George Miller quiere volver a dar caña de la buena. Que alguien le de un guión a la altura.

★★★☆☆ Buena

Happy feet

El cine necesita a George Miller. Si queréis tener una idea de lo que es ser el mejor realizador del mundo en un momento y lugar determinados, recomiendo el visionado de dos películas de este extraordinario director australiano: Mad Max 2 y El Aceite de la Vida. Puede compartir un par de características como su paisano Peter Weir, entre ellas la incapacidad biológica de hacer una mala película, pero a diferencia del segundo, mucho más centrado en los personajes, el sentido de la épica de Miller no conoce rival. No es una épica íntima como la que nos tiene acostumbrados el director de Master & Commander o Único Testigo, sino el gran sentido del espectáculo que se disfruta en pantalla grande. Por muy película de niños que sea Happy Feet, y por muy mal que siente en el estómago el tremendísimo bajón que sufre la película a mitad de metraje, cuando esta película explota (porque eso es lo que pasa en determinados momentos) alcanza el nivel de clásico de animación, fundamentada en que las increíbles imágenes de Miller se complementan con una animación a juego. Y cuando digo a juego, digo nivel un milímetro por debajo de Pixar.

Parte musical, parte aventura sobre nieve, parte mensaje ecológico, Happy Feet es la historia de Mumble, hijo de Memphis y Norma Rae. Como pingüinos emperadores que son sus padres (y aquí me creeré lo que me cuente la peli porque simplemente, no tengo ni guarra), las parejas se cortejan a través de las canciones. En la primera escena del film, Norma Rae, deslizándose entre los pingüinos machos al ritmo de Kiss, de Prince, es instantáneamente subyugada por una impresionante versión eléctrica del Heartbreak Hotel de Presley (Jackman prácticamente devora esta película). Los dos se enamoran, fornican off screen y ponen un huevo. Es una escena plena de ritmo que marca el resto de las canciones que aparecerán a lo largo del metraje: tienen la misma energía y vitalidad que Moulin Rouge, pero sin el montaje epiléptico o los medley infernales.

A punto de pasar un mal trago.

Y vale que es una magnífica forma de empezar un film, y augura buenos presagios, pero es la segunda secuencia la que se te queda grabada en la retina: millares de pingüinos macho (las hembras abandonan el hogar durante el invierno para cazar) custodian los huevos, pegados unos contra otros mientras los viejos del clan gritan palabras de ánimo, bajo una increíble tormenta al atardecer. Es este el tipo de cosas que solía hacer Miller antes, aprovechando cada oportunidad para usar su fuerza visual, y crear así imágenes de enorme poder (ojalá muchos se acuerden de Mad Max, contemplando desde lo alto de un acantilado las luces de la refinería antes de que caiga la noche). Acompañada de coros épicos, es de verdad sensacional, y parece que está a punto de escapar del género de peli de críos, pero no sucede así. Y eso, si sois de los que os gusta implicaros a fondo con lo que veis en el cine, es casi una desgracia, viendo lo que se avecina.

Así, este tipo de impacto no se repetirá muchas veces a lo largo del film: es demasiado rutinario en el momento en que se convierte en una metáfora sobre la igualdad cuando descubrimos que el hijo de Memphis y Norma Rae, Mumble, no puede cantar. Es su excepcional habilidad para bailar claqué la que se convertirá en el motor de la película (lo que estáis pensando: intenta cantar, fracasa, le echan/se va, descubre mundo y vuelve hecho mejor pingüino). A pesar de que es una trama perfectamente natural, comienza a caer a plomo a mitad de película, en cuanto Mumble conoce a un clan de pingüinos… de la raza “estereotipus cubanus” (Expertos en baile, claro. Porque TODOS los cubanos son expertos en baile, ¿verdad?) y ya no sólo es previsible, sino que aburre; incluir antes el segundo momento fantástico del film, con todos los pingüinos cantando la versión George Michael en Wembley del Somebody To Love, de Queen, es un recordatorio de lo bajo que cae después el film. Afortunadamente, hay unas cuantas escenas de acción, entre las que se incluyen el ataque de una foca leopardo aterradora (nunca pensé que escribiría algo como “foca aterradora”), cortesía del dibujante español Miguel Ángel Fuertes, o la lucha contra un par de orcas hambrientas, que son muy dinámicas, y están muy bien hechas, pero está claro que Miller quiere tomar otro camino.

Los últimos veinte minutos nos lo demuestran, cuando aparece el mensaje ecológico del film y en donde, por primera vez desde hace muchísimo tiempo, alguien tiene los huevos de integrar animación digital con personajes de carne y hueso. ¿Es efectivo? Parcialmente: está claro que ver a millones (literalmente) de pingüinos bailar al mismo tiempo, en la escena final del film, es un deleite visual, y la convivencia entre humanos y animales es un sencillo, pero poderoso y bienintencionado mensaje. Pero también hay algo que no acaba de encajar, y es que Miller cambia completamente el mensaje de la película. Si el segundo acto es aburrido, el tercero es abrupto, parece otra peli distinta, y cambia la dirección del film casi de forma radical (y me da la sensación de que si Happy Feet recauda 200 millones de dólares no será por lo que la película quiere contar, sino porque los niños quieren ver bailar a los pingüinos).

Rompiendo la pista.

Sin embargo, el deleite está ahí, a pesar de que el guión de “pinta con números” lastra a la película, su director eleva el nivel por encima de lo esperado, y aún más. Si sólo hubiera encontrado algo más en lo que clavar sus uñas, estaríamos hablando de la mejor película del año, pero parece que la pela sigue siendo la pela y que eso de dar de comer a los niños películas como El Gigante de Hierro es cosa del pasado. Happy Feet es tan impresionante de ver como un documental de Nacional Geographic, está animado de una forma excepcional (los movimientos de Mumble fueron capturados del gran bailarín de claqué Savion Glover) pero un film con aspiraciones no puede incluir secundarios infectos (Robin Williams presta su voz no a uno, ni a dos, sino a tres malditos bichos) ni escenas de acción tan forzadas e inútiles. Es simple: George Miller quiere volver a dar caña de la buena. Que alguien le de un guión a la altura.
Lo mejor: George Miller y su puesta en escena, que alcanza un punto asombroso, a la altura de uno de los únicos tíos capaces de provocar verdadera sensación de impacto empleando métodos tradicionales y sin virguerías visuales, confiando en el espectáculo de una imagen pura y sin tratar. Los números musicales (y lo dice un tío que entraba en la Gran Vía y quemaba el montaje de Mamma Mia hasta los cimientos) son una gozada, principalmente, porque las canciones son la hostia.
Lo peor: El film es en esencia una película sobre pingüinos que bailan y cantan. No lo salva ni Mamet.
publicado por Rafa Martín el 14 diciembre, 2006

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