Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía, Lo-li-ta, la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo-li-ta.

★★★★★ Excelente

Lolita

1. El libro de Nabokov

Eran tiempos de comedimiento y la censura condimentaba el Arte: la ley era dura y el artista, salvo algún excéntrico con ganas de incordiar levantándole las faldas a la moral y a las niñas de buena familia, se avenía a no incomodar en exceso: se dejaba contaminar por el pudor, por la criba previa. Era el autor sacrificando su libertad en aras de que su objeto artístico viese la luz y manifestara su creatividad o, al menos, una parte considerable de ésta.

Henry Miller, en literatura, era el gurú del sexo, el excéntrico con cortapisas, con vara de mando en las letras y en el escándalo. Lectores muy avezados y abiertamente enconados con el Poder oficial se regocijaban con la prosa retorcida, lúbrica y vagamente perturbada de muchos autores cuyo nombre aparecía con frecuencia en la lista de los malditos. Nabokov, con Lolita, mereció puesto de honor.
Vladimir Nabokov crea al profesor cuarentón Humbert Humbert, en adelante HH o H, enfebrecido de una “”voluptuosidad suprema, siempre encendida””, en sus palabras, encaprichado a extremos patológicos de Dolores Haze, Lolita, en adelante Lo, usando siempre la terminología que el propio autor marca en su libro.

Lolita es el pecado adolescente, la nínfula prepúber de la exaltada imaginación amorosa de HH, de su desviación pasional no reprimida, sino alentada, llevada a oficio. En aquellos tiempos timoratos, una novela sobre un pedófilo, y encima uno distinguido, culto y refinado hasta lo indecible y correcto en el trato como un gentleman de Oxford Street era una bomba. Y explotó.

La obscenidad de la trama era tan alta como la calidad de la escritura. Y Nabokov, consciente del riesgo, pero conocedor de la subtrama profunda de su obra, pedía a gritos que leyesen su libro: que no había en él otra pornografía que la represión de quienes veían en sus página más desbocadas el propio desbocamiento, la angustia de reprimirse y el pánico a que la materia reprimida evidenciara, en el fondo, la pobreza mental y sentimental de sus vidas. Que el ofendido, si desea limentar su natural inclinación a la ofensa, únicamente precisa un vuelo leve de una falda, un aviso de escozor en la entrepierna de un adolescente o un principio de vello en la axila de una niña. Y ahí está, mórbido, plenipotenciario, imponente y mayúsculo, inmortal, el pecado.

Con todo, Lolita es una novela perfecta, una novela decadente, una novela compleja como pocas en el siglo XX, de lectura hipnótica, difícil, pero atractiva a partes iguales porque los acontecimientos que narra son ( y aquí se abre el motivo cinematográfico de esta página ) material filmable, esto es, cine en estado puro.

Lolita apareció sólo siete años antes que la película y su estruendo social fue infinitamente menor. Todos sabemos que el ojo se escandaliza más rápidamente que el cerebro: que la imágen vale mil palabras, que una adolescente chupando una piruleta en un jardín es una representación del pecado más poderosa que una homilía de un párroco airado por los desmanes de la sociedad de hoy en día. Aureolada de novela maldita, Kubrick renunció a fomentar un malditismo mayor y borró del guión entregado por el propio Nabokov los elementos subversivos, arrojando un HH de menor edad y una Lolita mayor. Esa concesión permitió que la película fuese rodada. Esa concesión y otra añadida: grabar en Inglaterra, lejos de la disciplinada, sobria, severísima política cinematográfica de los EEUU en los primeros años 60.

2. La pleícula de Stanley Kubrick

La historia de HH es una lección magistral de la culpa y del pecado, de la belleza convulsa y del amor malsano. El propio Nabokov ilustraba espléndidamente su vocación estilística al asegurar que él no escribía en ruso o en inglés, sus lenguas de expresión, sino que pensaba en imágenes. El instinto del profesor pervertido se abre paso, a empujones elegantes y sutilísimos, sobre la confusa y atribulada sociedad de puritanos y vecinos con ínfulas de modernos, representada por la madre de Lolita, Charlotte Haze, que es quien alquila una habitación al profesor que sólo accede a usar cuando ve ( y tenemos aquí una parte fundamental de la historia iconográfica del cine con Lolita en el jardín, perturbadoramente tumbada, perdiendo el tiempo en un dos piezas minúsculo y chupeteando una pirituleta sobre la Freud no dudo que sacaría material para dos tomos bien gordos ) a su amor, a su Lo triste y frivolona, a la Lo cuyo máximo exponente del placer sensual es degustar una bolsa de palomitas y tirar de pajita para terminar una Coca light.

Kubrick pidió a Nabokov que rebajara la dosis de erotismo de la niña: cuentan que ya en la posproducción de Espartaco ( 196o ) el director andaba enganchado al guión de Lolita y que esa obsesión le distrajo de su trabajo en el film de modo que la productora le llamó al orden.
Nabokov, por su parte, advirtiendo la magnitud faraónica del proyecto de Kubrick, teniendo muy en consideración el potencial publicitario de su novela y haciendo cuentas del alcance de audiencias de la película, decidió publicar bajo su nombre y dentro de su línea editorial habitual el libreto origen del guión cinematográfico. Sin ncaer en las rudezas que el propio libro tenía, no olvidemos que fue publicado en París por una editorial dedicada a trapicheos pornográficos, Nabokov quería más carne: más evidencia de la sensualidad de la niña-mujer y más elementos explicativos de la relación amorosa de HH y de Lo por los moteles que ocupan la muy golosa segunda parte del film, como veremos después. Kubrick obvia toda esta carnaza y se centra en aspectos más ortodoxos.

El cine, al fin y al cabo, es una empresa que da dinero y no se le iba a consentir que se le fuera de las manos el proyecto. Sin ir más lejos, Kubrick retira de su puesta en escena las razones que el libro sí que dejaba bien a las claras y que fundamentaban el comportamiento desviado de HH. No vemos en el film ninguna imagen que nos cuente que HH se enamoró en Suiza de una joven y que ese amor precoz de adolescente, truncado trágicamente, impregnó su líbido, su aura de hombre sentimental y delicado, patológicamente zaherido, espoleado sin rumbo a la tragedia y al fracaso, como veremos.

Una de las cotas de tensión del film es que el espectador nunca tiene claro si HH quiere hacer el amor a Lolita o se excita únicamente con caricias atenuadas y avisos amortiguados y leves de erotismo muy fugaz en una prenda mal colocada o en un mohín distraido de su ardiente nínfula.
La novela es más explícita: HH se acuesta con Lo y recorren los Estados de la Unión como amantes, aunque se registren como padrastro e hija.

Lo admirable en Kubrick es el modo que en que desmonta la realidad y levanta, a su antojo, una realidad paralela, que suplanta a ésta y se arroba la sustancia primera, el fundamento de la narración a la que asistimos. Ejemplo: está HH ya infelizmente casado con Charlotte y retozan, sin tocamientos, en la cama conyugal. Pareciera que son una pareja normal y la escena es normal en toda su extensión, pero Hh está extraviando su mirada en una foto de Lolita que preside la mesita de noche. He aquí el fondo de la narración: dar luz sobre lo que está escondido, aunque veamos lo que no debe ser considerado importante. Kubrick era un maestro de la adivinación, de la verdad disimulada para que el espectador se esfuerce por dar con las claves clarificadoras y así desvela el trasunto siempre agazapado de la historia.

El Humbert Humbert amante es, por excesivo, patético. Y ahora toca que hablemos de la interpretación mayúscula de un James Mason en estado de gracia incomensurable: un Mason que abandona sus tics de caballero inglés, pulcro y atildado, de mayordomo formidable, y juguetea grácilmente con un personaje profundísimo, que le permite ser un psicópata con guante blanco, un cabronazo ilustrado con un indispensable punto de locura y unas briznas de inteligencia social que le permiten escalafonar en el crimen, en su propósito vital inextinguible: amar a Lolitas, poseerlas, dejarse embadurnar por sus gracejos, por su belleza sin pulir.

Quilty, el despreciable antagonista de Hunmbert, su sombra, su perseguidor y su imitador implacable, es un Peter Sellers en su salsa: convulsivo, hilarante, casi demoníaco. Peter Sellers es Jim Carrey con veinte años más de tablas.

Sue Lyon fue una apuesta personal de Kubrick y no defrauda, aunque su carrera cinematográfica no haya tenido cotas similares. Él quería una niña, y no una mujercita ya bien torneada por el azar impredecible de las hormonas adolescentes, pero ni la productora ni las circunstancias le permitieron ir a por una y tuvo que acudir a esta moza excesiva, pero convincente, que ocupa con su liviana timidez, con su arisca seriedad y, al final, con su mala leche, toda la pantalla.

Shelley Winters hace de Charlotte, y brilla comedidamente: vivo retrato del ama de casa complacida con su cometido en la vida, vecindona y regordeta, acunada cada noche con sus recuerdos del matrimonio que se extinguió demasiado pronto y del amor que no tuvo continuación en sus sofocadas noches bajo las estrellas de la ciudad.

Otro aspecto que todo cinéfilo de pro recuerda es la road-movie trepidante que Kubrick se marca en el tramo tercero del film. Cierto que quien haya leido la novela sabe que la versión filmada es muy escueta y no se recrea con el sórdido mundo de los moteles de carretera de cortinas con olor a nicotina rancia y su aire empozoñado de ginebra barata y loción de afeitar hedionda. El amor de HH y Lo, no obstante, en estos moteles, es la parte que a mí, revisado el film en al menos cuatro ocasiones, es la parte que más me gusta.

El esplendor de HH es su propia perversión: plastificada en su obsesión por elevar su espíritu al paraíso perfecto de sus musas prepúberes. Esta frivolidad en el tratamiento de la pedofilia ( la pornografía infantil es una variante siniestra con amplios y detestables escenarios cibernéticos ) impacta al espectador timorato, pero lo importante para Nabokov y para Kubrick, por extensión, es el detalle: el aspecto físico aprehensible de esta debilidad, no su trasfondo estrictamente psicológico. De hecho a Humbert no le vemos forzando a Lolita en ningún momento: no hay evidencias de una virilidad dominante. Ya en la escena primera del film se advierte muy claramente la filosofía de todo su conmovedor metraje: vemos a HH pintando las uñas de los pies de una joven. Lo que pulsa es un erotismo muy fino, nunca deliberademente pornográfico.

El riesgo de Lolita, como film, ha sido compensado con creces. La fijación sexual del protagonista ha colocado un vocablo, Lolita, en nuestro diccionario y en el habla popular, que es el diccionario de uso inmediato y de más sólida fiabilidad. Decimos que es una lolita la muchacha de pubescencia recién marcada que esboza en su gestualidad, en sus maneras, en su estilo, una erótica, una sensualidad no exenta de provocación.

Eso consiguió Nabokov. Burlar a la sensura con esta Sue Lyon ya un poco crecidita fue el propósito primero de la película. El Código de la Legión Católica de Decencia, una Santa Inquisición yankee de la época, terminó por tragar la violencia moral del film porque Kubrick rebajó la carga dinamitada de carnalidad y consintió en dar al personaje de Humbert Humbert un rol de enamorado, adulto, aunque desviado, pero enamorado, al fin y al cabo.

En la novela, vuelvo insistentemente porque es fundamental verla después de haber visto el film o viceversa, Nabokov enfatiza con crudeza la naturaleza de la pasión del profesor, que es amor a las niñas, dicho crudamente, y no amor a una niña concreta, a una descubierta en un jardín de casa de barrio medio, chupando inocentemente una piruleta.

Nabokov acuesta a HH con Lo: Kubrick no se atreve. El decaimiento de la novela y también, en parte , del film proviene de esta revelación clarificada antes de tiempo. Nabokov desvela un secreto que se prometía goloso y longevo. Kubrick lo oculta más tiempo y el juego acaba por conducirnos a la sensación de que el secreto carezca de la importancia que verdaderamente le dábamos.

Lolita está estratificada en cinco partes muy bien compartimentadas, aunque hiladas con brillo.

  • Segmento uno: presentación de HH, el enfermo.
  • Segmento dos: conocimiento de Lolita y estancia en casa de los Haze.
  • Segmento tres: HH se casa con la madre de Lo. Enviuda prontamente. HH recorre con Lo el país.
  • Segmento cuatro: Lo se fuga y acaba embarazada, no de HH, y casada con un hombre bruto y poco sensible, justo lo contrario que su prócer Humbert.
  • Segmento cinco: Asesinato de Quilty, que lo persigue, obsesionado también por Lo.

    “”Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía, Lo-li-ta, la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo-li-ta.””, reza el ya famoso primer renglón de la novela. HH narra en primera persona su entrega a la justicia. Toda la película parece esto: la confesión de un reo, culpable de lujuria, sospechoso de asesinar a otro lujurioso. La vida, qué mala es.
  • publicado por Emilio Calvo de Mora el 29 noviembre, 2006

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