Paisajes solitarios, extraños personajes, hechos cotidianos brutalmente interrumpidos por actos de violencia que cortan la respiración se suceden a un lento ritmo idóneo para describir minuciosamente cada acción

★★★★☆ Muy Buena

No es país para viejos

Ironías cinematográficas: Tommy Lee Jones, otrora el implacable policía perseguidor del inocente Richard Kinball en El fugitivo, ejerce en No es país para viejos de un sheriff en retirada por haber perdido toda fe en el sentido de su trabajo durante el caso relatado en el filme. Un hombre que presenciará una despiadada carnicería a manos de otro que mata con la cotidianeidad de un cartero repartiendo el correo. Un hombre, este sheriff Bell, al que ya no le merece la pena jugarse la vida por algo que escapa a su comprensión. El rol del héroe en esta cinta de los Coen no tiene cabida.

Con la voz gastada de Bell hablando sobre el pasado mientras aparecen las laderas de las desérticas montañas donde todo ocurrirá arranca este lúgubre relato de los Coen. Estructurado como una cacería, el filme emparenta de forma directa con la aclamada Fargo. Paisajes solitarios, extraños personajes, hechos cotidianos brutalmente interrumpidos por actos de violencia que cortan la respiración se suceden a un lento ritmo idóneo para describir minuciosamente cada acción. La épica westeriana aparece ya como una idea en vías de extinción y, en este baño de sangre, sólo queda espacio para el sálvese quien pueda.

En este retrato de claroscuros, sólo parece comportarse con coherencia el psicópata de la función. Su trabajo es matar y cuando promete a alguien que lo va a hacer, no duda en cumplir su palabra inflexiblemente. El único resquicio para la salvación está en el azar del cara o cruz de una moneda impuesto a la víctima. "Todos me dicen antes de matarles que no tengo por qué hacerlo", replica a una de sus víctimas el ‘coherente’ psicópata Anton Chigurh, quien no se aparta un ápice de sus férreos compromisos, por salvajes que éstos sean, mientras sus adversarios se desmoronan por el innato instinto de supervivencia.

No es país para viejos deja a una lado la ligereza de trabajos previos de los Coen (The Ladykillers, Crueldad intolerable) y devuelve a éstos a su papel de sociólogos de la Norteamérica más profunda. Y para su mirada con microscopio de la zona sur de EE UU colindante con México han elegido a un reparto de lo más idóneo: empezando por Lee Jones, quien es originario de allí y debutó en la dirección con una gran cinta incardinada en esos mismos páramos; continuando por Javier Bardem, quien asume un papel clave en todo el filme con un trabajo merecedor de cuantos premios le han otorgado y le puedan otorgar; y siguiendo por Josh Brolin, en un personaje muy típico de los Coen, el del ingenuo que cree haber encontrado una oportunidad de oro sin reparar en que ésta, como si de un bumerán se tratase, puede arruinarle aún más su mediocre existencia.

Todo este fenomenal trabajo actoral se ve respaldado por la perfección de una añeja fotografía o una concisa banda sonora, así como por un montaje de ritmo lento en el que sólo la violencia seca interrumpe la calma tensa presente en todo el metraje de este gran filme.
Lo mejor: La añeja fotografía, perfecta para dar esa sensación de territorio abrupto y gastado, y el trabajo interpretativo de Bardem.
Lo peor: Que si la comparamos con Fargo, el trabajo de los Cohen que más emparenta con éste, quizá este nuevo filme, pese a ser magnífico, no sea tan bueno como aquél.
publicado por Matías Cobo el 10 febrero, 2008

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