Viena se presenta como una capital semidestruida por las bombas; con calles empedradas, siempre a oscuras, brillando parcialmente a la luz de las farolas. De sus alcantarillas surgen dos manos, aferrandose a la vida.

★★★★★ Excelente

El tercer hombre

Viena, años de posguerra, un hombre acaba de morir atropellado por un camión. Su amigo intimo cree que ha sido asesinado y se dispone a demostrarlo. Graham Greene resuelve esta historia para los hermanos Korda y David O’Selznik, quienes encargan la dirección del proyecto a Carol Reed. ¿El resultado? Una obra maestra. 

¿Por qué resulta tan difícil hablar de una película de estas dimensiones? Seguramente porque se han escrito ríos de tinta acerca del logrado ambiente de guerra fría; de la fotografía expresionista en blanco y negro, ganadora de un oscar; de la música envolvente de la cítara de Antón Karas; de la intervención en la realización del protagonista Orson Welles –lo que parece seguro es que escribió parte del guión-; o de la belleza de Alida Valli. Todo ello ha sido analizado por sesudos críticos y no voy a ser yo quien les lleve la contraria; pero sí me gustaría describir algunas de las sensaciones que me produce "El Tercer hombre" cada vez que la veo.

No conozco Viena. Nunca he estado allí, sin embargo estoy seguro de que me va a sorprender. Y es que la imagen que tengo de la ciudad austriaca es la de una capital semidestruida por las bombas; con calles empedradas, siempre a oscuras, brillando parcialmente a la luz de las farolas; deshabitada, sólo poblada por estatuas inertes que vigilan sus edificios y que se confunden con soldados rusos, ingleses, franceses, americanos, los que la ocupan después de la guerra.

No conozco a los vieneses. Pero siempre me los imagino amenazantes. El encuadre inclinado de Carol Reed hace que el poder de penetración de la imagen en nuestras retinas se amplifique. Las imposibles angulaciones de la cámara –¿influencia de Welles? Puede ser, aunque casi no existen planos secuencia- y el montaje eisensteiniano realzan más la sensación de intimidación. Hasta un niño jugando a la pelota provoca ansiedad, sobre todo si te señala con el dedo como autor de un espantoso crimen. 

Los vieneses hablan alemán y yo no. Joseph Cotten tampoco, y acaba de llegar a ese extraño país donde no entiende nada ni a nadie. Donde se calumnia al amigo de toda la vida. A Harry Lime, que acaba de morir. Tres hombres se encargaron de llevar su cadáver, a dos se les conoce, pero ¿quién es el tercero? En Viena se trafica con todo. No sólo con todo tipo de artículos en el mercado negro, sino también con las personas. El precio de una traición puede ser un pasaporte que evite la deportación al otro lado del telón de acero.

Viena suena a música griega. Un soniquete inconfundible invade sus plazas. Un gato camina al son de la canción. Se para junto a un portal, donde su amo se esconde. Y juega con los cordones de sus zapatos. Mientras tanto el fantasma de Harry recorre la ciudad; y su sombra gigantesca lo invade todo, también las cloacas. Y la cítara no deja de tocar.

No conozco Viena, pero he visto dos manos aferrarse a sus calles. Dos manos que emergen de las alcantarillas. También he visto el otoño en sus cementerios. He visto uno de los mejores planos finales de la historia del cine: he visto pasar de largo a la mujer que por amor ha despreciado su propia seguridad. He visto El tercer hombre… Y la cítara no deja de tocar.

publicado por Ethan el 17 abril, 2008

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