La película es para vivirla, no para analizarla. Sus actuaciones están preñadas de una verdad tan potente que la película se contagia de una sensación de autenticidad que es su verdadero triunfo. La banda sonora es inolvidable.

★★★★☆ Muy Buena

Once

Hay películas muy fáciles de comentar. Películas construidas sobre un guión sólido, sin cabos sueltos y en el que todo tiene explicación. Películas en las que el director nos deja atónitos con los movimientos de cámara o en las que el carisma y el talento de los actores llena la pantalla.

Once (Una vez)” no es una de esas películas. Es otra cosa. La vi hace ya varias semanas y, sin embargo, no puedo dejar de pensar en ella al tiempo que me resulta tremendamente difícil expresar mi parecer.

Si alguien me dijese que no le gusta, que no tiene nada, que sus protagonistas no actúan o que la labor del director pasa desapercibida, podría entenderlo pese a no compartirlo. Pero… ¿podría rebatirlo? Voy a intentarlo.

Creo que no tiene sentido intentar analizar una película como “Once” desde los parámetros habituales. Quizás, de hecho, no tiene sentido analizar ninguna película desde esos parámetros pero en un caso como este más aún. Porque la película de John Carney es para vivirla, no para analizarla.

Si no estás dispuesto a entrar en la película o si no te gustan las canciones, sus escasos 86 minutos te parecerán eternos. Sin embargo, si decides vivirla, entrar en ella y disfrutar de su música entonces habrás visto la misma película que he visto yo.

No discuto que el guión, del propio Carney, sea sencillo. Desde luego es corto y se puede resumir diciendo que trata la historia de un músico callejero que vive de arreglar electrodomésticos y que conoce a una chica, también música, con la que entabla una relación que marcará sus vidas. Sencillo sí, corto también, pero no se mide un guión por su peso sino por su adecuación a lo que se quiere contar. Y en ese sentido ni le sobra ni le falta una coma.

Pero los verdaderos pilares de este pequeño milagro llamado “Once” son Glen Hansard y Markéta Irglová. Con escasísima experiencia en el campo de la interpretación él y nula ella, suplen sus carencias con algo que, a veces, es más importante que actuar: la verdad.

Sus actuaciones están preñadas de verdad, una verdad tan potente que la película queda, como por arte de magia, contagiada de una sensación de autenticidad que es su verdadero triunfo. Escenas como la primera canción que cantan juntos o cierto momento en un estudio de grabación demuestran que cuando alguien cree en lo que hace puede transmitirlo tan bien como el mejor de los actores.

Es curioso, también, que tengan que ser dos actores practicamente aficionados los que tengan que demostrarnos lo que es la química entre dos personas, tan escasa en el cine moderno. La magia que nace entre ellos es de las que se recuerdan y, aunque resulta evidente durante toda la cinta, estalla ante nosotros en algunos momentos especiales, como cuando él hace una importante pregunta y ella le contesta en checo, dejándole con la miel en los labios a él y a los sufridos espectadores. A no ser, claro está, que tengan la suerte que tuve yo de poder ver la película con una mujer que entre sus múltiples virtudes está la de saber algo de checo…

No sé si John Carney era totalmente consciente de esa química antes de comenzar el rodaje. Lo que está claro es que debió de darse cuenta pronto. Por eso decide no meterse en exceso y rodar muchas de las escenas como si de un documental se tratase, sin hacerse notar demasiado, narrando con sencillez la hermosísima historia que transcurre ante nuestros ojos con una naturalidad pasmosa. Aún así, contra lo que algunos dicen, se permite algunos momentos “de dirección” como, por ejemplo y sin desvelar nada, la preciosa secuencia final, perfecto remate de una película que será de las más recordadas de 2007.

Valoración final: 8,5 sobre 10

publicado por Jeremy Fox el 19 febrero, 2008

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