Cuando no hay mucho más que ofrecer, lo más práctico suele ser acercarse a gente con renombre o llamar la atención intentando sembrar el pánico

★★☆☆☆ Mediocre

Hostel

Eli Roth, apadrinado nuevamente por un personaje importante, en este caso el inefable Quentin Tarantino, insiste en llamar la atención y crear polémica de cualquier forma posible para atraer a los espectadores al visionado de sus obras. Cuando no hay mucho más que ofrecer, lo más práctico suele ser acercarse a gente con renombre o llamar la atención intentando sembrar el pánico. Ambos casos se dan en la persona de Eli Roth.

En su debut cinematográfico, “Cabin Fever”, estar amparado por la figura de David Lynch fue un punto muy a su favor. Al observar que el nombre de un genio como Lynch está implicado, de alguna forma, en el proyecto, muchos se lanzarán a visionarla, aunque simplemente sea por mera curiosidad. Y esa está siendo su gran baza.

Lo cierto es que Eli Roth necesita una poderosa campaña publicitaria de acompañamiento para que sus films no pasen desapercibidos y se queden en el más absoluto de los olvidos. Estar producido por un controvertido director, crear un revuelo relativo a la terrible y polémica temática de la película y pregonarlo por los cinco continentes es, sin duda, una forma muy efectiva de lograr su interesado propósito.

Y es que el joven director no es más que otro fan de lo grotesco, seguidor acérrimo del culto cercano a lo que a día de hoy se denomina “friki” y perseguidor de la fama en los periódicos y revistas mundiales que quiere hacerse ver en el mundo del cine. Un mundo que, de una u otra forma, le atrae. Capta fans, alimenta su ego, gana dinero y se labra un polémico futuro para poder facturarse sus siguientes proyectos. Sí, lo ha conseguido gracias a que los espectadores caemos en su trampa. El daño está hecho.

Ya se nos venía vendiendo “Hostel” desde hace bastante tiempo como una de las películas más violentas y brutales de los últimos años, algo no apto para los estómagos más sensibles. Y, en efecto, algo de eso hay. Pero, como suele ser habitual, la publicidad lo eleva todo a un límite cercano a lo desproporcionado. Como decía, ideas propias muy pocas. Por no decir ninguna. Pero lo poco que se tiene hay que exprimirlo al máximo. Y Eli Roth ha sabido sacarle jugo.

Mientras que “Cabin Fever” se trataba de un conglomerado de los elementos de muchos directores que trataban el terror desde un punto de vista diferente (véase el propio David Lynch, Cronenberg, Hooper, etc.), convirtiéndose en un producto aparentemente tan atrayente como poco original, “Hostel” es una obra mucho más sencilla, directa en determinados aspectos.

Lo que en un principio se presenta sorpresivamente como una película puramente adolescente y desenfadada, de esas que hacen pensar que para reflejar la vida social de los jóvenes no hay más que desarrollar la trama en base al sexo (o mejor dicho, a las ganas de obtenerlo) y a la fiesta, lentamente se irá convirtiendo en la explícita película que en realidad es. Así, el recorrido de los descerebrados de turno (que les conduce a Eslovaquia) se presenta como una paraíso para aquellos que sueñan con disparar de la forma más fácil y gratuita sus hormonas.

Impresiona la facilidad con la que logran todos sus anhelos. Y ese sube y baja de descontrol y diversión queda reflejado en la pantalla de una forma puramente irreal que logra acercar a cualquier turista en busca de sexo fácil. Todo un panfleto para los más planos de mente. Y efectivo, claro. Aunque, evidentemente, más que impresionar, tal alarde de facilidad nos hace dudar.

Un poco más de lo normal (mientras el espectador vislumbra una y otra vez los desvaríos de los protagonistas) tarda en llegar el punto de inflexión del film. Pero llega. Entonces, lógicamente, la brutalidad nos acosa y ya no nos dará respiro.

A la misma velocidad que los personajes van desapareciendo, el clímax de violencia va aumentando sus cotas. Y, entonces, la velocidad de los sucesos sí que resulta extrema. No hay concesiones de ningún tipo. Eli Roth intenta que nos sumerjamos en ese ambiente lúgubre sin retorno posible. Y si lo hay, nuestro recuerdo impedirá que podamos escapar de allí.

Se descubre la verdadera trama, y las torturas, vejaciones y brutales e incoherentes palizas no dejan de sucederse. Algunos logran escapar, pero se llega a plantear si realmente merecía la pena el haberse escapado. El ejemplo más claro se trata el de la oriental que forma parte de la escena más “insoportable” del film y que la mayoría ya reconocerá al vuelo. Ejemplo que nos hace reflexionar, incluso, sobre la importancia que hoy en día se le da al físico. Si te miras a un espejo y te ves deformado, mutilado o despojado de una de tus partes visibles… la vida no puede seguir. Es demasiado pesado y doloroso acarrearlo durante toda una existencia.

La película parece guardar cierto apunte de interés social, pero que tan pronto como asoma su cabeza, la vuelve a esconder bruscamente. Una simple concesión para la galería que, por otro lado, nos hace reflexionar sobre la violencia y el sinsentido en el que el mundo se está convirtiendo. Ya no se sabe si uno actúa así por puro placer, divertimento, frustración o por causas que el mismo individuo infractor desconoce.

La violencia está en cualquier esquina esperándonos. Como la pandilla de niños de Bratislava. Pero no nos engañemos ni busquemos cinco patas al gato. La película es sencillamente un museo de violencia, de intriga y de alta tensión que puede engancharnos al sofá tan fácilmente como hacer que nos levantemos de él o miremos hacia otro lado. Su premisa, pese a apuntes posiblemente sociales, es tan simple como la de provocar al espectador. Pero el eterno buscador del terror perdido en los films que no se engañe. Aquí terror no hay. De ambientación, bestialidad y suspense sí que obtendrá buenas dosis. Pero hasta los seguidores más acérrimos del “gore”, del que se jactaba la publicidad de la película que nos ocupa, se sentirán decepcionados por la escasez de contenidos (exceptuando un par de escenas).

Lo que está claro es que los estómagos sensibles y los corazones fáciles de impresionar sentirán náuseas en más de una ocasión. Se hace insoportable no visualmente, sino psicológicamente.

En definitiva, un film absolutamente plano, sencillo, prescindible, gratuito y desagradable que lo único que puede ofrecer es entretenimiento y tensión. No nos dice nada nuevo y la palabra “idea” brilla por su ausencia. Posee una factura interesante, unas interpretaciones creíbles, una ambientación muy lograda y un in crescendo de la historia que va degenerando más y más en lo que es previsible como final. Sin ir más lejos, seguramente el propio Tarantino vio más que saciado su violento paladar. De hecho, la película bebe mucho de la violencia más pura del director de “Reservoir Dogs”.

Dejémoslo todo en una moda pasajera que en realidad es. Exactamente de la misma forma que impera el cine de Tarantino en nuestra época. A lo mejor le encuentran mucho más interés los seguidores de últimas películas como “Saw” (que, en comparación a ésta, hasta podrían parecer grandes joyas) o similares. Desde luego, es una nueva y extendida oleada que parece tener cabida en el concepto contemporáneo de cine.

Todo se olvida, y el hostal, poco a poco, irá perdiendo clientes. Más adelante, a lo mejor las reservas se van agotando nuevamente. Todo es cuestión de observar nuestro avance y esperar a la evolución de los paladares del espectador. Nunca se sabe. Mientras tanto vamos a seguir torturando. Si es posible a americanos, que, como en el film, valen más puntos (sátira de humor negro patrocinada por los creadores de “Hostel”). Lo que está claro es que no nos dejarán de sorprender. Y la publicidad engañosa tampoco.
publicado por Iñigo el 17 abril, 2006

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