Hasta el propio Truman Capote llega a aburrir

★★★☆☆ Buena

Truman Capote

Un nuevo biopic nos llega a la gran pantalla. Y otro biopic, como no iba a ser de otra manera, ganador de un Oscar. Parece que existiera un extraño acuerdo con la Academia mediante el cual tuviera que acudir obligada por año, al menos, una película de tales características. Ya se ha convertido en una constante que, dicho sea de paso, empieza a aburrir. Amén de ser indicativo de la preocupante falta de ideas que denota, lo cierto es que, muchas de ellas, suelen llegar con una calidad muy dudosa, solamente sustentadas por la presencia de una llamativa interpretación o recreación del personaje famoso en cuestión.

Pero a lo mejor con “Capote” es un poco distinto. Aunque, realmente, no tanto. Una vez más, la biografía (o cierta porción de ella) de un personaje famoso o que despierta curiosidad, se nos narra de un modo que se acerca peligrosamente al tono telefílmico. Lo cierto es que la persona de Truman Capote era lo suficientemente excéntrica y curiosa como para despertar morbo e interés en un público deseoso de obtener datos que expliquen el por qué de sus actuaciones.

Por ello, “A Sangre Fría”, el archiconocido libro creado por el personaje que nos ocupa, podría ser un acompañamiento ideal al film para exprimir el jugo de Capote al máximo. Realmente, a no ser que se sea un acérrimo interesado en conocer al detalle los devaneos del hombre, no se necesita el libro para adivinar el devenir del film. Truman Capote no era tan excéntrico o imprevisible como él nos hacía creer. Era, simplemente, un ególatra autocomplaciente que se crió con el abandono por compañero y elevó su persona a un estatus que ya, y por mucho que él pretendiera identificarse con gente que le hacía recordar su terrible infancia para ganarse un mayor reconocimiento, no le permitía situarse en la posición del afectado.

Con la automasturbación como abanderada, Capote tenía permitido (más bien estaba en posición para ello) manipular cual marionetas a esas personas que formaban parte de la sociedad más baja, que mataba por sobrevivir. Podía usarlas para acrecentar su ya desproporcionado ego y lograr una historia que jamás sería olvidada y posicionaría su nombre en los anales de la historia analítica: narrar la más cruda realidad con todo lujo de detalles, superando incluso a la ficción más encarnizada.

Realmente, la película está filmada de una forma un tanto fría y seca, que logra cierto carácter aséptico y no la posiciona en ningún bando en concreto. La cámara observa y analiza las confesiones de sus protagonistas. Pero también es cierto que, en su afán por tratar de comprender al personaje, cae un poco en su propia trampa. Capote está tan bien retratado que no podemos evitar sentir diversos sentimientos hacia su persona.

Desde la más profunda repulsa a un ser tan egoísta y oportunista, hasta cierta lástima. Aunque no logra que sus actos sean cubiertos con la manta de su destino incierto. Un destino, por otro lado, muy previsible. Porque, en esencia, no es más que la enésima cantinela que enfrenta al pobre y al rico, confrontando al mismo tiempo sus sentimientos y siendo condenado, al mismo tiempo, por los mismos.

No era de extrañar que alguien tan inestable emocionalmente como Capote terminara sucumbiendo al peso del alcohol y a la condena de sus propios actos por traicionar sus más profundos sentimientos en pos de lograr elevar su orgullo por encima de la media. Y Philip Seymour Hoffman detalla de una forma asombrosa la construcción dramática de Truman Capote.

El actor realiza un estudio minimalista y detallado casi hasta la perfección del personaje. Concluyendo con una cercanía tan asombrosa como peligrosa, debido al riesgo de ser tachado como simple imitador. De todas formas, el trabajo es obvio y el Oscar más que merecido, no simplemente por éste papel sino por el definitivo reconocimiento a su versátil y asombrosa carrera como segundón excepcional. Quién no recuerda al genial y asombroso gay en “Boogie Nights” o al enfermero de “Magnolia”. Paul Thomas Anderson siempre ha reconocido el inmenso talento de uno de los mejores y más versátiles actores del panorama actual.

En definitiva, y si exceptuamos el trabajo de Philp Seymour Hoffman, la película se nos queda en un mero documento interesante de la que es, seguramente, la porción vital más importante (por las consecuencias) del personaje de Capote. El resto de personajes no están perfilados debidamente y la historia se diluye un poco con el análisis del protagonista. Todo termina en un lastre carente de interés y excesivamente plano, frío y, en esencia, fallido. Su carácter de telefilme y su construcción irregular provoca un bache un tanto complicado de superar en relación al “tempo” del film. Hasta el propio Truman Capote llega a aburrir.
publicado por Iñigo el 7 marzo, 2006

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