Cómo ponerse en la piel de un kamikaze

★★★★☆ Muy Buena

Paradise now

Es todo un alivio que ante tanta película que trata el tema palestino de una forma un tanto lineal, posicionada en algún bando y con la cuestión política o social como trasfondo, nos llegue una obra como “Paradise Now”.

La película de Hany Abu-Assad, ofrece, de la misma forma, resquicios sociales y apuntes políticos de la problemática palestina, pero lo que prima en ella es el tratamiento humano (todos aplicables no solamente a dicha ubicación, sino al resto del mundo) de la cuestión.

Y es de agradecer ya que, por mucha polémica absurda que haya despertado en determinados lugares (sobre todo en la antesala de los Oscar), el film se muestra totalmente aséptico. Y ese es, precisamente, el mayor de sus atrevimientos.

Pese a que los protagonistas estén de acuerdo con determinadas posturas políticas o sociales, religiones, creencias o convicciones, la dirección y su desarrollo no se posicionan en ninguna postura en particular. Sólo tratan de profundizar y sumergirse en la cabeza de la persona que llega hasta tales extremos, sea por la razón que sea. Y eso es lo que persigue el film: descubrir el motivo de las actuaciones de los kamikazes. Aunque no ofrezca un final cerrado que nos deje claro el por qué de ello. Nosotros tenemos que ser capaces de ponernos en su piel y tratar de entenderlo.

Porque, por mucho que algunos se empeñen en demostrar lo contrario, no existe polémica ni controversia en el hecho de querer comprender las actuaciones de alguien, sea kamikaze, violador o pederasta (por el cercano ejemplo de la también correctísima “El Leñador”). Ojo, con ello no se incluye jamás el hecho de justificarlas. Creo que somos lo suficientemente maduros como para diferenciarlo.

Siempre es interesante y productivo ponerse en la piel de alguien, intentar comprenderle y sufrir sus miedos y sentir sus anhelos, por muy atroz que sea el crimen que ha cometido.

Lógicamente, y tal y como sucedió, por ejemplo, en “El Hundimiento”, no todo el mundo será capaz de ponerse en la piel de un monstruo como Hitler (sirva como paradigma). Muchos sentirán náuseas con sólo pensarlo. Y lo puedo comprender. Pero a una persona con inquietudes morales le resultará muy productivo, y, a fin de cuentas, y aunque suene exagerado, en eso se basa la empatía. En no hacer distinciones de ningún tipo.

Va siendo hora de que nos demos cuenta de que las víctimas no son las únicas protagonistas. El verdugo, de cierta forma, siempre es una víctima al mismo tiempo. Sea cual sea su condena y motivo. Habría que escarbar en su pasado.

Para ganar como individuos de una sociedad, tenemos que entender que todo tiene un por qué. Y nada ni nadie puede juzgar la vida de otro de forma gratuita.

Y repito. Con ello no se trataría de justificar (no se puede justificar de ningún modo la brutalidad de ciertos actos) nada, pero tampoco de castigar, ya que simplemente lograríamos el efecto inverso. Corregir (educar) es el término más adecuado. Nunca, desde Caín, un castigo ha hecho mejorar a nadie ni disuadirlo de cometer un crimen. Tal vez deberíamos ponernos frente a un espejo y observar. Sería interesante lo que llegaríamos a descubrir si miramos con la debida profundidad.

Lo cierto es que la dirección de Hany Abu-Assad ayuda mucho a la hora de tratar la película con la seriedad y objetividad que merece. Su cámara es lo más aséptica posible, simplemente observa y sigue, sin determinar ni juzgar. A pesar de que se evidencia un presupuesto bajísimo, tanto por la cámara como por la forma un tanto hogareña del rodaje, no es necesario nada más. Si se sabe decir con clase y sutileza lo que se quiere decir, como es el caso, no hay problemas es ese aspecto.

Y las interpretaciones son bastante acertadas también. Sin realizar un trabajo que llame la atención, Ali Suliman y, sobre todo, un dubitativo Kais Nashef sí que nos ayudan a ponernos en su difícil lugar. Y ese trabajo de contención y expresión es realmente digno.

Podemos vivir, gracias a ellos, todos y cada uno de los aparentes retazos de un kamikaze, incluyendo sus creencias, su religión sectaria, su entorno familiar, social, político y educacional.

Y lograremos palpar muy de cerca sus miedos, sus deseos, su sentimiento de culpa, su desasosiego y su inquietud, así como sus dudas, sus conflictos más internos, sus condicionamientos y su horripilante indecisión, que es, en esencia, génesis del mayor de los terrores. Y todos esos sentimientos confrontados degeneran en una inestabilidad emocional y descontrol de su persona que evitan que sus actos sean, a partir de ese momento, del todo previsibles. Pero es algo que no sólo les puede suceder a ellos.

En definitiva, todo un soplo de aire fresco frente a la gran mayoría de películas que nos inundan últimamente y que poseen, sin intención de resultar ofensivo, cierto carácter panfletario que termina por aburrir al espectador. No olvidemos que estamos hablando de cine. Y, personalmente, prefiero entenderlo como proyección de sentimientos vitales y de inquietudes espirituales. No como crítica reiterativa y obvia.

Prefiero vivir el cine como un juego en el que la mente y el espíritu humanos son los que deciden, y no la mano de un director que acaricia la autocomplacencia y única alimentación del ego.

El verdadero valor de la dirección es que seamos nosotros los que tengamos en nuestro poder la última decisión. Él es el artesano que elabora la mimbre de calidad, desarrolla las ideas y la problemática a partir de la cual nosotros somos los que terminamos de enraizar nuestra decisión y nuestra determinación. Ya que, en parte, nosotros somos, también, parte de su trabajo. Somos el último punto en ese largo recorrido del film, que es el que, realmente, toda película y todo creador desean alcanzar.

Ni siquiera nosotros mismos podremos calificarnos como último bastión, ya que lo es la compresión y la reflexión. Eso es, en esencia, comprender el cine como arte.

Y saber que, ante todo y a pesar de ello, la película desenmascara duramente el terrorismo más que ninguna, precisamente por todo lo que he comentado anteriormente. Tira por tierra todo tipo de complejos sectarios y fanáticos que lo que hacen, simplemente, es generar locura e injusticias inútiles que no conducen más que al miedo globalizado y al deseo de alcanzar una gloria inexistente.

Como reza la frase de su póster: “24 horas en la cabeza de un kamikaze”. Con sus ventajas y, obviamente, sus inconvenientes.
publicado por Iñigo el 10 marzo, 2006

Enviar comentario

muchocine 2005-2019 es una comunidad cinéfila perpetrada por Victor Trujillo y una larga lista de colaboradores y amantes del cine.