Hay algunas secuencias clavándose en los corazones de quienes compartían la sala de cine

★★★★☆ Muy Buena

Munich

Para escribir sobre una película como “Munich” es recomendable mandar a dormir a las neuronas al menos ocho horas primero, pero no puedo evitar contaroslo todo. Contaros que la película me ha dejado de un mal cuerpo demasiado evidente. Se que ocho horas no serán suficiente. Se que ocho semanas tampoco lo serán. Hay algunas secuencias, algunas imágenes, algunos trozos rotos clavándose en los corazones de quienes, a mi lado, compartían la sala del cine hoy.

Hay un mensaje concreto delante, y casi tres horas de un espíritu consecuente y ferozmente tenaz detrás. La violencia únicamente desencadena más violencia. La violencia no es espectacular. La violencia es simplemente algo aterrador. Una pesadilla que se esconde debajo del colchón de nuestra cama, dentro de la televisión o de nuestros teléfonos. Un sueño convertido en terrorífica realidad, disfrazado de religión, de patria, de valentía, de heroísmo. Un pedazo podrido enfermando el corazón humano. Propagándose incansablemente. Destruyéndolo todo. No hay vencedores, no hay inocentes, no hay esperanza en un conflicto en el que, los distintos intereses políticos y económicos, descarrían y catapultan las posibles respuestas, hacen saltar por el aire las soluciones, para aletargar y prolongar el sufrimiento humano eternamente. Un mensaje desalentador, frío, cruel, amargo y brutal surgido de la parte más oscura de un director magistral, que sigue en su incansable busca del maestro, del genio que lleva dentro.

Los asesinatos narrados tampoco son espectaculares, los tiroteos son burdos, caóticos, realistas. Los actos terroristas saturan el metraje. Saturan la mente del espectador. La estructura narrativa de los ajustes de cuentas se reitera. Estos resultan repetitivos, penetrantes, en una rutina monstruosa y desasogante. Todo ello en un metraje estirado y denso. Sin concesiones. Sin cabida ni espacio para el romanticismo, ni la épica, ni tan siquiera para el respiro del espectador. En la cinta no hay buenos. No hay malos. Solo hay victimas. El hogar cuesta caro. La paz no tiene precio en un mundo en el que la vida si lo tiene.

Spielberg, de conocido origen judío, trata el conflicto palestino-israelí, pero no se detiene allí, por que sabe que la guerra de la que nos habla tiene frentes abiertos en otros muchos sitios. La herida es un mar de llagas clónicas, llagas abiertas, y mientras se cura una, otras nuevas y mucho peores surgen a su lado. El mensaje es por tanto un mensaje universal. Y de esta forma se centra en narrar los conflictos interiores de uno de los terroristas. Conflictos que todos entendemos, humanizando un drama del que nos hace a todos participes directos.

No todos los aspectos técnicos en la película son de mi gusto, como ese dichoso filtro difuminador que empañan las imágenes de casi todas sus ultimas producciones. Gusto estético que parece compartir con su fiel director de fotografía Janusz Kaminski. Ni tampoco encuentro necesario el ya comentado exceso de metraje. Pero estamos, sin duda alguna, delante de una de las obras más importantes y valientes de este director inaudito, condenado por meritos propios a ser recordado junto a los más grandes maestros del séptimo arte.

¿Pero de que cojones va la peli?

Amigos, ir a verla. Sufrir con el «»bello»» descubrimiento del terror de esa violencia tan, lamentablemente, a la orden del día al otro lado de nuestros telediarios. Acongojaros con la verdadera cara del terrorismo de estado. Descubrir con vuestros propios ojos la desgarradora sensación de sentiros, por algunos minutos, cercanamente afines a los que de verdad sufren la realidad de la violencia desde todas las distintas vertientes. Ir al cine para ser también testigos de una actualidad tragicamente eterna.
Lo mejor: La escena del burro
Lo peor: Lo forzado de algunos diálogos

publicado por Iván Sainz Pardo el 10 febrero, 2006
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