Una pequeña historia de vuelta al barrio, una invitación a mirar atrás y ver cómo ha cambiado todo excepto la voluntad de hierro de un tipo torpón y limitado.

★★★☆☆ Buena

Rocky Balboa

Dos de de mis primeros recuerdos fílmicos son la mar de crueles: uno es la muerte de la mamá de Bambi, y el otro Rocky Balboa liándose a hostias con Apollo Creed. Del primer luctuoso suceso aún no soy capaz de hablar en público, pero del segundo estoy más que obligado tras ver ‘Rocky Balboa’, la sexta y última parte de esa saga que nos acompañó a muchos durante buena parte de nuestra niñez y adolescencia.

El hecho es que cada nueva entrega de las hazañas de ese torpón perdedor que era Balboa en ‘Rocky’ me parecía que perdía más y más fuelle. Como si se tratara de un combate de uno de esos killers que lo fían todo a la pegada porque saben que no podrán aguantar doce asaltos en pie. Lo que en un principio era un personaje entrañable y limitado se iba convirtiendo en un ganador nato, en un superhéroe que peleaba contra horribles personas que atentaban contra sus seres más queridos, incluso contra su país. Tras una segunda parte notable, una tercera entretenida (¡y con ‘The Eye of the Tiger’!) y una cuarta de opereta, llegó una quinta parte que me quitó todas las ganas de volver a ver al Potro Italiano una vez más.

Y llegó esa última vez. Y no hice caso de los que me decían "no está tan mal", porque mi último recuerdo de Rocky era Rocky dando una paliza a un niñato metido a boxeador (Tommy Morrison, que quedó en la cuneta por culpa del SIDA). Pero casi un año después de su estreno, me encuentro con lo que debería haber sido ‘Rocky V’: una pequeña historia de vuelta al barrio, una invitación a mirar atrás y ver cómo ha cambiado todo excepto la voluntad de hierro de un tipo torpón y limitado.

Así, Stallone sorprende con un arranque hermoso y teñido de nostalgia (lo primero que suena es el estupendo ‘Take it Back’ que su hermano Frank interpretaba en ‘Rocky’), una media hora que te reconcilia de nuevo con el personaje (interpretado de forma entrañable y patosa por Sly). Después la historia entra en un bucle de redundancias y escenas tibias (un entrenamiento que sabe a poco, y no mucho más), que no son más que la excusa para regalarnos el último combate de Rocky Balboa: una pequeña joya del cine deportivo rodada en video de alta definición y que nos devuelve toda la épica de la saga. Total: primeros treinta minutos brillantes, últimos quince minutos brillantes, y lo de "en medio", flojito.

En el apartado técnico, destaca el tratamiento fotográfico (por momentos casi documental) de J. Clark Mathis, y el espectacular ambiente que se vive en la última pelea (aprovecharon un combate real para rodar entre 11.000 eufóricos aficionados, Tyson incluido). Por supuesto, el maquillaje y las coreografías boxísticas del ya experto Stallone le dan un aire muy alejado de la irreal pelea con Ivan Drago, en uno de los combates mejor filmados de la saga. La música del emblemático Bill Conti también aporta su granito de arena.

Y en la parte negativa, una elección de actores algo flojita (los dos chavales son ciertamente mediocres, y Antonio Tarver es un boxeador, no Marlon Brando) y ese segundo acto que da vueltas a una relación improbable.

La sensación que queda es más dulce que agria, sin embargo. Sabes que ya nunca volverás a oir los terribles chistes de Rocko, o la áspera voz de Paulie, o el eterno ‘Gonna Fly Now’ con su fanfarria triunfal. Pero echas una lagrimita, piensas que eso de que "nada termina hasta que termina" es una verdad como un puño de campeón de peso pesado, y te quedas embobado viendo en los créditos finales a la gente imitando la carrera más famosa de la historia del cine. "Gettin’ stronger!". Un 7.
Lo mejor: El aroma a homenaje que transpira todo el film. Reencontrarte con el bueno de Rocky, en vez de con el capullo de los 80s. Y el combate final, una virguería para disfrute de los aficionados.
Lo peor: Los secundarios jóvenes. La trama romántica, tan torpe como el mismo Balboa. Que haya por ahí una quinta parte que estropee el conjunto.
publicado por Plissken el 5 febrero, 2008

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