Doce hombres sin piedad

Nunca he tenido demasiada costumbre de hablar sobre películas que no fueran estrenos, más que nada porque me parece una tarea dificultosa y/o inútil hablar sobre algo de lo que ya se ha hablado mucho; es lo que se conoce vulgarmente como "remover la mierda", y creo que es algo que no tiene mucho sentido a menos que quieras aportar una visión diferente. También, por supuesto, que sólo merecería la pena hablar sobre las grandes obras del siglo XX, y hacer un análisis sobre las mismas provoca a menudo el temor de enfrentarse a algo demasiado complicado para una mente tan limitada como la mía.
Quiero romper esa regla personal, y aunque probablemente no aporte nada nuevo sobre la ópera prima de Lumet, he estado pensando sobre ella y me apetecía vaciar esos pensamientos en algún recipiente. Como no tenía un barreño a mano lo hago aquí, que es más limpito.


El argumento que nos ocupa, ya de sobras conocido, sería algo como esto: En un juicio por asesinato, el jurado se sienta a deliberar su decisión, y aunque todo el mundo señala al acusado como culpable, un hombre alberga dudas todavía sobre su inocencia. Poco a poco, irá convenciendo a los otros once de que existe una duda razonable sobre el caso.


Lo primero que nos sorprende en el film es el aire teatral que transmite (escenas interiores casi al 100%, presentación de espacios de manera lineal…). Esto no tiene por qué ser un problema, ya que muchas obras teatrales han sido adaptadas al cine con suficiencia y en ocasiones (y ésta sería un buen ejemplo) excelencia. Se me viene a la mente Doubt, de la cual podéis encontrar un comentario mío en esta página y que por cierto guarda bastantes similitudes con Twelve Angry Men.
Entrando en materia, podemos calificar el principio de la obra es un ejemplo magnífico de presentación de espacios y personajes, intuyendo a través de los diálogos su personalidad y su punto de vista sobre el veredicto. Y es que el guión de esta película es uno de los mejores y más redondos que he tenido ocasión de disfrutar, un guión que tendría que servir de ejemplo canónico del cine clásico. A lo largo de la cinta veremos, a través de unos diálogos excepcionales, profundos y muchas veces implícitos, la evolución que sufre cada personaje y las diferentes capas de sentido que tiene la película.


La realización, sobria y elegante, sin artificios, se ajusta perfectamente al guión, dejando que sean los actores y sus diálogos e interpretaciones los que construyan el film, procurando, en un ejercicio de cine clásico, establecer el mejor punto de vista de la situación. Un aspecto destacable sería sin lugar a dudas la dirección de fotografía, muy cuidada y realmente adecuada a la cinta. Ésta está realizada por parte de Boris Kaufman, que a buen seguro os sonará, pues no es otro que el hermano de Dziga Vertov y fotógrafo asimismo de películas como Zéro de conduite de Jean Vigo y On The Waterfront, de Elia Kazan.El hecho de contar con un reparto tan extenso y donde todos tuvieran más o menos la misma importancia hace que nos sorprendamos todavía más del acierto en cada uno de los actores escogidos, que rayan a un nivel perfecto durante toda la obra. Aunque ciertamente el protagonita pueda ser un más que correcto Henry Fonda en su papel de hombre impasible, no podría destacar a ninguno por encima del resto, mostrando perfectamente diferentes puntos de vista y diferentes rasgos humanos en cada uno de ellos.
Y es que la película es mucho más que una lucha de testosterona que nos muestra el machismo en la vida pública de la época, es también una profunda reflexión sobre el sistema de justicia y su funcionamiento en el seno democrático en general y estadounidense en particular. Se intenta, a través de unos personajes anónimos (no conocemos sus nombres, sólo sus números), ver representados los diferentes grados de confianza en la justicia y responsabilidad social, y en este aspecto los personajes son alegorías de prejuicios, de irresponsabilidad social, de miedos y de ignorancia. La cinta hace preguntarnos hasta qué punto las experiencias personales intervienen a la hora de ejercer un derecho/deber democrático y aceptar que siempre y cuando humanos decidan sobre humanos, existirán factores más allá de las pruebas científicas.


Es ésta, pues, una de las mejores óperas primas de la historia del cine y el causante de que a Lumet se le diagnosticara el síndrome Orson Welles; es decir, empezar en la montaña más alta de la cordillera para ir escalando después picos más bajos.

publicado por Iván Bickle el 30 julio, 2009

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