Deliciosa comedia made in Hollywood con todos los atributos del cine de género que aprovecha la arrolladora maquinaria cinematográfica yanqui para ofrecer un producto industrial sin fisuras, perfectamente terminado, envuelto y empaquetado.

★★★☆☆ Buena

El diablo viste de Prada

Previsible. Maravillosa y gozosamente previsible, “El diablo viste de Prada” es una deliciosa comedia made in Hollywood con todos los atributos del cine de género que aprovecha la arrolladora maquinaria cinematográfica yanqui para ofrecer un producto industrial sin fisuras, perfectamente terminado, envuelto y empaquetado.

Paradójicamente, lo que más me gusta de esta película es lo que, en teoría, debería cabrearme: el espectador siempre adivina lo que va a pasar en la secuencia siguiente y, cuando efectivamente pasa… se alegra. Porque, como una manta en invierno o una cerveza fresca en verano, hay cosas que deben ser intemporales, inamovibles, indispensables. Como el guión de una comedia que, no por moderna, es menos clásica.

Pongámonos en antecedentes: una jovencita intelectual de las que beben vino y cenan en cálidos bistrós con otros amigos no menos intelectuales, entra a trabajar como segunda asistenta de toda una factótum del mundo editorial de la moda, un universo que le resulta no sólo ajeno, sino risible y, hasta cierto punto, despreciable.

Pero el patito feo, aún con todas las papeletas para darse un barrigazo laboral de órdago, empieza a adaptarse a un universo que no era tan estúpido como parecía… ¿o sí? Tenemos las clásicas situaciones humorísticas que hemos visto mil veces, pero tan bien resueltas, con tanta gracia y tanto desparpajo, que no puedes evitar pasarte la película con una sonrisa permanente en la comisura de los labios. Réplicas mordaces, cómicas meteduras de pata, un poquito de amor, algo de desamor, belleza y estilo a raudales…

Si mezclamos la clase y el estilo de la Audrey Hepburn de “Desayuno en Tiffany’s” con el caos vitalista de la otra Hepburn, la Katherine de “La fiera de mi niña” o “La mujer del año”, obtenemos a esa Anne Hathaway tan particular y atractiva.

Y tenemos, claro, a Meryl Streep, todo un género en sí mismo. La Streep, que nunca fue lo que se dice una hermosura o una beldad, ha sabido envejecer mejor que todas sus compañeras de generación. Mientras Kathleen Turner ahoga sus arrobas en alcohol y la grandiosa Michelle Pfeifer está desaparecida en combate, Meryl se ha convertido en una mujer de armas tomar, derrochando clase, poderío, fuerza, vitriolo y, vestida de Prada, maldad, odio, crueldad, inteligencia y, en un momento, hasta su pizca de humanidad.

Estamos ante una película tan simple y sencilla en su planteamiento, como divertidísima en su resolución. Una película que, sin sorprender con ningún tipo de alarde o tour de force argumental, resulta tan efectiva como un tartazo en plena cara, un resbalón en mitad de la calle provocado por una cáscara de plátano o un buen sopapo a tiempo. “El diablo viste de Prada” es una refrescante inmersión en la comedia clásica americana que, como hemos venido insistiendo, se disfruta con la alegría de un trago de agua helada en una tarde de verano. Agradable, tierna y feliz.
publicado por Jesus Lens el 19 octubre, 2006

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