Lo tiene todo para ser incomprendida y también lo tiene todo para ser una gran película. Tiene sus defectos y puede que no sea una obra redonda. Por encima de todo, una exquisitez clásica, una película honesta y bella.

★★★★☆ Muy Buena

Banderas de nuestros padres

Vaya película que se ha echado el amigo Clint Eastwood, uno de los pocos y de los mejores narradores clásicos que nos quedan, heredero de John Ford y del rico bagaje acumulado en décadas de artesanía cinematográfica. Igualito que Spielberg pero, si cabe, más sesudo y contundente a la hora de abordar los grandes temas o géneros norteamericanos. Spielberg es un maestro del espectáculo en los distintos ámbitos, ya sea en un melodrama bélico (soldado Ryan) o en una fábula fantástica (“E.T”). Eastwood, además de eso, es un intelectual mucho más maduro.

Vaya película, decía, pues nos cuenta una historia que, me temo, aburrirá y dejará indiferente a la mayor parte del público. Nos encontramos ante un capricho personal de su autor, una película que de no haber existido casi nadie echaría en falta. Nos encontramos ante la típica película que hace un cineasta a quien ya nada le importa, salvo su identidad como autor que se implica en la historia y sociedad de su tiempo y su capacidad de expresar lo que le venga en gana.

La historia no es original, el estilo es inconfundible. O sea, aunque pisa terreno hipermegatrillado, Eastwood hace de este sensible y evocador homenaje a los “héroes” de la segunda guerra mundial (en realidad, a los seres humanos víctimas de los mitos de la guerra) uno de sus films más personales, hace suya esta historia a base de un exquisito gusto por narrar y hacernos reflexionar sobre temas concernientes al sentimiento y a los símbolos colectivos de toda una época, de los cuales deviene la identidad y el orgullo actual de la sociedad norteamericana. Eso por un lado, en el otro cauce vuelve a adentrarse en el horror de la guerra, y aquí la novedad viene de la mano de un montaje que nos lleva a un recorrido en círculo desde los hechos más elementales hasta una moraleja final bastante previsible, pero no por ello deja de funcionar. Veamos…

No es una película bélica, es una mirada íntima que subraya el dolor colectivo de los hombres y mujeres que participaron en la guerra y que sufrieron sus efectos de forma directa o indirecta. Y por encima de todo subraya la importancia de los símbolos patrióticos, de las representaciones colectivas que son fruto de una esperanza o una necesidad de justificarse como nación hegemónica.

Pero no caigamos en el mismo error de siempre: “Banderas de nuestros padres” no es una película patriótica ni patriotera. Si alguien lo duda, que consulte el diccionario a ver qué significado tiene la palabra “panfleto“. Ya hemos dicho que los símbolos y la imaginería patriótica son los verdaderos protagonistas de la última película de Eastwood, pero no son utilizados como instrumento de propaganda, sino que sirven de piezas clave para desarrollar una idea muy concreta, idea que viene con una considerable carga punzante y provocadora.


La película no se anda con contemplaciones y nos muestra la necesidad de mitos y héroes en tiempos bélicos. La necesidad de identificarse con una bandera, con un ejército representante y defensor de unos ideales y/o sistema de vida, de reafirmarse con un uniforme y con hechos falseados protagonizados por un grupo de muchachos a los que, muy a su pesar, se les hace prisioneros de esa red de mitos y símbolos. Víctimas, nada menos, del berrido, la desesperación, la manipulación y la hipocresía de la sociedad por la cual perdieron a sus amigos en el campo de batalla, lo que de verdad les importaba. Es especialmente dramático el caso del personaje indio, para quien su involuntario corsé heroico supondrá la pérdida total de identidad y sentido a su vida, agarrándose en última instancia a la proclamación de la verdad, la de los verdaderos héroes a los que nadie ha conocido ni conocerá nunca. (Este es un tema, por cierto, muy típico de John Ford). Hay que ver cómo termina su errabunda cruzada a lo largo de carreteras y desiertos…

Es decir, Eastwood nos habla de los símbolos y de las creencias de la patria, pero juzgadas y sometidas bajo una contundente mirada crítica y amarga, como queriendo desembarazarse de esa embriaguez colectiva de la que él ha formado parte desde su posición de narrador industrial. El filme, por tanto, es sincera y profundamente crepuscular y elegíaco, combate los mitos y los fantasmas que intoxican las mentes de la ciudadanía desamparada ante la crudeza de los acontecimientos, la cual siempre busca una vía de escape hacia el mito. Y no olvidemos que cuando los mitos pasan de lo puntual y local a lo universal, se ha dado un primer paso hacia el totalitarismo fascista. Y ojito a los tres personajes centrales, ya que cada uno de ellos está representando tres prismas distintos mediante los cuales se va tejiendo la crítica y la mirada amarga: los tres son víctimas de un incipiente fascismo, ellos mismos son la excusa a partir de la cual fabricar las grandes mentiras que configuran un mito venenoso para las mentes. Falsedades (héroes de la patria, forjadores y protectores de las democracias) que en el futuro podrán ser utilizadas para idealizar y justificar las guerras y las invasiones…

A Eastwood -como a Spielberg en “Salvar al soldado Ryan”, de eso hablaremos otro día – no le interesa el veneno en el que pueden convertirse esas falsedades, sino la humanidad escondida y violentada tras el uniforme y sometida bajo el aparato de propaganda. Y nos lo expresa de forma directa, sencilla y bella en los últimos planos de la película: un grupo de muchachos, despojados de sus armaduras de guerra -abandonadas en la arena de la playa de Iwo Jima – que, durante unos instantes, se disponen a disfrutar del juego, el chapoteo en el agua, las risas compartidas con sus compañeros y amigos…lo muchísimo que, a pesar de todo, les queda de humanidad. Y ésa es la moraleja; la verdad por encima de la mentira, la persona real y vulnerable por encima de la armadura y del héroe idealizado, la íntima y sincera identidad por encima de todas las banderas y las patrias. Algunos incautos ya estarán diciendo que es una película patriotera y simplista, pero es una lección de humanidad en la cual los temas y la iconografía patriótica es la excusa inicial, el punto de partida de una carrera hacia el descubrimiento de lo verdadero, a la par que se van poniendo en evidencia los lastres que obstaculizan lo mejor de la vida y del ser humano.


Respecto a esto último, hay que hacer hincapié en la magnífica estructura, bastante singular además. No es una narración lineal, sino circular. Ya se ha dicho; Eastwood nos propone un recorrido de descubrimiento, y tal recorrido se extiende en una narración que va incluyendo nueva información y ampliando el espectro global de la experiencia narrada. O sea, son varios círculos concéntricos que amplían la perspectiva según va avanzando el relato: desde el inicio al más puro estilo del cine bélico clásico, luego se van introduciendo matices según descubrimos las circunstancias, sentimientos y pensamientos de los personajes (de un círculo más pequeño pasamos a uno mayor, uno que abarca más información, y así la historia se va revelando) hasta la resolución final, el círculo mayor que integra y engloba todo el desarrollo anterior, en una magnífica configuración del significado y el mensaje final.


Concluyendo, una película que lo tiene todo para ser incomprendida y también lo tiene todo para ser una gran película. Tiene sus defectos y puede que no sea una obra redonda: excesivo metraje y personajes muy bien definidos pero no tienen la profundidad y la frescura que hubieran podido tener. Por encima de todo, una exquisitez clásica, una película honesta y bella que deja tras de si una gran complejidad temática sometida a una exposición tan fluida que a los despistados les va a resultar demasiado simple.
publicado por José A. Peig el 7 enero, 2007

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