Vértigo

Vértigo (1958) es el nombre que decidió darle a su obra Alfred Hitchcock quizás al pensar que el original de la novela (“D’entre les morts”, de Pierre Boileau y Thomas Narcejac) usurpaba al espectador buena parte del misterio y la intriga de los que tanto bebe él en su cine. Es tal la fuerza de ese segundo baptismo que a pesar de que en algunos países (entre ellos España) se optó por mantener el título en su versión literaria (“De entre los muertos”), el tiempo y la sombra del director ha conseguido que finalmente sea su título el que dé nombre popularmente a esta historia. De esta forma, y sabiendo lo perfeccionista que era, no queda otra que entender que el cambio de título a favor de Vertigo viene dado no a un incierto fetichismo de Hitchcock por las enfermedades mentales (Pshycho), sino a una estrategia pensada para subrayar la idea hipnótica que genera el vértigo (y la película).

El cine de Hitchcock tiene en su claridad una de las bases fundamentales para su disfrute, y es que a pesar de que el director inglés manejaba la información como pocos lo han hecho, el espectador nunca se siente engañado ni perdido dentro de sus películas. Permitiéndose algún giro argumental que otro (en Vértigo la sorpresa llega con la suplantación de personalidad Madeleine/Judy) lo inesperado en Hitchcock no se limita al impacto en la trama sino que lo lleva al impacto visual y estructural. Mientras otros hubieran aprovechado la dualidad de personajes de Kim Novak para acabar la película con una sorpresa (descifrada a la vez para el personaje principal –James Stewart- y para el espectador) Hitchcock decide dar esa información sólo al público quien observa cómo el protagonista masculino se va lanzando a un abismo insalubre en la última media hora de película. Lo que hasta ese momento era una historia interesante debido al misterio de Carlota Valdés, se bifurca en dos caminos que el espectador tiene el privilegio de recorrer al añadirse la trama del detective de cine negro perseguido por un fantasma irreal. Este punto y aparte en la película, marca ya el interés del director por la ruptura estructural teniendo su ejemplo más vívido en Psicosis, en la que Hitchcock no dudó en matar a la actriz protagonista a la media hora de metraje en una de las secuencias más recordadas del cine (la escena de la ducha).

Esta estructura de suspense en la que los elementos se van mostrando uno a uno, de manera correlativa, sin repetirse y creando una línea argumental cada vez más alejada de su punto de partida, responde a la forma de una espiral, de ahí que la presencia de este tipo de curvas en los títulos del inicio y también en otros momentos de la película (el peinado de Madeleine, por ejemplo) sirvan como ejemplo de que Hitchcock no dejaba nada al azar y de que ese cambio de título que podría parecer puro capricho, responde a la más intrínseca necesidad de la película. De este mismo modo, y sabiendo que el vértigo se caracteriza no sólo por la sensación de movimiento circular que sufre una persona sino que también por “una turbación del juicio” (RAE dixit), Hitchcock nos muestra en más de una ocasión una realidad filmada en grandes angulares (especialmente en exteriores) dándole a la imagen esa sensación de ojo de pez que deforma la realidad. Los decorados con cuestas pronunciadas, la iluminación que cambia escalonadamente de intensidad en una misma escena, el uso constante de los picados y contrapicados y los movimientos de cámara circulares (el beso final de la pareja, por ejemplo) ofrecen una puesta en escena que enmarca al espectador en la propia sensación de inestabilidad que tiene el protagonista. De esta manera Hitchcock consigue que todos los elementos que conforman esta película (pasando también por el espectador) lleguen a perderse en esa espiral de realidad con aspecto onírico que es el vértigo (y el cine).


publicado por Monica Jordán el 20 enero, 2008
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