A pesar de su buen quehacer técnico e interpretaciones, es un peñazo de dos horas, con un interés intermitente, y tampoco innovando tanto en su tratamiento como parece.

★★☆☆☆ Mediocre

No es país para viejos

Sería un error imperdonable valorar una película en función sólo de lo “entretenida” que nos ha resultado viéndola. ¿Cuántas obras maestras o títulos extraordinarios no requieren de tiempo, de implicación, de reflexión o de mucha espera por parte del espectador hasta llegar a extraer, aunque sea, por unos instantes la semilla de la genialidad?

Pero no es el caso de No es país para viejos.

Difícilmente la novela de Cormac McCarthy podía tener una mejor adaptación en el cine que la realizada por los hermanos Coen, Joel y Ethan. Y no sólo eso, los firmantes de títulos como Muerte entre las flores o El gran Lebowski es la primera vez que adaptan una historia ajena basada en un libro (la mediocre The Ladykillers se basaba en un clásico de la comedia cinematográfica), y no podían tener entre sus manos un material tan adecuado a sus fines como la obra de McCarthy: humor negro, algun personaje estúpido, desenlaces y giros desconcertantes que vulneran lo convencional y previsible; además de abundantes elementos propios de los géneros más típicamente norteamericanos como el western, el cine negro o la road movie.

Muy bien filmada, y sin apoyarse en la música (que no hay), ajustan el ritmo en las escenas de mayor tensión y aprovechan el formato panorámico como nadie, del mismo modo que los parajes helados se amoldaban a Fargo. Pero en este loable empeño se olvidan de insuflar vida e interés por lo que están contando.

Los tres (Joel y Ethan Coen, y Cormac McCarthy) nos sitúan en el año 1980, en el medio oeste de la frontera tejano-mexicana, donde todo está cambiando. Aquellos viejos y buenos tiempos donde todo parecía más fácil están en extinción. A cambio, una nueva hornada de violencia irracional y salvaje, representado en ese Anton Chigurh que tan bien interpreta Javier Bardem, se está apoderando de esas tierras. Una era en que para un vaquero a la antigua usanza resulta incomprensible el observar tanta sinrazón y sangre gratuita.

Por ello, un veterano sheriff (Tommy Lee Jones) se ve incapaz de resolver un caso complicado, y no le queda más remedio que rendirse a sus recuerdos de años pasados mientras intenta averiguar donde se encuentra ahora. O es también el lugar donde los inocentes mueren sin motivo y un asesino a sueldo, un auténtico psicópata al que le agrada jugar con el azar, se erige como el nuevo antihéroe, auténtico depredador superviviente, capaz de dominar estos nuevos tiempos a la par que riega el suelo con la sangre de los otros. No importa que al final muera o salga victorioso, siempre habrá otro Anton Chigurh.

Dura, seca y sobria, como el mismo libro de McCarthy; No es país para viejos es una visión implacable de esa América violenta y también bobalicona, algo simple (cfr. el personaje de Woody Harrelson o el ayudante del sheriff). Y de esa América que se rinde a las armas, a los trapicheos con la droga, al dólar. Sólo que la peculiar prosa de Cormac McCarthy es oscura, seca, reacia a ofrecer respuestas… tiene un efecto complicado de lograr. Y la adaptación de los Coen, intachable formalmente, no lo consigue.

Sí que es una película ideal para revolver las entrañas y provocar la reflexión, o también para dejarte frío. A mi me ocurrió más bien lo segundo. A pesar de estar siendo aclamada como la gran obra maestra de los últimos años, y de su buen quehacer técnico e interpretaciones, es un peñazo de dos horas, con un interés intermitente, y tampoco innovando tanto en su tratamiento como aparece. Añoro  a los Coen de, por ejemplo El gran Lebowski, O Brother! y Muerte entre las flores.

Eso sí, contiene una elipsis sorprendente, una gran secuencia con un tendero y Anton Chigurh (Bardem con ese peinado a lo loco tipo príncipe valiente), y otra excelente escena entre Javier Bardem y Kelly MacDonald (muy ilustrativa del código ¿ético? por el que se mueve Chigurh). Sólo momentos aislados.

Por lo demás, todo avanza hasta unas secuencias finales que, siguiendo el itinerario de la película, al fin y al cabo tanto podrían ser unas como cualquer otras.

Y aunque Javier Bardem esté nominado como mejor secundario (estrategias ante los Oscar y premios), lo cierto es que él posee las mejores escenas, lleva el peso principal del argumento y tiene tanto protagonismo o más que su protagonista, un comedido Josh Brolin, el ex combatiente de Vietnam que se hace, por casualidad, con un botín de dos millones de dólares procedente de unos narcotraficantes y que desencadenarán toda la acción.

Como ya tendrá sus muchos defensores (se la está considerando como una de las grandes obras maestras norteamericanas de la década), gustará seguramente más a los que ya disfrutaron con Fargo, y tenemos a un Javier Bardem que ha hecho Historia; pero a mí, y aunque quede mal decirlo, apúntenme al club de los que no les ha gustado. Tal vez es que yo también me estaré haciendo viejo.

publicado por Carles el 22 febrero, 2008

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