – no sobran ni faltan piezas

★★★★☆ Muy Buena

Braveheart

En este contundente biopic histórico con aires mesiánicos, Mel Gibson firmó la que probablemente sea su mejor película ( que tampoco es decir tanto teniendo en cuenta la mediocridad del resto de su obra) y -al igual que Kevin Costner con su “Bailando con lobos” – vino a recuperar para el gran público el sabor del cine épico desplegado con todo lujo de medios y con un tono elegíaco bastante idóneo para su historia sobre el libertador escocés, si bien es verdad que no se puede decir que “Braveheart” sea una película compleja. El caso es que, si contemplamos el conjunto del resultado final, tampoco es que la complejidad fuese un requisito indispensable para ser la gran película que es.

La idea sobre la que se articula la globalidad del relato es un perfil heroico que aglutina la fuerza física con la estrategia y la inteligencia en la batalla, sumándose la fe en unos ideales llevados a sus máximas consecuencias, lo cual origina una rebelión perpetrada incluso por los que en un principio se movían por intereses egoístas y no dudaban en ejecutar la más vil de las traiciones. Ese aire mesiánico viene constituido con el valor de William Wallace en los últimos instantes de su vida: el resolutivo grito de LIBERTAD ( inclusive la postura del crucificado), a esas alturas del metraje y en el contexto de una situación en la que ya todo se ha vuelto en contra de sus posibilidades tras una larga e intensa trayectoria de hazañas, victorias y amarga traición, contiene una honda significación emocional, de liberación en el espacio íntimo del héroe y de impulso y fe en los grandes ideales para los seres de su entorno cercano. Wallace, con su enorme y poderosa obstinación, venciendo al dolor y al miedo, deja una semilla de esperanza.

Gibson no es un cineasta ni personal ni genial, pero apoyado en un guión sólido, con una estructura eficaz y honesta, y con una dirección entre sobria y correcta, configura un drama histórico en el cual -a fines prácticos – no sobran ni faltan piezas. Los personajes viven, reaccionan, se equivocan, sienten deseos de libertad, flaquean en su fe, caen en la debilidad de la traición, se arrepienten, reflexionan, pierden o ganan según las impresiones y/o hechos que se derivan de cada acto o palabra de Wallace. Éste, causa de un guión perfectamente estructurado, se sitúa siempre en el centro a partir del cual se articula toda la trama. Una trama no compleja, pero tampoco mecánica. Siempre hay un margen para la reflexión entre los hechos, de cierta sutilidad en las decisiones de Wallace y quienes forman su entorno, ya sean amigos o enemigos. Por tanto, sin ser una obra redonda, la narración tiene vida, espíritu humano y un cierto sentido lírico de la épica, lo cual es consecuencia no tanto de una buena realización como de un buen guión. Cuando uno tiene una buena historia que contar, si a ello le añades la cuidada estructura del guión, casi todo lo demás viene hecho.

No es un filme redondo: se puede detectar un trato demasiado estereotipado a la hora de caracterizar los perfiles de los distintos grupos enfrentados; los esclavos revolucionarios son brutos, sucios y valientes y a los ingleses dominadores se les otorga un cierto aire afeminado, lo cual resulta un tanto simplista y vulgar. Y en otro orden de cosas, Gibson compagina su esmerado estilo visual , muy loable en muchas secuencias de batallas, con planos cutre-salchicheros de telefilme: los dichosos primeros planos (o también planos medios) ralentizados en escenas de especial importancia dramática. Ese tipo de planos y secuencias ralentizadas son el recurso fácil del cineasta que no sabe enfatizar lo dramático más allá del mero efectismo. Gibson no es Orson Welles y su propia narración le pone en evidencia cuando requiere de mayor profundidad. El hecho es que nos está narrando una historia sostenida en un argumento de obra maestra: el grito final de libertad, aun con su potente significación dramática y el simbolismo de la posición en cruz, tendría una mayor expresividad visual (y, en consecuencia, valor y profundidad cinematográfica) si Gibson hubiese colocado la cámara en una posición en la que el perfil humano y espiritual de un William Wallace agonizante cobrase un significado más sutil que lo que se deriva de un simple juego de primeros planos y secuencias ralentizadas. ¿Qué tipo de angulación, perspectiva o posición de la cámara sería la idónea para tal fin?. Ni lo sé ni me incumbe, esa es una labor y un reto para la imaginación visual de un director de cine. Lo que sí sé es que el modo usado por Gibson es intrascendente y poco expresivo en su forma, si bien el fondo tiene por sí mismo gran fuerza dramática y con ello el espectador puede sobradamente intuir la tragedia de lo representado.

Al fin y al cabo, el cine no solo es lo narrado, sino, sobretodo, la inteligencia, la perspicacia o la creatividad de un artista que juega con su instrumento, la cámara y sus enormes recursos como ventana abierta a un mundo de representaciones , en este caso, la representación de alguien que antepuso un mundo ideal a las inmediatas consecuencias de la realidad. Y eso exige y requiere algo más…
publicado por José A. Peig el 17 enero, 2007
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