A través de la introducción de la voz hablada en Tiempos modernos Chaplin consigue llevar más allá su crítica al Taylorismo y relacionar el proceso industrial con el de la sonorización que sufren las películas.

★★★★★ Excelente

Tiempos Modernos

La batalla de Charles Chaplin contra el cine sonoro (o en pro del cine mudo) es una de esas luchas constantes que se puede apreciar en cada una de las películas que el director realizó desde la aparición de El cantor de jazz (1927). Ya en el inicio de Luces de la ciudad (1931) la única incursión del diálogo sonoro es usada como mofa del poder político de la ciudad pero es en Tiempos modernos (1936) y El gran dictador (1940) donde Chaplin pone todas sus herramientas cinematográficas en favor del cine mudo.

El uso del sonido en Tiempos modernos corresponde en su gran mayoría a una intención cómica que ayuda a los gags que conforman la película. En ese aspecto, Chaplin no duda en aprovecharse de los avances del cine para reforzar a través de los efectos sonoros sus chistes expresivos o para basarse en ellos, como es el caso de la escena en la que Charlot, sentado junto a la mujer del alcalde, sufre de gastroenteritis. Es en momentos como éste cuando nos damos cuenta de que, a pesar de la negativa de Chaplin al cine sonoro, es consciente de que también él puede sacar provecho de algo que no tiene por qué ser tan nocivo para el cine.

A pesar de esos usos discretos del sonido, en  Tiempos modernos también encontramos diálogos hablados tras los cuales se esconden las opiniones de Chaplin sobre el nuevo cine de la palabra. En su gran mayoría las voces en off que aparecen a lo largo del film provienen de máquinas (la radio, el aparato de la comida, etc.), esos entes mediante los cuales estamos deshumanizando al hombre y que reducen al ser humano a puros artefactos capaces sólo de hacer un gesto en pro de la producción mal llamada evolución. A través de la introducción de la voz hablada en Tiempos modernos Chaplin consigue llevar más allá su crítica al Taylorismo y relacionar el proceso industrial con el de la sonorización que sufren las películas. Su punto de vista acerca de ambos queda claro: ninguno de los dos beneficia al hombre y lleva a la insensibilización continua de la persona y del cine.

Chaplin ve en el cine sonoro la muerte de la capacidad expresiva que tanto le ha costado conseguir en pantalla y cree que serán las películas habladas las que conviertan a los actores en simples bustos parlantes limitados a recitar unas líneas y coaccionados en su expresión. Se trata, pues, de reducir la expresividad en el actor y limitar la interpretación tal y como hasta entonces se conoce en el cine. Del mismo modo, la revolución industrial busca reducir los movimientos que el obrero hace en su puesto de trabajo para sacar más provecho del tiempo en fábrica. Ambos procesos se asemejan ya que ponen límites a las capacidades humanas y es por eso que la crítica del sonido en la filmografía de Chaplin toma especial relevancia en Tiempos modernos.

A pesar de esa negativa al cine sonoro, y aceptando que la música y los efectos sonoros son una aportación de valía a la expresividad de la película, Chaplin incluye a dos únicos personajes que utilizan el diálogo: el jefe tirano y el propio Charlot. El primero de los personajes respalda la dualidad de la crítica a la industria y al cine sonoro al encarnar al jefe tirano que no duda en explotar a sus empleados y usar su voz para expresarse. El segundo de esos personajes puede resultar paradójico si no fuera porque la (única) incursión de Charlot en el mundo de la voz la hace cantando y en un idioma ininteligible. De esta manera Chaplin usa su humor para reforzar su idea sobre los “talkies” y enviar un mensaje a todos aquellos que le quieren ver en el mundo del sonoro: si Charlot pudiera hablar,  dejaría de ser entendido.

publicado por Monica Jordán el 20 enero, 2008

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