“”El club de los suicidas”” parte de una buena historia, así que los amantes de Tejero tendrán el doble placer de verle hacer de tío enrollao y de sufrir con su historia.

★★★☆☆ Buena

El Club de los Suicidas

La prensa habla y habla del cine español con la esperanza de tocar alguna fibra sensible a costa de mi compasión por las malas cifras o de mi patriotismo. Yo siempre he ignorado por qué el adjetivo español añadido a un título de una película tiene que provocarme alguna emoción que no arranque, de por sí, el espectáculo que estoy consumiendo. Y puestos a cuestionar mi patriotismo, que es del todo dudoso, tengo que decir que me inquieta tanto el declive del cine español como el resurgir de la poesía nepalí. A mí denme buenos títulos, como este de “”El club de los suicidas””, y no me molesten mucho con las banderas.

Una buena parte de las películas que quieren endosarme con la excusa del adjetivo patrio no ascienden de la clasificación de sainetes. Los productores no se ponen a trabajar cuando tienen una buena historia, se ponen a trabajar cuando tienen un par de nombres simpáticos cuyos tics han conquistado al público. Conscientes de ello, muchos actores aprenden a sostener funciones enteras a costa de su propia vis cómica. El Actor’s Studio de Madrid es una fábrica de histriones. El espectador va a ver películas de Fernando Tejero porque le cae bien, y no hace falta saber el nombre de los directores. Menos aún el de los guionistas.

“”El club de los suicidas”” parte de una buena historia, así que los amantes de Tejero tendrán el doble placer de verle hacer de tío enrollao y de sufrir con su historia. Lucía Jiménez ayuda menos, no porque no haga bien el papel de suicida ciclotímica que le toca, sino porque no es capaz de hacer otra cosa.

La película redescubre lo mejor de nuestro cine de los años cincuenta, Jardiel Poncela, Edgar Neville, con una historia de lo absurdo llena de ternura. Un grupo de terapia decide poner fin a sus problemas con un pacto. Se reunirán todos los martes para decidir en una partida de cartas quien va a tener el placer de morir y quien va a ser el ejecutor, siguiendo el ejemplo de la novela de R. L. Stevenson.

El fino humor viene de la ironía del planteamiento, de la paradoja de las situaciones, porque es una suerte si acaban mal y una frustración si sobreviven. Pero la mayor inspiración está en el constraste de los personajes. El gordito, quizá el más logrado, es un chapuza para matar, y eso lo hace entrañable. Hay una escena memorable en la que Fernando Tejero quiere apoyarle y va a su hamburguesería con la ambulancia del trabajo. Cada personaje de la escena está entendiendo una historia distinta, a cual más alocada, el espectador, que las entiende todas, no sabe donde meterse. Es una secuencia digna de figurar en la breve lista de los ejemplos de la alta comedia.
publicado por Jose Contreras el 31 agosto, 2007

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