muchocine opiniones de cinedesde 2005

Un planteo bastante bobo, que en realidad termina celebrando lo que parecería que pretende criticar

★★★☆☆ Buena

Confesiones de una compradora compulsiva

La boda de mi mejor amigo no es ni por asomo una obra maestra, pero en materia de comedias románticas, uno nunca se cansa de volver a verla, y dejarse seducir (e indignarse a la vez) con la histeria insufrible de Julianne, uno de los personajes más ricos de Julia Roberts. A nadie se le ocurriría pensar en esta película en función de aquella comedia de hace diez años, pero siendo P.J. Hogan el mismo director de aquella, es inevitable la comparación. En ambas, el personaje femenino posee una conducta absolutamente reprobable, y pese a eso, no deja de caer simpática.

Rebecca Bloomwood no es histérica como Julianne, es mucho peor que eso. Es una compradora compulsiva, una shopaholic, como ya lo aclara su título. Es decir, es una persona con una adicción concreta, que se suma a su absoluta frivolidad y superficialidad. A poco de empezar, ya asociamos esta comedia con Legalmente rubia. Claro, la comedia de la Witherspoon (y su secuela) por lo menos poseían el mérito de haber mostrado lo mismo antes. A su vez, el personaje de la Witherspoon era tan frívolo, tan superficial y tan simpático como el de Isla Fisher en esta película, pero sin la adicción de esta. Se supone que una adicción es un elemento que define la trama hacia determinado lado. Si se puede hacer una comedia en base a una adicción, sea cual sea, no va a faltar un cierto dejo de acidez, de crítica a la adicción en cuestión. En La boda de mi mejor amigo, Julianne era tan simpática como insufrible, es una de las pocas comedias románticas en las que el espectador desea que la protagonista no se quede con el hombre que ama, sencillamente porque no lo merece, porque su amor, o enamoramiento, es un simple capricho que solo consigue arruinar la vida que él ha elegido. 

Confesiones de una compradora compulsiva posee un enfoque distinto, es una comedia preferentemente para un público femenino adolescente, lo que le da un dejo de cuento de hadas. Ninguna adolescente querría que Rebecca se quede sin su enamorado, más allá de que su conducta adictiva la aleja de sus amistades, de su trabajo y de su amor. Por supuesto, como debe ser en este tipo de comedias, y como sucedía con La boda…, Rebecca se redime, entiende que ha actuado mal, y decide intentar desprenderse de su adicción a las compras. Pero la redención se narra de manera tan lineal, tan obvia, que no llega a establecer un corte, un quiebre a las secuencias que celebran su adicción.

Si durante toda la película, la cámara simpatiza con sus escapadas a las tiendas de ropa, la adicción nunca termina de narrarse de manera crítica, por lo que un quiebre en su conducta no viene a decirnos nada más que lo obvio, que todo aquello estaba mal, aunque nos haya parecido gracioso, y que ella nunca deja de ser simpática, aunque se comporte de manera enfermiza. Con tanta simpatía, el mensaje no parece quedar del todo claro, y las adolescentes podrán disfrutar de esta comedia, pero los adultos preferimos una comedia más inteligente, y con un personaje más ambiguo, como La boda de mi mejor amigo. Para los que disfrutamos de aquella, esta nos parece un poquito insufrible, con una muy buena protagonista (Isla Fisher), y secundarios de renombre (Kristin Scott Thomas, John Goodman y un desaprovechado John Lithgow,), pero con un planteo bastante bobo, que en realidad termina celebrando lo que parecería que pretende criticar.

Lo mejor: Isla Fisher, Kristin Scott Thomas, y John Lithgow
Lo peor: Su actitud celebratoria hacia la adicción consumista de la protagonista.
publicado por Leo A.Senderovsky el 29 julio, 2009

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