Tiene su guión una mixtura tan rica de géneros que la hacen una película inclasificable, pero ¿quién tiene ganas de clasificar el placer?

★★★★★ Excelente

El apartamento

Tenía Wilder la máxima de no aburrir nunca. Su arma proverbial era la inteligencia: sus películas la derrochan, sin excepción. La advertimos en la monumental obra seria ( El crespúsculo de los dioses, Días sin huella, Perdición, Testigo de cargo ) y en la fascinante obra cómica ( Con faldas y a lo loco, Uno, dos, tres, La tentación vive arriba ).

El apartamento se ubica entre la risa y el llanto. Se instala sin dificultad en la comedia más hilarante y a renglón seguido se deja caer con argumentos de tragedia clásica con todas las de la ley. Tiene su guión una mixtura tan rica de géneros que la hacen una película inclasificable, pero quién tiene ganas de clasificar el placer. El talento de Billy Wilder como guionista se regodea en adquirir avituallamiento narrativo en cualquiera de estos géneros y los engarza con tanta precisión y con tanto aplomo técnico que asistimos ( como quien no quiere la cosa ) a lo más cercano que podamos tener de lo que, pomposamente, podríamos llamar cine puro, esto es, vida.

El apartamento retrata la restitución de la dignidad en un hombre anodino que, por amor, siempre por amor, se deja invadir por los demás: permite que lo ninguneen, que lo manipulen a gusto por tal de no hacerse notar y tal vez con el secreto propósito de hacer el bien, sin mirar si ese ejercicio de bondad lo va a colocar a él en un territorio difícil, en un limbo de idiotas.

El estilo visual de la película se acoge a un blanco y negro portentoso, obra de Alexandre Trauner, habitual de Wilder y director artístico soberbio, capaz de imaginar y plasmar la enorme oficina que ilustra la mediocridad y la vida mecánica de Buddy Baxter, nuestro bobo entrañable.

Esta crónica de lo amargo se nutre de unas actuaciones sin fisuras donde Lemmon brilla a una altura enorme y donde Shirley MacLaine, nueva tras su meritorio primer gran papel en Pero quién mató a Harry, del maestro Hitchcock, perfila con pasmosa naturalidad.

Lo que consigue Wilder con El apartamento es introducir el lirismo, la belleza, la ternura en una trama de extravagancia mesurada, en un recital de pesimismo absoluto ( él propio era un pesimista consumado que creía, por encima de todo y muy a pesar de esa creencia contumaz, en la altura moral del individuo.

Buddy Baxter, nuestro entrañable protagonista, posee una altura moral enorme. Es un buenazo. Un hombre sin cinismo ( tan al contrario que su creador ). Un perfecto personaje de las comedias de humanidad de los mejores tiempos de Frank Capra. Uno ve a Lemmon y advierte que James Stewart podía también haber llevado a término el goloso papel de la obra.

Sátira dulce, mordaz, triste, alegre, sentimental incluso. Hay un punto de empalago agradable en el tratamiento de los acontecimientos. En ocasiones, llegamos a irritarnos por la bondad de Buddy. En otras, confiamos en que cambie. Consigue Wilder meternos de tal modo en su historia que Buddy Baxter somos nosotros y la identificación se produce a un nivel absolutamente íntimo, irrevocable. El amor que siente es el amor que algunas vez todos hemos sentido.

La connivencia con las marrullerías y la doble moral de su jefe es el sentimiento que hemos tenido, en algún momento, todos cuando hemos asistido a cualquier injusticia en esta sociedad nuestra tan rocambolesca, hipócrita, falsa en la que Wilder, si ahora viviera, disfrutaría porque contiene en modo superlativo todos los ingredientes que él introdujo en su corpus narrativo y a los que elevó a muy altas cotas de clarividiente maestría.

Se dice que en Shakespeare está todo el mapa del sentimiento humano. También en Wilder. En El apartamento están muchos. Basta dejarse llevar por su historia tierna de amores tardíos y de hadas en bloques de hormigón que encuentran, entre la planta once y la doce, pongo por caso, su príncipe, que desconoce su naturaleza azul y vaga los pasillos, meditabundo, desasistido de encanto, soñando con un mundo ( quién se lo va a negar ) mejor: más limpio, más justo.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 21 noviembre, 2006

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