Esto no ha hecho más que empezar, porque en breve tendremos en nuestras pantallas la otra parte de la historia. La batalla de Iwo Jima vista desde el lado japonés. De momento, todos lloramos y buscamos a nuestro Iggy.

★★★★☆ Muy Buena

Banderas de nuestros padres

Si hubo un momento clave en la historia de Iwo Jima según la población civil ese fue en el que un reportero de AP tomó una imagen que dio la vuelta al mundo y que, visto a miles de kilómetros de distancia, suponía un golpe importante al ejército japonés en plena II Guerra Mundial. Era febrero de 1944 y varios soldados estadounidenses fueron enviados a la cima del monte Suribachi, en el centro de la isla del Pacífico de Iwo Jima, para izar la bandera de las barras y estrellas. Un hito éste que desataría la euforia después de cinco días de ardua batalla. Instantes después, otro grupo de soldados es enviado con el propósito de sustituir la bandera original por una de recambio. Es en ese momento, en el que se iza la de repuesto es en el que Joe Rosenthal toma la significativa instantánea.

Estados Unidos necesita héroes, necesita saber que sus hombres luchan por algo y esa imagen de la bandera supone para ellos un triunfo sobre el enemigo. La batalla duró un mes más, pero eso ya no importaba. El marketing estaba hecho y los soldados supervivientes protagonistas de la fotografía son enviados devuelta a casa, a los Estados Unidos. Son héroes y como tal deben comportarse. Tienen que ayudar al Gobierno a recaudar fondos para el resto de compañeros que se han quedado en el campo de batalla y para que al Ejército no le falten ni munición ni recursos. Se han convertido en el mejor reclamo para hacer caja. Pero no son sólo un producto. Son hombres. Un médico (John ‘Doc’ Bradley – Ryan Phillippe), un mensajero (Rene Gagnon – Jesse Bradford) y un indio (Ira Hayes- Adam Beach) que arrastran traumas bélicos que no les abandonan en ningún momento. Están vivos. Sí. Pero también son víctimas de la barbarie humana. La guerra les persigue. Cada uno con una historia personal. Y todas ellas son las que el maestro Clint Eastwood ha decidido capturar con su cámara en una obra maestra.

El que fuera hombre más duro de Hollywood demuestra una vez más su talento tras la cámara y construye una genial película edificada sobre un guión muy sólido y un casting tremendamente acertado. Ryan Phillippe es quizá el principal protagonista. Será su hijo quien, a la muerte del padre, decida investigar qué ocurrió y cómo marcaron la colocación de esa bandera y la guerra a su padre y a sus compañeros de batallón. La imagen es sólo el presento para contar la vida de los protagonistas, sus sentimientos, sufrimientos, caminos cruzados y trágicos finales, ya en el olvido de la mayoría. Phillippe, el doctor a quien los gritos de la lucha y la imposibilidad de poder salvar a todos sus compañeros le persiguen toda su existencia, da al personaje la fragilidad y vitalidad necesarias.

Bradford, rostro conocido, interpreta a un joven soldado con aspiraciones y con una novia adicta a la fama. Adam Beach, el indio que ya protagonizó junto a Nicolas Cage Wildtalkers, vuelve a apelar a su rostro indígena como seña de identidad. Pero sólo como caracterización, ya que es el personaje más afectado de todos y, por tanto, uno de los más complicados de interpretar. Sobre todo si tenemos en cuenta que debe afrontar gran parte de la película con más alcohol que sangre en las venas. También merecen una mención especial Barry Pepper (Mike Strank en la película) y Jaime Bell, actor que saltó a la fama por su papel de Billy Eliot y que aquí da vida al inseparable compañero de Doc, Iggy. Además de las actuaciones ya mencionadas, hay que unir un gran elenco de secundarios de los que Eastwood es capaz de sacar lo mejor. Sólo hay que observar la actuación de Paul Walker (el policía infiltrado de A todo gas). Más meritorio aún resulta todo si se tiene en cuenta que, pese a ser una película bélica, no ha sido necesario cebarse con escenas sangrientas. Aunque, como buena película bélica, alguna tiene.

Todo ello contado con una depurada técnica de flashbacks. El hijo de Doc encuentra la foto y los recortes de periódico de la noticia en una caja. Entonces decide empezar a investigar sobre ese capítulo que su padre nunca le contó para poder escribirla. Para ello habla con veteranos de guerra que le narran su visión de los protagonistas. A su vez, Eastwood introduce flashbacks dentro de flashbacks para captar la historia en primera persona. Una forma ingeniosa de introducir todas las visiones que da como resultado Banderas de nuestros padres. No sólo la técnica es perfecta, sino que la música que lo acompaña todo (compuesta por el propio director), los planos de los rostros y los detalles más insignificantes redondean el conjunto. Esto no ha hecho más que empezar, porque en breve tendremos en nuestras pantallas la otra parte de la historia. La batalla de Iwo Jima vista desde el lado japonés. De momento, todos lloramos y buscamos a nuestro Iggy.
publicado por Juan Nadie el 7 enero, 2007

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