Una banda sonora fascinante, y unos personajes que logran transmitir apenas sin palabras gran cantidad de emociones y sentimientos, hacen de Once una película de muy grato visionado, que bajo ningún concepto clasificaría en el género musical.

★★★★☆ Muy Buena

Once

Tras obtener el premio del Público en la última edición del Festival de Sundance, la película irlandesa Once se ha convertido en uno de los más inesperados fenómenos de este año, obteniendo muy buenas críticas tanto por parte del público como de la prensa especializada.

Dirigida por John Carney e interpretada por Glen Hansard, Markéta Irglová, Hugh Walsh, Gerry Hendrick, Alastair Foley, Geoff Minogue y Bill Hodnett, la película cuenta la historia de un cantante y compositor que interpreta sus canciones por las calles de Dublín, cuando no está trabajando en la tienda de su padre. Durante el día, para ganar algún dinero extra, interpreta conocidos temas para los transeúntes, pero por las noches, toca sus propios temas en los que habla de cómo le dejó su novia. Su talento no pasa desapercibido a una inmigrante checa aficionada al piano que vende flores en la calle, por lo que ambos acabarán trabajando en una maqueta, mientras la posibilidad de iniciar una nueva vida juntos planea sobre sus cabezas.

Lo cierto es que Once es una de esas películas que te deja con un muy buen sabor de boca tras su visionado, a pesar de su poso agridulce: de duración exígua (ochenta minutos, creo recordar), la película es de un simpleza manifiesta, más aún si tenemos en cuenta que buena parte de su metraje transcurre a lo largo de diversas interpretaciones musicales. Once, como decía, es terriblemente simple a la par que bastante obvia y algo edulcorada en algunos aspectos, pero funciona. Simplemente es así: no hay tramas complejas, ni giros argumentales, ni comedia ni drama aparentes pero, en contraste, nos ofrece un amplio abanico de sentimientos y sensaciones terriblemente humanos.

Y probablemente esa sea la fórmula que hace de Once una película, no sé si memorable, pero sí redonda: nos encontramos con dos personajes mundanos, grises y melancólicos aunque tampoco exentos de esperanza, como la propia ciudad de Dublín, ligados a un pasado que queda plasmado a través de la música que componen. Y, al unirse a través de ésta, ambos personajes parecen encontrar el motivo, la excusa que tanto necesitaban para dejar atrás sus lastres e iniciar una nueva vida, juntos o por separado. Lo que Once nos ofrece es una terrible afinidad, una mundandad en ocasiones hiriente, como ese perenne sentimiento que ronda a los dos protagonistas y que les hace preguntarse con la mirada ¿y si…?, como probablemente a cualquiera de nosotros nos habrá ocurrido en más de una ocasión. Y precisamente esa posibilidad, esa esperanza, hace que sus protagonistas puedan reiniciar su vida con la seguridad de que, a pesar de todos los golpes que pueda darles la vida de ahora en adelante, siempre albergarán en su interior el recuerdo de esa persona, y dicho recuerdo les hará volver a levantarse y seguir adelante.

Desde la deliciosa escena introductoria, hasta la imposible aunque divertidísima secuencia en el banco en busca de un préstamo, Once es un canto de esperanza en toda regla, próximo como en pocas ocasiones tenemos la oportunidad de presenciar en una pantalla, y sin caer en los tópicos del drama o la comedia al uso.

Una banda sonora fascinante, y unos personajes que logran transmitir apenas sin palabras gran cantidad de emociones y sentimientos, hacen de Once una película de muy grato visionado, que bajo ningún concepto clasificaría en el género musical, y que sin duda será un referente para todos aquellos de espíritu eminentemente melancólico.

Muy recomendable, y una grata sorpresa.

Le doy un 7’5 sobre 10.
Lo mejor: Su simpleza y sinceridad, además de la excelenta banda sonora.
Lo peor: Cierto aire idílico.
publicado por Oscar Martínez el 15 diciembre, 2007

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