El ritmo de urgencia casi constante no deja espacio alguno para el aburrimiento, pero tanta velocidad va en detrimento de un relato más sustancioso.

★★★☆☆ Buena

El ultimátum de Bourne

Pocos son los hallazgos que el espía amnésico Jason Bourne (Matt Damon) hace en esta tercera película acerca de su identidad previa a su ingreso en el programa militar Treadstone. En El ultimátum de Bourne, dirigida por Paul Greengrass con el nervio, verismo y rigor que le son propios, se mantiene intacta la estructura del espía en constante huida acosado por una gran entramado podrido de la CIA. Bourne sigue sin saber mucho, pero comienza a atar cabos mientras en la cúpula de la agencia de espías norteamericana cunde el nerviosismo ante un posible y comprometedor levantamiento de alfombras. En suma, y sin ánimo de resultar simplista, se podría decir que el juego del ratón y el gato ofrecido en las dos entregas previas continúa siendo el ‘leit-motiv’ de esta última secuela del personaje creado por el novelista Robert Ludlum.

Montaje ágil, nerviosos movimientos de cámara y partitura ejemplar de John Powell para aliñar el conjunto son los principales avales de estas cintas de acción rodadas al ‘estilo Greengrass’. Un estilo concordante con el de la primera cinta dirigida por Doug Liman (ahora productor ejecutivo de las dos continuaciones) pero mejorado por el sobrio barniz del director británico. Además, la perspectiva de un realizador europeo parece clave en una recreación realista e identificable de las localizaciones empleadas en el seguimiento del itinerante Bourne. Si a todo ello le sumamos una pléyade de magníficos actores, encabezada por el talentoso Matt Damon y respaldada por secundarios de lujo como Albert Finney, Joan Allen, Scott Glenn, Brian Cox o el último en incorporarse a la lista, un magistral David Strathairn, el resultado es una función de cine de espías de gran calidad y situada un peldaño por encima de la media en su género.

A pesar de todas sus virtudes técnicas e interpretativas, la cinta flojea en su historia. La estructura de persecución y huida termina por convertir el relato en un bucle donde sólo cambian los paisajes de fondo (diferentes estaciones de tren europeas y dos edificios de la CIA en Langley) y los enemigos de Bourne por la parte perseguidora. Cierto es que el ritmo de urgencia casi constante no deja espacio alguno para el aburrimiento, pero tanta velocidad va en detrimento de un relato más sustancioso. Descubriremos pequeños detalles de la biografía del protagonista previos a su transformación en Jason Bourne, nos sugerirán que el uso de éste como asesino por encargo era mucho más escalofriante de lo inferido en los capítulos previos, pero no mucho más progresa esta historia cuyo epílogo deja la puerta abierta para posibles secuelas venideras. No en vano, Robert Ludlum, fallecido en 2001, avaló al escritor Eric Van Lustbader para que continuará escribiendo acerca de este personaje del que ya ha publicado dos novelas tras la muerte de aquél: The Bourne Legacy (2004) y The Bourne Betrayal (2007). Sospecho que, dado su buena acogida en la gran pantalla, al cine le seguirá interesando contar más cosas sobre este enigmático espía incorporado ya, por derecho propio, al imaginario colectivo junto a afamados colegas como el legendario 007.
Lo mejor: Su frenético ritmo y su afán de verismo para tratarse de un género tan dado a la espectacularidad irreal.
Lo peor: Que su argumento termine pareciendo un bucle con tanta persecución y huida consiguiente.
publicado por Matías Cobo el 25 agosto, 2007

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