Considerada por un amplio sector de la crítica como la mejor película de 2007, “Pozos de Ambición” es, técnicamente, una obra de arte que se decanta por un arriesgado planteamiento narrativo. Un atrevimiento que, en cine clásico, solía funcionar.

★★★☆☆ Buena

Pozos de ambición

Pocas veces un argumento que se extiende a lo largo y ancho de ciento interminables cincuenta y ocho minutos, se pudo resumir en tan sólo cuatro palabras: “Retrato del envilecimiento humano”, dejando abonado el terreno a los críticos con vocación filosófica, que les obsequiarán con un tratado –inolvidable, por tedioso- sobre la codicia humana, las finalidades que no justifican los medios, los objetivos inalcanzables que se acaban materializando y no satisfacen, el importante papel de la Iglesia en la historia del fascinante oeste americano, o el inevitable enfrentamiento entre dioses religiosos y humanos que, amparados en la ignorancia y la buena voluntad de los que les creen, sólo buscan su triunfo personal. Quienes, por fortuna, no apuntamos todavía hacia esa virtud metafísica, intentaremos cumplir con la primera regla que descubrió la filmografía de otro dios (éste, del cine, Wilder de apellido), que no era otra que la de “no aburrir”. Valioso principio que, en el planteamiento número veintinueve, olvida la película que hoy comentamos. 

Y es que Pozos de Ambición es el proyecto del planteamiento eterno, de la exposición continuada que, en sus cuatro tiempos narrativos, no halla desarrollo ni ofrece desenlace. En todos ellos, -a los que llamaremos los planteamientos de 1898, 1902, 1911 y 1927-, se observa un cuidadoso abordamiento, continuado por la persecución inútil que intenta inmortalizar el momento presente, en beneficio de un detallismo innecesario que imprime ese característico ritmo irregular de la acción, y culmina en el mencionado planteamiento infinito. En realidad, estamos hablando de la elección de un estilo narrativo inadecuado –por difícil y arriesgado-, que, a falta de grandes acontecimientos y de una evolución planificada, deja caer el peso de la trama sobre los hombros de los personajes, entrando en ese terreno pantanoso del que sólo los grandes dialoguistas clásicos supieron salir airosos. Se trata, en definitiva, de una narrativa peligrosa que, sin concesiones, suele desembocar en una obra maestra (y aquí podría citar a Huston) o en el tremendo aburrimiento con el que nos encontramos. El error podría extraerse de la mezcolanza que se genera entre las crónicas de la época, los retazos de la biografía de un magnate petrolífero real, y la adaptación libre de las primeras ciento cincuenta páginas de una novela. El resultado, cuatro párrafos dispersos que justifican la nominación del montaje que intenta recomponerlos, y la añoranza de las cuatrocientas páginas restantes, en las que, seguramente, se desvela la historia que se decidió no contar. Por su enfoque, suponemos que cercana a la mítica Gigante de George Stevens (con la que comparte escenarios naturales), o a la olvidada Oklahoma año 10 de Stanley Kramer. El desaguisado (no imagino un eufemismo mejor) se compensa con una dirección técnica perfeccionista, en la que un buen número de impresionantes planos memorables, de encuadres perfectos y dimensiones milimétricas, configuran verdaderas composiciones pictóricas. Una depurada estética, de precisiones desenfocadas y suaves retimes, que terminan mostrando la talentosa faceta del Anderson realizador, no alcanzada por el Anderson guionista.  

Otros aspectos técnicos de especial relevancia proceden de la meticulosa fotografía de Robert Elswit, (responsable de Buenas Noches y Buena Suerte de George Clooney), digna de pertenecer a ese Museo del Petróleo en el que se inspiraron los diseñadores de producción, y de la encomiable dirección artística. La banda sonora, por su parte, tachada de insólita y experimental, partitura climática del guitarrista de Radiohead que se adelanta a los acontecimientos y realza la locura del oro negro, no cumple con su cometido de acompañar; erigiéndose en personaje central de la trama y llegando a torturar los sentidos en no pocos momentos del metraje.   Un nuevo desaguisado (y sigo sin encontrar un vocablo más acertado) que vuelve a ser solventado por la propuesta de casting. Frente a un correcto secundario interpretado por Paul Dano, -con el que tan mal se porta el proceso de caracterización que, quince años después, le hace aparecer con los mismos granos faciales propios de la adolescencia-, se encuentra el insuperable Daniel Day Lewis, el actor más representativo de su generación.

Este papel, que podría valerle un nuevo Oscar, no permite ninguna duda sobre ese enorme potencial interpretativo que le otorga el calificativo de “estrella”. Mas toda estrella (recuérdese siempre a Marlon Brando) correo el riesgo de sobreactuar si no es estrechamente vigilada por una marcada personalidad en la dirección de actores. En caso contrario, la película deja de ser del cineasta que la firma, para ser poseída por el personaje que le da la vida; y, en este sentido, es posible que dentro de una década, Pozos de Ambición sólo sea recordada por él.  En un balance final, entendiendo el conjunto como una obra de arte técnica que no encuentra correspondencia en la narración, nos quedamos con la escena que representa la explosión de una de las torres de perforación; con la filmación Kubrickiana del silencio; y con la no inclusión del aclamado director de Magnolia dentro de mi santoral cinéfilo.      

publicado por Bruji el 20 febrero, 2008

Enviar comentario

muchocine 2005-2019 es una comunidad cinéfila perpetrada por Victor Trujillo y una larga lista de colaboradores y amantes del cine.