Un ejercicio cinematográfico de primera magnitud.

★★★★★ Excelente

No es país para viejos

Un ejercicio cinematográfico de primera magnitud. Los Coen apuestan por un western moderno que sustituye los cuatreros de antaño por los narcotraficantes actuales, con un realismo brutal heredado de un director salvaje y con la creación de un personaje que ya forma parte del imaginario popular.

 

Una moneda acuñada en 1958 rueda durante veintidós años para ser testigo de la brutal sinrazón que azota una tierra que siempre fue hostil. La antigua generación, que añora los tiempos en que los sheriffs iban desarmados y el aire comprimido sólo se utilizaba para sacrificar ganado, se queda a oscuras ante unos hechos que no encajan en la cuadratura de la mente humana. Matar por matar permite al destino aplicar su peculiar ética, en un ambiente de violencia en el que la codicia es la excusa y no la justificación de un reguero de sangre. Cuando se adopta esta forma de vida, ningún país se antoja apto para viejos.

 

Personalmente, “ni entiendo los intereses ni comparto las obsesiones” de un argumento que “me es más extraño que un japonés”, aunque resulta curioso recordar la opinión con la que Orson Welles definía a otro cineasta, para describir una película de los Coen. Quizás se deba a una extraña asociación de ideas que reconoce la evolución de la genialidad: desde un director, Welles, al que le gustaba pensar que estaba inventado todo por primera vez y rechazaba referirse a otras películas, hasta llegar a quienes basan su filmografía en la incursión por diferentes universos cinematográficos para regalar al espectador la ilusión de estar siempre asistiendo al nacimiento de un género nuevo.

 

Basada en una novela del escritor Cormac MacCarthy, que los Coen no tardan en llevar a su terreno, la historia se ubica en la evocadora frontera de Estados Unidos con México en la que tuvieron lugar las grandes gestas de los werterns clásicos, -Los Profesionales, Grupo Salvaje-,  para acercarse a la línea temática desarrollada en Fargo y en Un Plan Sencillo de su amigo y colaborador Sam Raimi, que no es otra que la ambición de la naturaleza humana, sintetizada en una ranchera popular: “Quisiste volar sin alas, quisiste rozar el cielo” con la que los mariachis obsequian a uno de los protagonistas. Nos encontramos, sin duda alguna, con uno de los mejores guiones de los últimos años, que será ejecutado con la precisión y la perfección de un estilo propio que tantas veces ha demostrado no deber nada a nadie, pero que, en su planificación especialmente realista, recuerda la brutalidad de un director salvaje, Sam Peckinpah.

 

La cuidada fotografía, -con el sello inconfundible de la Casa Coen-, encargada de recrear las impresionantes vistas panorámicas destinadas a entrar en la colección de lujo de la Historia del Cine, da paso a una correctísima composición de escenarios que enmarca la presentación de los personajes. Destacando en el proceso la excelente medición de los tiempos y la adecuada utilización de las voces en off, que, por perfectas, resultan inusuales en el cine contemporáneo. Destacando también el detallista montaje que hace coincidir el conducto de ventilación de un motel con una carretera, y el ritmo inapreciable de la narración que, en un “impás” eterno, propicia la creación de un ambiente en el que el más insignificante de los planos es tratado con absoluta exquisitez. Entramos en ese mundo de símbolos que caracterizó a los cineastas clásicos, en el que cada escena era concebida para ser rodada como si fuera la más importante de la película. Recuérdese el encuadre en las punteras de unas botas que levantan el polvo al caminar, el plano subjetivo que recoge las manos ensangrentadas en un lavabo, la mirada perdida del psicópata que “no tiene por qué hacerlo” pero que ha de concluir su inacabada misión macabra, la silueta de una perturbadora figura que se refleja en la pantalla apagada de un televisor, la clásica sombra del sheriff que, emulando al John Wayne de la vieja escuela, se proyecta en la pared. Recuérdense y disfrútense todas estas imágenes, porque, lamentablemente, no son habituales ni esa peculiar manera de dirigir ni esa otra de entender el cine como un arte. El tanto monta, monta tanto por el que Ethan explicaba que “dirigimos los dos, pero es Joel el que da la cara para no confundir a los actores”.

 

Hablando de confusión, el lector cinéfilo deberá estar preparado para asistir al momento en el que, en ese juego interminable de perseguidores y perseguidos, la estructura narrativa parece fallar y, aun estando en la sala de proyección, siente la tentación de rebobinar la cinta para averiguar en qué momento exacto se ha perdido. Piense entonces que ésta es otra marca de la Casa Coen, que este moderno western es, en realidad, un thriller (Sangre Fácil), que traspasa las difusas líneas del género “noir” (Muerte entre las Flores), en el que ambos hermanos se sienten tan cómodos. O simplemente piense que, durante todo el metraje, ha estado siguiendo la trama equivocada que le marcaban los efectos de sonido, anteponiendo una historia más de la nueva ola de violencia que se manifiesta en el país a principios de los años ochenta, al eje central del argumento que da título a la película.

 

Hablando de actores, no dejen de visionar la Versión Original para poder apreciar cómo el acento dulzón de Javier Bardem (suponemos que tan intraducible como su propia dicción en castellano) confiere una nueva dimensión, todavía más escalofriante, al personaje con el que, muy merecidamente, ganará el Oscar…. porque lo ganará, sin necesidad de recurrir al “cara o cruz”.

publicado por Bruji el 11 febrero, 2008

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