Babel es universal, salta de continentes, cambia de idioma y vuela por los aires cualquier tipo de fronteras gracias a un terrorismo visual que inyecta oxígeno a la Imagen en una época llamada al reduccionismo libertario.

★★★★★ Excelente

Babel

Uno podría pensar que la tercera película de Alejandro González Iñarritu es la síntesis mal resuelta de los peores defectos de sus anteriores trabajos, Amores Perros y en mayor medida 21 Gramos, o que incluso Babel es la herida sin sanar de un cine de nuevo corte que lleva el efecto mariposa hasta los límites más exasperados de su propia realidad, bajo la coartada de un mundo globalizado, a la fuerza interconectado y definitivamente desorientado. De hecho sería fácil asumir que la galería de viñetas del sufrimiento ajeno que conforman Babel sigue la lógica de un guión caprichoso que explora la frontera última de lo posible, en lugar de responder a lo probable.

Pero lo que separa a Babel de películas, como por ejemplo, Crash, con la que comparte forma y fondo (el miedo en nuestros días), es que su manipuladora colección de casualidades responde finalmente a una pluralidad de respuestas, pronunciadas en multitud de lenguas vivas (y muertas), para un número cuasi-infinito de culturas; mientras, que por su parte, la de Haggish devenía en respuesta única y simplista bajo el espejismo ilusorio de esa misma pluralidad en sus interrelacionadas historias. El director de Amores Perros ha filmado con Babel el colofón a una trilogía sobre el dolor marcada por la reescritura en clave moderna de la tragedia griega a través de la narrativa fracturada. Pero su último trabajo posee una diferencia fundamental con las dos anteriores, es políglota no por necesidad sino por vocación, es decir que pese a la tortura que inflinge a sus personajes es profundamente esperanzada.

Babel es universal, salta de continentes, cambia de idioma y vuela por los aires cualquier tipo de fronteras gracias a un terrorismo visual que inyecta oxígeno a la Imagen en una época llamada al reduccionismo libertario. Su descarnado relato confluye la peripecia vital de sus personajes en un punto de múltiples lecturas y muchas más direcciones bajo un axioma inviolable: el único modo de escapar a eso que llamamos miedo, es a través del amor y del verdadero dolor. Algo que comparten todas las culturas hablen la lengua que hablen.
Lo mejor: Nombres propios como Barraza, Kikuchi, Arriaga, Santaolalla, Prieto o Iñarritu.
Lo peor: Las críticas que la tildarán de manipuladora.

publicado por Ibán Manzano el 16 diciembre, 2006
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