Una cinta espiritual que para darse a entender utiliza varias imagenes inolvidables.

★★★★☆ Muy Buena

Babel

Una niñera mexicana a cargo de dos niños americanos tiene que decidir entre hacer su trabajo o asistir a la boda de su único hijo. Una pareja de esposos norteamericanos que pasean por Marruecos sufren lo que parece ser un atentado terrorista. Un pastor marroquí trata de criar a sus hijos. Y una joven sordomuda japonesa se esfuerza por comunicarse con su padre y con su entorno, al mismo tiempo que trata desesperadamente de perder su virginidad.

Todo esto aunque no lo parezca es parte de una sola cinta, se trata de Babel, la tercera cinta en colaboración entre el guionista Guillermo Arriaga y el director Alejandro González Iñárritu y que según amenazan será la última, argumentando diferencias creativas. Separación artística que le deja un gran reto a Iñárritu para sus próximos proyectos en solitario, sin contar ya con la profundidad, la fuerza y la emotividad de los guiones de Arriaga.

Y mayor reto todavía, después de esta tercer cinta, en suma la más estilizada, más pulcra, más conmovedora y aunque suene raro decirlo, la más esperanzadora.

Ambos cuentan estas historias como pretexto para hablar sobre la globalización y la creciente falta de entendimiento entre los americanos y los mexicanos, entre los americanos y los posibles terroristas, pero también entre marido y mujer, entre padre e hijo, entre hermano y hermano.

Estas varias líneas narrativas que se van deslizando una entre la otra, a diferente ritmo y tiempo, mientras que la historia que la historia del hoy maduro actor Brad Pitt y la hermosa Cate Blanchett sucede en un par de horas, la de Adriana Barraza, en una de las actuaciones mas realistas que he visto en mucho tiempo y cuya clase es más fácil encontrarla en teatro y no en cine, sucede en 24 horas o más, pero esto no es ningún impedimento para que las historias puedan narrarse unas entre otras.

Con un ritmo lento y pausado, saltamos de los desiertos marroquíes a los desiertos fronterizos entre México y Estados Unidos, para después dar un gran salto hacia las coloridas y ruidosas calles de Japón. Inundando la cinta con largas secuencias sin diálogos, pero intensas todas y conmovedoras, resaltado dos en particular, por medio de las cuales algunos personajes descubren algún paraje desconocido para ellos, como un par de niños que visitan por primera vez Tijuana y se sorprenden de las intensas imágenes que ven detrás de los cristales de sus autos, o como el grupo de turistas que llegan a un desolado pueblo de Marruecos, cuyas condiciones resultan muy alejadas de su cómodo vida.

Y aunque se trata de una cinta accesible para todo tipo de público, este encuentre la historia demasiado lenta y menos caótica y climática que Amores Perros, estamos más ante una cinta contemplativa y artística, aunque en cierto modo, hay algunas partes innecesariamente largas en la parte japonesa, que aunque se pretenda sea la más sublime, es en realidad, la historia mas débil, concentrada en su artificiosa forma descuidando en parte su fondo, contrastando en gran medida con el resto de la cinta.

La música de Santaolalla, la fotografía de Rodrigo Prieto y el diseño de arte de Brigitte Broch, usuales colaboradores de Iñárritu, hacen acto de aparición, con la difícil tarea de darle cohesión a esta desmenuzada cinta, retratando con bastante veracidad la forma de vida de diversas regiones del mundo, incluyendo sus rituales… ¿Alguien quiere saber cómo es una boda de pueblo mexicana? No tienen que buscar más, vean esta cinta y lo descubrirán.

Y por si los diferentes idiomas hablados en la cinta no fueran suficientes, de repente cae el silencio entre sus personajes, de esos silencios intensos que incomodan, que duelen y conmueven, momentos que aprovecha muy bien el director mostrando que es dueño de una técnica impecable. Y declarando que, a veces, para realmente entendernos, no son necesarias las palabras.
publicado por Jose Luis el 18 diciembre, 2006
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