Otro de esos filmes en los que los EE UU revisan algunos de sus pasajes gloriosos pero desde una visión desapasionada, no autocomplaciente y hasta crítica.

★★★★☆ Muy Buena

La guerra de Charlie Wilson

Aunque sean más conocidos por su doble faceta de prepotencia y ombligismo mundial, los norteamericanos también saben ironizar sobre sí mismos y desacralizar los hitos de su historia. Un buen ejemplo de ello es este filme basado en la vida real del congresista Charlie Wilson, un vividor y mujeriego empedernido cuyo historial haría palidecer al republicano más puritano. Un hombre así, que se autodescribe con un único talento político: el de su habilidad para salir siempre reelegido en una circunscripción sin exigencias de votantes o lobby alguno, fue capaz de liderar una guerra encubierta contra los soviéticos en la contienda que éstos mantuvieron con los afganos a comienzos de los ochenta.

Gracias al talento de Wilson para las relaciones públicas, EE UU aumentó sus fondos para actividades clandestinas contra la URSS de cinco millones de dólares a mil millones anuales durante los nueve años que se prolongó la guerra afgano-soviética. De hecho, la cinta comienza con un homenaje privado a la figura de Charlie Wilson por su contribución clave en el colapso soviétivo y en la victoria norteamericana en la Guerra Fría.

Mike Nichols, tras la estupenda Closer, confirma su buena forma con este notable relato repleto de humor negro, diálogos ingeniosos y un gran reparto dirigido con su habitual buena mano para la dirección de actores. En esta ocasión, también raya gran altura todo el reparto: comenzando por un divertido Tom Hanks, resarcido tras su interpretación cara-de-palo en el bodrio de El Código Da Vinci, siguiendo por la reaparecida Julia Roberts, eficaz en su papel de adinerada católica integrista, y destacando sobre todo el magnífico trabajo de Philip Seymour Hoffman, ejerciendo de espía bruto y campechano pero con un indiscutible talento para el ejercicio de la guerra sucia.

En definitiva, otro de esos filmes en los que los EE UU revisan algunos de sus pasajes gloriosos pero desde una visión desapasionada, no autocomplaciente y hasta crítica. Porque, como concluye la cinta en su corolario final, aquella guerra se ganó y Occidente pudo entonces haber estrechado sus lazos con los países árabes y de la órbita musulmana, pero "la cagamos en la jugada final". Y de aquellos barros, añadiría yo, padecemos los actuales terroríficos lodos.

Lo mejor: Los diálogos y Philip Seymour Hoffman.
Lo peor: Se le podría achacar cierto patrioterismo de tapadillo, pero la cinta recupera su visión descreída en el final.
publicado por Matías Cobo el 2 marzo, 2008

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