Un conjunto arriesgado que Ridley Scott logró conjugar con armonía y enorme sentido visual, reflejando un mundo desde el que emanan la soledad y la melancolía, momentos cercanos a lo onírico y al trazo expresionista.

★★★★★ Excelente

Blade runner

Fueron escasos los críticos que no supieron apreciar la dificultad que tiene Scott para narrar con sencillez una historieta tan simple.

Partiendo de la apreciación en su día formulada por Diego Galán (diario El País, 2 de Febrero de 1983), volvemos a señalar la imperativa reivindicación del papel del crítico de cine como alguien que, ante todo, debe tener la capacidad de comprensión requerida más allá de las apariencias y de juicios hechos a la ligera. A pesar de ello, y curiosamente, consideramos que el enunciado de Galán no es del todo desacertado, y en parte explica porqué pasaron varios años hasta que Blade Runner tuvo el merecido reconocimiento.

En primer lugar, nos señala un rasgo del filme que, a juicio de muchos críticos, es su defecto principal y el más evidente. Blade Runner, efectivamente, cuenta una historia sencilla, pero en ningún momento se puede decir que existan dificultades en una narración fluida y un guión estructurado de tal forma que se limita a exponer lo esencial. Los diálogos son escasos, a menudo el gesto, la mirada y el encuadre que dibuja la situación de un personaje en soledad viviendo en un mundo decadente, tienen mayor relevancia narrativa que las palabras, y esto indica que estamos ante una película fundamentalmente visual. Dicho de otra forma, el continente predomina sobre el contenido. Parece que Ridley Scott está más preocupado por crear atmósferas e imágenes esteticistas que por desarrollar la psicología de los personajes, las relaciones entre los mismos, y el trasfondo del relato. Allí donde, en apariencia, hay un desequilibrio entre forma y fondo, en realidad, hay una perfecta sincronía entre escenario y escenificación, entre el espacio visual (conciso a pesar de su extravagancia), con sus cadencias y ritmos, y la historia de los personajes principales, que transcurre igualmente cadenciosa y a ritmo lento, como una lágrima que lentamente va cayendo, hasta el final…

A grandes rasgos, pues, la imaginería visual ejecutada por el cineasta esta al servicio de la poética del relato, con la tristeza y la soledad que le son propios. Es en este punto donde mejor podemos comprender el comentario de Diego Galán, para quien el ensimismamiento de Scott llevaría a un uso excesivo de los planos largos, la densidad visual, la palabra reiterativa, la lentitud que a menudo manifiesta el desarrollo de las secuencias. Todo ello obstaculiza una historia que – un suponer – podía prescindir de tanto barroquismo contemplativo. La sencillez siempre es una virtud pareja con la complejidad. Por eso, a pesar de sus “defectos”, la película triunfa por la exhaustiva conjunción existente entre todas sus partes. Sin embargo…

¿Porqué nos parece que los diálogos son un tanto insulsos?. En verdad, salvo casos puntuales, y por si la escasez de diálogos fuera poco, las palabras pronunciadas por los personajes (incluso la voz en off) no desvelan mucho más que lo que la imagen expresa por sí misma, sobretodo en las escenas que describen la relación entre Deckard y Rachael. Hágase la prueba, quítenle el volumen al aparato y verán que la expresión de los ojos y los gestos son suficientes para saber lo que se está cociendo en la escena. A eso se le llama cine en estado puro. Los diálogos, en definitiva, siguen un esquema conciso al milímetro, un adyacente que refuerza – cuando la situación lo requiere – el significado de la imagen.

Incluso el enunciado más celebrado, y el que en mayor medida ha elevado al filme a la categoría de mito y paradigma, nos puede servir para ejemplificar dicho rasgo: Yo he visto cosas que vosotros no podríais ni imaginar… . La focalización de las expresiones de Rutger Hauer y Harrison Ford, el primero sentado de forma similar a la “postura del loto” y el segundo derrotado y asombrado por la inesperada actitud del rival, en el contexto de lo acontecido previamente, más el elemento simbólico de la paloma que vuela libre tras la muerte de Nexus seis, configuran el significado esencial del pasaje: la exaltación de la vida mediante la muerte aceptada por el replicante . Las palabras de Nexus seis son un adorno, un añadido que embellece una imagen ya de por sí bella y de validez narrativa. Insistimos, quítenle la voz y compruébenlo ustedes mismos (pero no se olviden, si pueden, de dejar abierto el canal de la banda sonora, magistral composición musical de Vangelis que expresa todo el lirismo trágico en cada secuencia).


Después de Kubrick, Ridley Scott renovó el género de ciencia-ficción para elevarlo a un estado digno de Shakespeare y de Nietzsche. Las imágenes del inicio, los fuegos de las refinerías y una confusión de luces y sonidos que son contemplados por un ojo, la mirada, la conciencia de ver (y el fluir de sentimientos y emociones que ello implica), leit motiv fundamental en todo el transcurso de la película, junto con la trascendencia del recuerdo. La vida es recuerdo, somos nuestra memoria. Memoria, en este caso, generada con la imagen de las fotografías.

Ya hemos comentado la importancia de la expresividad de los ojos por encima de cualquier diálogo. Y es que, en esta película, los ojos son el corazón de los personajes y del universo representado. Si consideramos a Nexus seis como la personificación del espíritu de la obra, la mirada de todo el conjunto restante se contrapone a la mirada mesiánica y cuasi mística de Nexus, el ojo que lo contiene todo y que, al final, afirma el mérito y el sentido de su existencia en el hecho de ver: Yo he visto cosas que vosotros…. Por tanto, el ojo como elemento simbólico (véase también el búho de Tyrell), la vida y la riqueza personal se construye con la variedad de sensaciones y percepciones visuales, idea muy coherente con la riqueza de texturas con las que Scott nos sumerge en un mundo fascinante, lleno de contrastes, entre la ensoñación y la decadencia, síntesis entre futurismo, antigüedad y tradición. Veamos:He visto atacar naves en llamas más allá de Orion. He visto brillar rayos C en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhauser… . Aquí vemos a Nexus como la mirada consciente que ha interiorizado su experiencia del mundo para convertirlo en alma, su forma de amar al mundo, y, por ende, a la vida. Si el amor de Nexus por la vida supera la indefinición y el vacío de Deckard es, precisamente, porque la conciencia de Nexus abarca mayores extensiones y profundidades…Nadie mejor que él sabe que el miedo a la muerte es un potente instrumento de esclavitud, como nadie en el filme llora, de la forma en que él lo hace, por sus amigos muertos.

Esto nos conduce hasta la rebelión de Nexus contra el creador, metáfora de la condición humana. Me has dotado de ojos para ver el mundo, de la capacidad de generar sentimientos para poder amarlo, pero el tiempo es insuficiente. Dame la vida eterna. Pero el creador impone sus leyes, y el ángel rebelde decide eliminar al creador destruyendo su inmerecida capacidad de ver. No eres digno de tu creación. Los ojos tras las enormes lentes de cristal. La expresión en el rostro de Nexus revela su dolor por el hecho de quitar la vida.

Como vemos, hay mucho simbolismo y muchas referencias a la mitología judeocristiana (sin olvidar tampoco esas manos perforadas por “los clavos de cristo“). Quizá en ese aspecto es donde más se resiente la obra, por el excesivo misticismo en un relato de ciencia ficción que no necesitaba aludir de forma tan explícita a los símbolos religiosos. Y en otro orden de cosas, y relacionado con un comentario anterior, el exceso de metraje por causa del ensimismamiento en la intención puramente esteticista supone una rémora a la concisa y fluida narración. En cualquier caso, este aspecto no es resolutivo por las numerosas variables hermenéuticas que influyen en su valoración, y, en consecuencia, no consideramos que perjudique a todas las partes que, sintetizadas en un todo coherente, han creado una obra perfecta. Queda abierto el debate, sin más.

La relación sentimental entre Rachael y Deckard también puede ser un punto crítico al relato, parece un elemento forzado con el mero propósito de subrayar la encrucijada psicológica de Deckard. Y esa es la función, necesaria, que desempeña Rachael: el elemento que personifica o que en mayor medida motiva la disyuntiva moral y emocional del cazador de droides.

Blade Runner, también, como síntesis de universos y cruce de géneros. El cine negro, la ciencia ficción, el western, el gótico casi medieval en la fortaleza de Tyrell, un conjunto arriesgado pero que Ridley Scott logró conjugar con armonía y enorme sentido visual, reflejando un mundo desde el que emanan la soledad y la melancolía, momentos cercanos a lo onírico y al trazo expresionista.

Lástima que ella no pueda vivir. Pero, ¿quién vive?. ¿Dónde hallar la línea que separa lo humano de lo cibernético?. Si lo que importa es la conciencia de ver, amar y recordar, ¿tiene algún sentido el mundo y las reglas del juego al que Deckard se ha visto obligado a jugar?. ¿Acaso no es él un replicante?. Somos replicantes hasta que hayamos demostrado que somos humanos.

Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.
publicado por José A. Peig el 18 octubre, 2007

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