Sin reservas dice de nuestro siglo que a los galanes ya no les sirve para nada los caramelos, y que si quieren enamorar a las protagonistas no les queda otro remedio que mostrar a las claras si son legales o si no lo son.

★★★☆☆ Buena

Sin reservas

La receta de Disney era que al espectador hay que hacerle reir tantas veces como llorar. Sería una receta del cincuenta por ciento, pero creo que nadie se pone de acuerdo con la proporción. Hay quién se queja de cine blando y quien se queja de tanto chascarrillo viendo la misma película. El nombre del director influye. Si es importante como Spielberg le dejamos que nos ponga como magdalenas y luego le echamos la culpa a nuestro gusto. A mí, la proporción me cuenta cosas de los autores. A los de “sin reservas” les gusta sufrir un poco.

Zeta-Jones interpreta a una cocinera de alto nivel cuyo talento culinario se contradice con un nulo interés por las relaciones humanas. Su jefa la obliga a ir a un psicoanalista, pero son dos cambios en su mundo cuadriculado los que la van a hacer cambiar. La muerte de su hermana la obliga a hacerse cargo de una sobrina de diez años, y en su ausencia, aparece en la cocina un chef igual de habil que ella, pero con el don de gentes que a ella le falta.

A la sobrina la interpreta la pequeña Miss Sunshine, con sus inmensos ojazos claros. No sé si hace de Celestina porque sin ella la tía seguiría siendo lo mismo, o si es la protagonista, porque se come la pantalla.

Borges decía que una novela del futuro le servíría para saber como ha cambiado el mundo en ese tiempo. “Sin reservas” dice de nuestro siglo que a los galanes ya no les sirve para nada los caramelos, y que si quieren enamorar a las protagonistas no les queda otro remedio que mostrar a las claras si son legales o si no lo son.
publicado por Jose Contreras el 24 septiembre, 2007

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