Se la acusó de demasiado larga cuando la corta vida del conquistador daría, como mínimo, para una miniserie.

★★★★☆ Muy Buena

Alejandro Magno

Todos los rasgos del cine siempre vital de Oliver Stone están delineados en la monumental -en todo sentido- Alejandro Magno (solo Alexander en el original). Eso sí, es un Stone “”anestesiado””. La cámara nerviosa y egocéntrica que caracteriza su estilo y ensalzaba películas “”menores”” pero valiosas como Asesinos por naturaleza y Camino sin retorno, brillan por su ausencia.

Alexander es una opción lógica para un realizador adepto a los grandes biopics: JFK, Nixon, The Doors, Larry Flynt, Comandante. Si sumamos a estas citas fílmicas otras del valor de Pelotón y Nacido el 4 de julio, se torna incomprensible el rechazo que genera su cine entre la crítica. ¿Grandilocuente? ¿Pedante? ¿no es el cine eso mismo?

Comienza en el 323 antes de Cristo, relatando la vida del conquistador del 90% del mundo entonces conocido. Los historiadores dicen que Alejandro fue tan grande, que las conquistas de un Julio César o un Napoleón quedan reducidas a “”un paseo corto por el parque””. La lectura que hace Stone es correcta históricamente, pero en apariencia, lo realiza sin pasión.

Están la sensibilidad inusual para la época de Alejandro y su desmedida ambición, pero no así su don de mando y su fiereza animal. Las batallas son insulsas, sin brillo y hasta poco claras, parecen un mero pretexto que no logran salvar un muy buen montaje. La crítica estadounidense la destrozó por razones injustificables -dejando de lado la política por el todavía fresco documental de Oliver sobre Fidel Castro-.

Se la acusó de demasiado larga cuando la corta vida del conquistador daría, como mínimo, para una miniserie. La voz en off del personaje de Hopkins es necesaria por la cantidad de acontecimientos narrados, si no todo perdería claridad. No voy a hacer referencia a la problemática homosexual que tanto revuelo causó en el norte, porque sería atrasar veinte años. Allá ellos.

Por supuesto que tiene fallas. Olimpia (¿Jolie mamá de Farrel?) nunca envejece, la música de Vangelis es insoportable por lo cursi y por remarcar escenas “”graves””, Val Kilmer parece un capricho del director (¿cuanto pesa?), el film pierde fuerza al final y llegamos a su gran, gran error: Alejandro es un personaje demasiado grande para los tres gestos de Colin Farrel.

El perfil humano del héroe, la escena de su herida junto a su caballo y frente a un elefante, la inclusión a destiempo de la muerte de su padre, su fotografía y riqueza visual, rescatan a Alexander de la mediocridad y la ubican en un espacio imaginario definido por Espartaco en su techo, pero por encima de las contemporáneas y subvaloradas Troya, Gladiador y 300.
publicado por JLO el 16 mayo, 2007

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