No hacían falta premoniciones para demostrar que le gustaba la chica. Ya tenían a Jessica Biel.

★★☆☆☆ Mediocre

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Spielberg decía que rodaba el cine que le gustaría ver como espectador, Tamahori, probablemente, podría decir lo mismo. Lo que los diferencia es, tan sólo, que Tamahori es peor espectador.

Nicholas Cage tiene un superpoder que le permite saber lo que le va a ocurrir con dos minutos de antelación. Usa la tapadera de mago barato de salón, y de vez en cuando da un golpe en un casino de Las Vegas. La policía lo busca para que les ayude a prevenir una catástrofe. Él busca a una chica que apareció en una de sus premoniciones. Su punto débil es su humanidad; no es capaz de seguir indiferente cuando sabe lo que le va a pasar a otra persona.

El tema de la anticipación da que pensar. Uno se plantea si la masacre del 11-M o la del 11-S se podrían haber evitado con esa ventaja de dos minutos. Tal vez algún accidente de tráfico… Pero no somos testigos de muchos accidentes de tráfico en la vida. Cage quiere conocer a la chica, se acerca y ella le da largas. Así que prueba a empezar con otra conversación. Descubrimos que la escena no era real; era anticipada, así que puede arreglarlo. Una vida con anticipaciones se parece a una vida virtual, o a Windows: todos los fallos se pueden reparar. No existen las meteduras de pata, ni los deslices, ni los accidentes, ni la casualidad. Casi desaparece por completo lo que uno consideraba cine.

La policía busca a Cage, lo cual es lógico, los delincuentes también lo buscan, y eso raya en el abuso. Tamahori ya tenía bastante de nuestra credulidad con la historia de los dos minutos. No es de caballeros pedirnos más para que creamos lo de los delincuentes y además lo de que, si se trata de la chica, el mago anticipa con tanta antelación. Tampoco hacían falta premoniciones para demostrar que le gustaba la chica. Ya tenían a Jessica Biel.
publicado por Jose Contreras el 27 julio, 2007

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