Comedia destinada a un público poco exigente, especialmente diseñada para el lucimiento de una gran actriz.

★★☆☆☆ Mediocre

El diablo viste de Prada

Es incuestionable que la novela en la que se basa esta película estaba predestinada al éxito en el mercado estadounidense, incluso antes de ser escrita. Tengamos en cuenta que su autora, Lauren Weisberger, fue asistente personal de Anne Wintour, la influyente editora de la revista Vogue en su versión americana, y que la historia –supuestamente- iba destinada a destruir el mito creado alrededor de tan poderosa dama en el ámbito periodístico. Algo parecido a lo que podría suceder con la aparición de una posible novela en la que a un redactor del diario El Mundo se le suelta la lengua con respecto a las andanzas del incombustible Pedro J. Ramírez (¡!), (aunque, -no nos engañemos- en este país, quien realmente “vende” es un camarero de la costa que conoce a Julián Muñoz). En este sentido, no es de extrañar que la película que hoy comentamos se aguardase como agua de mayo en los USA. Además, ésta viene avalada por el director de algunos de los mejores episodios de la famosa serie de televisión Sexo en Nueva York…. Pero otra cosa muy distinta es lo que esta historia pueda significar para el público español. Para mí, absolutamente nada. Una indiferencia que viene motivada, en gran medida, por las torpes y tristes armas con las que David Frankel ha contado para llevarla a la pantalla.
 

Se recurre a un reclamo siempre efectivo en cine: la transformación de patitos feos en bellas mariposas, presente en una infinidad de películas de todos los géneros, desde la mítica My Fair Lady hasta otras más actuales y mucho menos gloriosas como Pretty Woman, Alguien como tú, Nunca me han besado, Sabrina y sus amores…. en las que lo difícil no es “el después”; lo verdaderamente complicado es hacer creer que alguien como Julia Ormond es una chica del montón. Anne Hathaway ya es una experta en este tipo de papeles, recordemos aquél en el que una insignificante estudiante de San Francisco se convierte en Princesa por Sorpresa, bajo las órdenes, y al amparo de Julie Andrews. En esta ocasión, las órdenes –que no el amparo- provienen del mismísimo diablo, que viste de Prada y muestra debilidad por las colecciones de Oscar de La Renta.

Me temo que es aquí donde la puerta que da paso al mundo de la moda se nos cierra en las narices. Lo único que se ofrece es eso: la mención de algunos diseñadores de prestigio internacional. No hay más. Y la magia no regresa, ni siquiera con * la utilización del estilo screw-ball comedy, al que se acude debido, quizás, al tono satírico que adopta la narración de la novela, y que se caracteriza por la introducción de diálogos de ritmo vertiginoso que resultan punzantes. Un estilo que alcanzó su máxima expresión en la Luna Nueva de Howard Hawks, también presente en el Juan Nadie de Frank Capra, y un invento que a este director le funciona sólo a medias. Si bien es cierto que muchos de los monólogos de Meryl Streep llegan a marear, concluyen con un gracioso y acertado “esto es todo” y se traducen en notas que ni siquiera la eficiente secretaria de Hércules Poirot podría memorizar; no es menos ciertos que, en todos ellos, se manifiesta la existencia de * un guión deficiente, que incurre sistemáticamente en el chiste fácil, y que sólo consigue provocar una leve sonrisa.

Un guión que se matiza con situaciones insulsas, tan divertidas como archiconocidas, y que cae en el gravísimo error de frivolizar con temas demasiado serios. No es admisible que la protagonista sea tachada de “gorda” por usar una talla 38, tampoco recalcar que la 38 es, en realidad, la 40, ni mostrar un personaje que sigue una dieta que consiste en “no comer nada y, cuando estás a punto de desfallecer, tomar un quesito”. Por no hablar de la duda, más que razonable, que asalta al ver a Cenicienta en el baile, con un vestido que no pasa de la talla 34. ¡Famosa 34¡, en el King Kong de Peter Jackson se insiste en cinco ocasiones en que éste es el tamaño de Naomi Watts: una infantil talla 34.
En definitiva, un guión que busca desesperadamente el apoyo de los elementos técnicos para poder brillar. Un apartado en el que pudo destacar * la fotografía, de indudable buena calidad, pero muy alejada del glamour que supo conseguir Jeff Cronenweth en una deliciosa comedia llamada Abajo el Amor. Un “toque” que se echa de menos en esta película.

Pero, quizás, el gran fallo se encuentre en
 * el argumento, inconsistente, que no se acerca al mundo de la moda, ni al del  periodismo especializado en ella, ni al negocio que genera. Aquí no hay una crítica de nada, sólo una burda conferencia sobre el color azul y cómo la idea de un gran diseñador llega hasta un mercadillo. Unas pinceladas tan tímidas como el cameo de Valentino (¿era realmente él?) en la semana de la moda de París. De esta manera, no se entiende por qué “un millón de chicas mataría por ese puesto”, a no ser por el bolso de 1.900 dólares, los tacones de andamio de Manolo Blahnik y los ropajes que se obtienen gratis, muy apropiados para patearse la ciudad intentando conseguir un filete de ternera para la jefa. Tampoco tiene sentido que el “NY Mirror” acepte a una redactora que, en su trabajo anterior, sólo buscó cafés calientes. En realidad, un argumento que se centra únicamente en las excentricidades de Miranda, ésas que son comunes y afines a todos los jefes del mundo (¡cuántas novelas saldrían!), y que obligan a dirigir todas las miradas hacia * un casting irregular, que mezcla actores de televisión (el protagonista de El Guardián) y secundarios mediocres con la maravillosa Meryl Cruella de Vil, en un papel por el que podría obtener otra merecidísima nominación a los Oscar. Un reparto en el que también llama la atención la frescura de la actriz Emily Blunt, increíblemente buena, tanto en el puesto de jefa escayolada (Sigourney Weaver), como en el de chica para todo: “¿una coca cola?, ¿una servidora?” (Joan Cusack); actuaciones memorables de la ya clásica Armas de Mujer.
 

Y ésta es la historia de una comedia destinada a un público poco exigente, diseñada para el lucimiento de una grandísima actriz. Un claro ejemplo en el que una actuación consigue salvar el barco.   

publicado por Bruji el 11 febrero, 2008

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