En la terraza de una cafetería, dibuja con su mirada diversas composiciones de rostros, con profusión de sombreados y relieves, palabras perdidas en conversaciones incompletas, fragmentos de realidad que constituyen el puzzle de la gran búsqueda.

★★★★☆ Muy Buena

En la ciudad de Sylvia

La nueva película de José Luis Guerin nos incita, una vez más, a inmiscuirnos en una búsqueda de la trascendencia del cine y su papel como arte o instrumento de comunicación, con sutileza y enorme coherencia formal, su trabajo supone para el cinéfilo un motivo de reflexión con el objeto de intentar vislumbrar una ontología del cine, una mirada sostenida en el análisis de la evolución del cine desde se origen hasta hoy. ¿Cine es poesía de la imagen, o la imagen es la realidad de la mirada prístina anterior a todos los artificios con los que el esfuerzo estético ha ido sepultando la supuesta verdad original?. ¿Estamos ante una obra lírica o es puro realismo y documento de un momento en un rincón de la vida?.

El minimalismo impone una cierta ambigüedad, pero En la ciudad de Sylvia es una película que no esconde ninguno de sus rasgos y las respuestas aparecen en un sencillo acto de comprensión. Efectivamente, es una película sobre rincones de la vida, en concreto, una ciudad que oscurece y amanece gobernada por las rutinas de cada día en los distintos barrios, locales y enseres de la vida colectiva e individual. Los planos largos y el travelling a lo largo de sus calles construyen una exploración del paisaje urbano subordinada a la búsqueda espiritual contenida en la historia del joven artista sometido a una epifanía femenina, un objeto fantasmal que adquiere la singularidad del palíndromo, un laberinto de rostros femeninos que forman la imagen poliédrica de una obsesión del sueño ( desde los carteles publicitarios protagonizados por bellas mujeres hasta el grafiti que constantemente aparece en las paredes de la ciudad; J’aime Laure , referencia a los amores de Petrarca) . Así pues, la ciudad no es tanto un espacio “real” como una ensoñación del artista. Y cuando hablamos del artista, nos referimos a José Luis Guerin y a Xavier Lafitte, cada uno de los cuales personifica la mirada subjetiva de la cámara. La ciudad de Sylvia solo es una imagen evanescente creada por el artista, un espacio de símbolos que concentra las distintas manifestaciones del sueño. Por tanto, es cine lírico sobre la base de un ámbito real.

La mirada subjetiva se despliega en dos estratos, el uno metáfora del otro. La expresividad del rostro de Xavier Laffite (enfatizada mediante el azul de sus ojos, elemento de belleza introducido con el objeto de atraer la atención del espectador y hacerlo partícipe de la búsqueda) es el mejor instrumento para representar de forma explícita lo que la composición visual de Guerin sugiere en la esfera formal-estética. La cámara configura la narración abstracta que el personaje central traduce a sensaciones inmediatas. De esta forma, se consigue la adecuada simbiosis entra las dos miradas en una relación de complementariedad desde la que emerge el concepto con una claridad pareja a la precisión y sencillez de cada plano.

Se puede interpretar el material fílmico como la representación de un estado del ser en busca de la belleza, o del pasado, o de sí mismo. En la secuencia que abre el relato, vemos a Xavier sentado en la cama y absorto en una idea. Es el creador tomando conciencia de su necesidad de artista, y a continuación sale a la calle para encontrarla (toda creación implica un proceso de búsqueda). En la terraza de una cafetería, dibuja con su mirada (y aquí Guerin funde las dos perspectivas en una, con lo cual estamos ante el uso de cámara subjetiva) diversas composiciones de rostros, con profusión de sombreados y relieves, palabras perdidas en conversaciones incompletas, fragmentos de realidad que constituyen el puzzle de la gran búsqueda.

El recuerdo, el pasado, el amor, la belleza, son tan efímeros e indefinidos como el puzzle en la imagen real subordinada a una apreciación subjetiva. La escena en cuestión es meritoria por la tensión narrativa desplegada en un conjunto sencillo pero de enorme complejidad cuando lo trasladamos a su significación abstracta, la cual llega a su máxima expresión en la imagen de la supuesta Sylvia reflejada en los cristales de una cafetería o en las ventanas del tranvía; la evanescencia del recuerdo y la angustia que pone fin a la búsqueda. El creador buscaba su arte en un rostro de mujer, y éste le enseña el carácter polimorfo y escurridizo de la misma sustancia que pretendía hacer suya.

Para terminar, cabría preguntarse si este impecable ejercicio de cine, el cual pretende llevarnos al significado original del cine mediante una exploración de la vida, posee más fuerza y valor narrativo por el mero hecho de serlo. No se puede negar el perfecto uso del lenguaje cinematográfico por parte de Guerin, pero más allá del trabajo formal ajustado al milímetro con el fin de articular los significados, resulta obvio que la idea desarrollada tropieza con su inherente esquematismo, y llega un momento en que la representación redunda en lo expuesto en imágenes precedentes. A tenor de esto, planteamos la cuestión de si la progresión dramática del significado no se encalla en un determinado momento para caer en un discurso estático, sin que ello suponga una rémora a los valores expuestos con efectividad.
publicado por José A. Peig el 18 septiembre, 2007

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