Un argumento interesante, que cuenta con la posibilidad de sentirse atraído por alguien de quien no se conoce el timbre de voz, el color de sus ojos, el fulgor de su mirada o el tacto de su piel, sencillamente porque no le hemos visto nunca, pero con

★★★☆☆ Buena

La casa del lago

La pareja protagonista de Speed (a la que, por mucho que busco, sigo sin encontrarle esa química que se le supone) vuelve a coincidir en una aventura tan inverosímil como la anterior, aunque mucho más relajada, que se sitúa en una espantosa casa acristalada, construida en medio de un lago tranquilo en Illinois; una vivienda de diseño a la que ni tan siquiera la espléndida fotografía de esta cinta consigue darle calor de hogar.

Estamos hablando, no obstante, de una historia preciosa que, amparada por el manual que figura en la novela “Persuasión”, enseña a saber esperar cuando nos hemos fijado en la persona adecuada en el momento menos oportuno de nuestra vida. Un argumento interesante, que cuenta con la posibilidad de sentirse atraído por alguien de quien no se conoce el timbre de voz, el color de sus ojos, el fulgor de su mirada o el tacto de su piel, sencillamente porque no le hemos visto nunca, pero con quien se puede experimentar un enamoramiento eterno; no en vano, nos acabamos enamorando del alma de esa persona que, según los expertos, es inmortal y, por lo tanto, eterna.

Todo comienza cuando la doctora Kate Forster envía una carta a un desconocido, que obtiene respuesta, y que ella vuelve a contestar. Y hasta aquí, una nueva versión de ¡Tienes un e-mail!, la comedia romántica que protagonizaran Meg Ryan y Tom Hanks, si no fuera porque el medio de correspondencia utilizado, en esta ocasión, no es vía internet, sino a través del viejo buzón de la casa del lago. Uno de esos buzones americanos que se fijan al suelo gracias a un soporte, y dentro de los cuales se pueden introducir cartas de las de toda la vida, escritas en un trozo de papel y con bolígrafo. Un buzón que, a ratos, cumple con la función de correo electrónico, cuando dejas una nota que será contestada en los días siguientes; que, otras veces, se convierte en un servicio de mensajería instantánea (lo más parecido al messenger) cuando esperas, de pie, junto al buzón, para obtener una respuesta inmediata; y que siempre, hagas lo que hagas, te hace estar pensando en la persona que te escribe. Una persona que vive en tu mismo espacio, pero con una distancia de dos años.

Este nuevo giro argumental hará pensar en otras historias de amor vividas entre personajes que han nacido en siglos diferentes, que se conocen y se enamoran, como Kate y Leopold en la película de James Mangold (posterior director de En la Cuerda Floja) o Timeline; sólo que esta vez –recordemos- los protagonistas no comparten planos, no pueden verse entre ellos. Apasionante y Complicado.

 La culpable de esta historia apasionante es una modesta película coreana del año 2.000, titulada Siworare (Il mare) del realizador Lee Hyun Seung, de la que La Casa del Lago sería un remake, su copia americana. El responsable de que la complicada trama no presente ni un solo fallo estructural, es David Auburn, ganador del premio Pulitzer y guionista del invento que nos ocupa.

Si en este tipo de narraciones se cometiera un leve error en el guión , la película podría hundirse, como le sucedió a la reciente comedia Dicen por Ahí, protagonizada por Kevin Costner y por la chica de Friends. En esa ocasión, entre fechas de matrimonios, concepciones y nacimientos, se les cuela un gazapo descomunal en hechos producidos entre 1.964 y 1.967; una confusión que echa por tierra el merecido homenaje que se pretendía hacer a El Graduado, que hace que se pierda todo interés por lo que se sigue contando, y molesta muchísimo a los “pijoteros” que están pendientes de todo (creo ser uno de ellos). Por el contrario, esta historia, perfectamente elaborada, permite averiguar a los citados pijoteros los motivos por los que Alex no acude a la cita, antes de ser éstos desvelados oficialmente; escrupulosidad que recuerda a Crueldad Intolerable, de George Clooney y C. Zeta Jones.

 

En un momento del metraje, el pesimismo más absoluto se apodera de los personajes, y el espectador es consciente de que todos los acontecimientos son fruto de una ilusión de difícil materialización. A fin de cuentas, no es más que un amor imposible, que ya conociéramos en la deliciosa y romántica Ojalá fuera Cierto, en la que Mark Ruffalo se enamora de un bello espectro de apellido impronunciable: Wi-thers-ponn, y de nombre, Reese. Es en ese momento de abatimiento, cuando el director de la cinta, Alejandro Agresti, hace suya una película ideada por otros, aportándole su toque personal, que se observa en el tono de esperanza que adquieren los hechos; presente en muchas de las historias que ha contado el también guionista argentino.

Dentro del reparto, nos encontramos con el veterano secundario Christopher Plummer, a quien recordamos del casting de Alejandro Magno de Oliver Stone y de Plan Oculto, la última genialidad del director Spike Lee. Como protagonistas absolutos, Keanu Reeves y Sandra Bullock. El primero, fetiche de Matrix (de la que siempre opinaré que “no es cine”), atractivo asesino de inmundicias en Constantine, y acompañante en Un Paseo por las Nubes de la española Aitana etc etc (de la que siempre diré que no es actriz).  La segunda, Sandrita, la vecina del 5º derecha, “la chica en la que nunca te fijarías en un autobús”, que escribió un crítico americano, y la actriz por cuya humildad siendo verdadera admiración. Ambos ricos, guapos y famosos, pero necesitados de un papel que les permita demostrar dotes interpretativas que todavía no les conocemos. Un papel que, probablemente, nunca les llegue.  

publicado por Bruji el 13 febrero, 2008

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