Cuando el suelo del pasado empieza a abrirse bajo nuestros pies…

★★★★★ Excelente

Cache Escondido

Haneke, un año tras otro, se dedica a golpear la conciencia de los espectadores. Nos atiza de una forma brutal, hasta el punto de hacernos tambalear y que no sintamos prácticamente el suelo que nos mantiene erguidos.

Con “Caché” no iba a ser de otra forma. Partiendo de una base formal aparentemente más clásica, simple y minimalista, Haneke, alejándose de lo explícito de “Funny Games” pero manteniéndose cercano a su ya establecida personalidad en la misma o en la brutalmente metafórica “La Pianista”, vuelve a angustiarnos con sus narraciones críticas, pero asépticas al mismo tiempo, contra la moral humana.

Aunque aparentemente la película no contenga la violencia visual de anteriores obras suyas, si desenmascaramos su verdadero contenido, descubriremos que la violencia, aunque contenida, es mucho mayor. Entonces recibiremos un terrible puñetazo.

Haneke, en estado puro y más lleno de plenitud que nunca, ha ido arrasando por toda Europa, festival por festival. Tal y como sucede en sus films, no ha dejado títere con cabeza. Hasta desembocar en la entrega de premios de la Academia de Cine Europeo 2005, en la cual no dio respiro a ninguno de sus contrincantes. Se llevó a casa cinco galardones, entre los que estaban los más importantes del acontecimiento (mejor película, mejor director, premio de la crítica, mejor actor).

Sin duda, Haneke ya estaba cansado de recoger tanto premio, que, de todas formas, al fin reconoce el buen hacer de uno de los directores más interesantes del paupérrimo panorama actual. A estas alturas, sobra decir que Haneke ha dedicado toda su obra a reflexionar duramente sobre la conciencia, la moral, la violencia escondida y la condición del ser humano.

Dicha reflexión probablemente llega, en “Caché”, a su máxima expresión. El director austriaco hace de mero observador, y nos reta a un juego: el juego de las adivinanzas. Acertijos que nos conducen a nuestra propia pesadilla, el miedo más horroroso que anida en nuestro interior, el terror a saber quiénes somos realmente.

Ni siquiera necesita música para comenzar a recrear su pesadilla personal, para ambientar el tormento al que nos someterá, que irá alcanzando cotas de tensión verdaderamente inenarrables. No necesita de efectismos para lograr que el desarrollo angustioso de saber qué pasará se convierta en algo casi insoportable.

Desde el primer hasta el último minuto, Haneke no nos da tregua. Nos mantiene en un vilo terrorífico que no da respiro. Su juego nos ha atrapado, y ya no tenemos oportunidad de volver hacia atrás. Como reza la Biblia: “Quizá hayamos acabado con el pasado, pero él no ha acabado con nosotros”. Por tanto, si queremos jugar, tendremos que recibir mucho. Nos dolerá, pues es difícil saber quiénes somos realmente, conocernos para poder asegurar algo, o decir que nuestro pasado está limpio.

Pues “Caché” habla primordialmente de los fantasmas del pasado. Bien es cierto que utiliza un hilo conductor (mejor dicho, un señor McGuffin) que es clavado al del “Lost Highway” de David Lynch. Pero, a pesar de que ambas tratan el tema de la conciencia, toman derroteros bien diferentes.

Mientras Lynch se basaba en el tormento psicológico y la conciencia que acosaba a su personaje por hechos realizados anteriormente, Haneke lo hace de la misma forma pero dándole una vuelta de tuerca que se decanta más hacia la moral. Hacia una moral que creemos tener perdida, pero que realmente no es así. Ella está ahí, escondida, para sacar la cabeza lentamente y atormentarnos por nuestro oscuro pasado. Por lo tanto, el reto de Haneke se basa en excusas. El director quiere jugar con nosotros a lo imposible.

Lo imposible desde el punto de vista de la colocación de la cámara que observa a Georges (o lo haría con nosotros mismos, de la misma forma), ya que no es más que una trampa inexistente. Lo imposible desde que recibe en su casa cintas que cada vez revelan más cosas sobre su pasado. Realmente nadie las está enviando.

Lo que Haneke quiere es que veamos lo que nos está pasando. Y lo analicemos nosotros mismos. Él no nos quiere decir quién las envía por el simple hecho de que es algo que tenemos que descubrir nosotros mismos. Y saber que los vídeos son, realmente, nuestros recuerdos. Algo abstracto, puramente metafórico, y materialmente inexistente. Así, por muy seguros que creamos estar en nuestro trono, sabemos que nuestros actos más terribles siempre estarán esperando en lo más profundo.

Estamos seguros de vivir una vida completamente normal, sin baches, sin delitos pasados que justifiquen un presente tan extraño y agobiante. Pero Haneke se encarga de ponerlo en entredicho y sacar la realidad más interna de nosotros. Se ocupa de asestar la bofetada a esa burguesía acomodada para que despierte de una vez por todas y sea capaz de ver lo que pasó y deje de negarlo a lo largo de toda su vida.

Que escupa lo que en lo más profundo de sí mismo sabe que en realidad anida, a pesar de que en lo cotidiano ni siquiera lo recuerde.

El sentimiento de culpa nos acosa continuamente, y, por lo tanto, el miedo (no es terror al uso, es el miedo al simple día a día) es algo que nos acompaña a cada esquina. Se mete hasta en nuestros sueños y nos lleva de la mano a la perdición.

Con un montaje sensacional y una dirección simple (en ocasiones, nos recuerda a un trabajo casero) pero prodigiosa, Haneke reúne a dos grandes actores que realizan dos monstruosas interpretaciones: Juliette Binoche y Daniel Auteuil. La película rezuma una sobriedad casi extenuante y una ambientación soberbia y necesaria para conseguir lo que realmente busca: agobiar al protagonista, y, con ello, al mismo espectador.

Porque, en definitiva, lo que persigue es dejar en entredicho nuestra supuesta buena moral a la hora de hacer una diferencia entre clases sociales. Diferencia abismal que provoca rechazo y evita el reconocerlo, debido a que unos despojan de todo a los otros para poder saborear su tan cómoda y asentada vida.

Una vida manipulada, en esencia, por la información deformada que nos ofrecen en la televisión. Un medio que solamente se decanta por el lado que más le conviene. Le es indiferente si acontecen guerras, atentados suicidas o si la víctima es realmente la que aparenta serlo. Tal y como lo hacemos nosotros con todas nuestras decisiones en pos de lograr un futuro acomodado y tranquilo. Pasando por encima de quién sea necesario.

Pero, tarde o temprano, por mucho que queramos negarnos a nosotros mismos y predicar por todo lo alto nuestra bondad y la vida tan ejemplar que hemos llevado, terminará volviéndose en nuestra contra. Nos atacará a lo más inestable de nuestro ser: la conciencia. Y el sentimiento de culpa terminará acosando a lo más débil que tenemos y a lo que sinceramente más queremos: nuestros hijos. Lo sepamos o no, lo iremos pasando de generación en generación. Y la bola irá creciendo. Hasta un punto tan inevitable como aterrador.

La conciencia, de esa forma, es como si se heredase. Y si nosotros no lo comprendemos, seguirá ahí, escondida, observando, tan aséptica pero cruel como siempre, para que nuestros descendientes la sufran y la padezcan. Hasta que nos demos cuenta de lo que hemos provocado. Seamos nosotros o los que vienen después. Si algún día llegamos a hacerlo. La realidad, por muy oculta que esté, es lo más duro y cruel que nunca nos podrá atacar. Más que cualquier puñetazo, golpe o disparo.

Pues no es un puñetazo visceral, que juzga, descarta, elimina o decide. Es un puñetazo que observa, analiza y escudriña. Que nos obliga a nosotros a decidir y reflexionar, sin posicionarse en ningún lado. Y es, en esencia, el tipo de puñetazo que más duele. Se trata del duro golpe del peso de la conciencia, del pasado que nos persigue y nos hace temblar hasta el punto de no sentir el suelo bajo nuestros pies. Nos muestra el miedo a ser observados y analizados por nuestros actos y decisiones. El miedo a ser juzgados por ello, a ser perseguidos hasta nuestra destrucción. A ser perseguidos por nadie más que… por nosotros mismos.

Desde luego, el resto del mundo del cine, especialmente el cacareado de Estados Unidos, debería arrodillarse ante la evidencia de que “Caché” es lo mejor del 2005, de que la obra de Haneke es cine en estado puro, y que da esperanza ante el resto de obras tópicas que inundan el celuloide y hacen que los espectadores que buscan inquietudes nuevas se vayan sumiendo, cada día más, en la más profunda de las decepciones.

Pero, como suele ser habitual, no todo el mundo estará dispuesto a jugar al juego de Haneke. Ni podrá soportarlo. Es algo que también entiende el director, como también lo entiende nuestra condición humana. Obra Maestra de Michael Haneke.
publicado por Iñigo el 2 marzo, 2006

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